Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 4: El Refugio Bajo el Viejo Roble y los Secretos del Norte
A pesar de las severas advertencias de su hermana y de la sombra aplastante de la coronación que se aproximaba inexorablemente, los días siguientes se transformaron para Aria en una paradoja viviente. Sus mañanas estaban marcadas por la asfixia del protocolo real: interminables ensayos en el gran salón de audiencias, sermones sobre impuestos y fronteras impartidos por los ancianos consejeros, y el constante temor de que un solo segundo de distracción liberara una oleada de hielo mortífero sobre la corte.
Pero cuando el reloj de la torre sur marcaba las cuatro de la tarde, el infierno de la responsabilidad se desvanecía. Oculta bajo su capa de paño gris descolorido, esquivando las patrullas de guardias y utilizando los pasadizos que los viejos sirvientes utilizaban en tiempos de peste, Aria se escurría como una sombra hacia el mercado y, de allí, al parque de la verja de hierro.
Y allí estaba siempre Erik.
En su segundo encuentro, el cielo sobre Arendor estaba cubierto por un velo de nubes grises que amenazaban tormenta. Erik la esperaba con las manos metidas en los bolsillos de su casaca oscura. Cuando la vio cruzar la verja, una iluminación casi instantánea transformó su rostro austero.
—Pensé que la prudencia te habría hecho cambiar de opinión —dijo él, poniéndose de pie para recibirla.
—La prudencia es un lujo que intento olvidar al menos durante una hora —respondió Aria, acomodándose en el banco de madera gastada.
Esa tarde, Erik sacó del bolsillo interior de su abrigo un pequeño libro encuadernado en cuero agrietado, cuyas páginas olían a pergamino antiguo y resina de pino.
—Es poesía de las tierras elevadas del norte —explicó Erik, acariciando la cubierta con los dedos—. Mi pueblo cree que las montañas no están hechas de piedra inerte, sino de gigantes dormidos que susurran historias cuando el viento del invierno cruza los valles.
Con su voz profunda y aterciopelada, Erik comenzó a leerle pasajes en los que se describían lagos congelados como espejos del cielo, auroras boreales que danzaban sobre picos infranqueables y leyendas de amantes cuyas almas estaban unidas por el aliento del invierno. Mientras leía, la brisa de la tarde hacía mecer las ramas de los sauces llorones. Aria escuchaba con los ojos entrecerrados, maravillada de cómo la descripción del frío en aquellas poesías no transmitía horror ni muerte, sino una majestuosidad serena y pacífica.
—Hablas del norte como si fuera tu verdadero hogar, Erik —comentó ella suavemente, apoyando la espalda contra el respaldo y mirándolo de perfil.
—Lo es —confesó él, deteniendo la lectura y contemplando las hojas caídas sobre el césped—. Un hogar hermoso pero implacable. Allí no hay lugar para la debilidad. Si dudas un segundo en medio de un ventisquero, la montaña te consume.
—¿Y es por eso que te ves tan cansado a veces? —preguntó Aria, atreviéndose a dar un paso más en su intimidad.
Erik guardó silencio largo rato. Giró el rostro hacia ella, y sus ojos azul glacial brillaron con un matiz de vulnerabilidad desgarradora.
—Estoy cansado de sostener estructuras que no elegí construir —admitió en un susurro—. Toda mi vida fue trazada antes de que tuviera uso de razón. Mi padre era un hombre rígido, forjado en la disciplina del deber absoluto. Para él, un sentimiento era una grieta en la armadura; una duda, una traición. Cuando falleció, heredé no solo su legado, sino la obligación de ser la misma muralla de piedra que él fue.
Aria sintió que sus propias palabras encontraban eco en la boca de aquel desconocido. La empatía le apretó el pecho con tal fuerza que instintivamente extendió su mano y la posó sobre la de Erik. La piel del joven estaba absurdamente cálida, una tibieza llena de vigor que contrastaba drásticamente con la frialdad que solía inundar las venas de Aria.
—Conozco esa sensación de vivir en una jaula de cristal —dijo Aria con amargura—. Una jaula donde todos te miran desde afuera, esperando que te comportes como una figura perfecta, pero donde nadie se preocupa por saber si por dentro estás sangrando.
Erik giró su palma y entrelazó sus dedos firmes con los de ella. La chispa eléctrica volvió a encenderse, un calor recorriendo el brazo de Aria hasta asentarse en el centro de su pecho.
—¿A quién tienes en tu vida, Aria? —preguntó él dulcemente.
—A mi hermana menor, Lyra —sonrió ella, y por primera vez en días su sonrisa fue absolutamente genuina—. Es inquieta, imprudente y dice todo lo que pasa por su cabeza sin ningún filtro. A veces siento que debo ser su escudo contra el mundo, pero la verdad es que ella es la única luz que me mantiene cuerda.
—Entonces entiendes por qué sigo adelante —dijo Erik con un tono casi paternal—. Yo tengo a mi hermano menor, Lian. Tiene diecinueve años. Es un soñador, un amante de la música y la escultura. Odiaría ver cómo este mundo aplasta su espíritu. Prefiero llevar las cadenas sobre mis propios hombros con tal de que Lian pueda volar libre.
Aria lo observó en silencio. La nobleza de aquel hombre, que vestía ropas de lino sencillo pero pensaba con la grandeza de un verdadero protector, caló en lo más profundo de su ser. En solo tres tardes, aquel desconocido sin apellido se había convertido en el único ser humano ante el cual no tenía que fingir ser la futura monarca de Arendor. Con él, era simplemente Aria: una mujer que anhelaba ser escuchada y amada sin condiciones.