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LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

LA MUJER QUE NUNCA SE ARRODILLÓ

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Amor-odio / Romance / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20 Ya no eres la misma

El amor todavía parecía perfecto desde afuera.

Las fotografías seguían mostrando sonrisas.

Los mensajes seguían llenos de palabras bonitas.

Las personas seguían diciendo lo mismo cada vez que veían a Victoria y Alexander juntos:

—Qué suerte tuvo Victoria de encontrar a alguien así.

Y ella sonreía cuando escuchaba esas palabras.

Porque una parte de ella todavía lo creía.

Todavía veía al hombre que había conocido en aquella cafetería.

Al hombre que escuchaba sus sueños.

Al hombre que parecía admirar su forma de ser.

Al hombre que la hizo sentir especial.

Pero algo había cambiado.

No en Alexander.

Al menos no de una manera que los demás pudieran notar.

El cambio había comenzado dentro de Victoria.

Y eso era precisamente lo más difícil de reconocer.

La mañana del lunes comenzó como cualquier otra.

Victoria estaba frente al espejo de su habitación arreglando su cabello antes de salir a la universidad.

Durante años había tenido una rutina.

Elegía su ropa según su estado de ánimo.

A veces usaba vestidos elegantes.

Otras veces jeans y zapatillas porque quería sentirse cómoda.

Nunca había pensado demasiado en lo que los demás opinaban.

Hasta ahora.

Tomó un vestido azul que le gustaba mucho.

Era sencillo.

Elegante.

No demasiado llamativo.

Cuando estaba por ponérselo, recordó una conversación de días atrás.

Alexander había visto una fotografía de ella usando un vestido similar.

—Te queda muy bien.

Victoria había sonreído.

—¿Entonces te gusta?

Él había guardado silencio unos segundos.

—Sí.

Aunque creo que llama demasiado la atención.

Ella había reído.

—Alexander, es solo un vestido.

Él también había sonreído.

—Lo sé.

Solo digo que no me gusta que otros hombres te miren como yo te miro.

En ese momento Victoria lo había tomado como un halago.

Como una muestra de amor.

Pero esa mañana, frente al espejo, dudó.

Finalmente cambió el vestido.

Eligió algo más discreto.

Y cuando salió de casa ni siquiera pensó en la decisión que acababa de tomar.

Porque las pequeñas renuncias son peligrosas precisamente porque parecen pequeñas.

En la universidad, sus amigas notaron algo diferente.

—Victoria.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

—¿Estás bien?

Victoria sonrió.

—Claro.

—No sé.

Antes eras la primera en organizar todo.

Ahora pareces distraída.

Ella soltó una pequeña risa.

—Solo tengo muchas cosas en la cabeza.

Sus amigas se miraron entre ellas.

No dijeron nada.

Pero todas habían notado el cambio.

Victoria ya no hablaba de sus proyectos con la misma emoción.

Ya no contaba historias de la fundación.

Ya no se quedaba después de clases conversando durante horas.

Siempre tenía una razón para irse.

"Alexander me espera."

"Tengo que hablar con Alexander."

"Quedé con Alexander."

El nombre aparecía constantemente.

Esa tarde, Victoria llegó a la fundación después de varias semanas sin asistir.

Valeria estaba revisando unos documentos cuando la vio entrar.

Su rostro se iluminó.

—¡Hija!

Victoria sonrió y la abrazó.

—Te extrañé.

Valeria correspondió el abrazo.

Pero después de unos segundos se separó y la observó.

Una madre aprende a leer cosas que nadie más nota.

La forma en que su hija sostiene la mirada.

La manera en que sonríe.

El tono de su voz.

Y Valeria vio algo.

Victoria seguía siendo ella.

Pero parecía estar intentando demostrarlo.

—Hace tiempo no venías —dijo suavemente.

Victoria acomodó su bolso.

—Lo sé.

He estado ocupada.

—¿Con la universidad?

Hubo una pausa.

—Con todo.

Valeria asintió.

No quiso presionarla.

—Las chicas estarán felices de verte.

Victoria miró hacia el salón principal.

Durante un momento sus ojos recuperaron aquella ilusión de antes.

La Victoria que amaba ayudar.

La Victoria que se sentía completamente libre.

Pero entonces su teléfono vibró.

Era Alexander.

"¿Dónde estás?"

Victoria respondió:

"En la fundación con mi mamá."

La respuesta llegó casi inmediatamente.

"Pensé que hoy estaríamos juntos."

Ella miró el mensaje.

Después observó el salón.

Las mujeres que esperaban verla.

Y sintió nuevamente esa presión en el pecho.

Como si estuviera decepcionando a alguien.

—¿Todo bien? —preguntó Valeria.

Victoria guardó el teléfono.

—Sí.

Solo Alexander preguntó dónde estaba.

Valeria permaneció en silencio.

No dijo nada.

Pero esa frase confirmó una preocupación que había comenzado a crecer.

No era extraño que una pareja preguntara dónde estaba la otra persona.

Eso podía ser normal.

Lo que preocupaba a Valeria era otra cosa.

La manera en que Victoria reaccionaba.

Como si tuviera que rendir cuentas.

Esa noche, Victoria llegó tarde a casa.

Alexander la esperaba.

No estaba enojado.

Eso habría sido más fácil de identificar.

Estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—Hola.

Ella sonrió.

—Hola.

Él se acercó y la abrazó.

—Te extrañé.

—Yo también.

Caminaron hasta la sala.

Durante unos minutos hablaron de cosas normales.

Hasta que Alexander preguntó:

—¿La pasaste bien?

Victoria sintió algo extraño.

—Sí.

¿Por qué?

—Por nada.

Solo quería saber si valió la pena cambiar nuestros planes.

Ella suspiró.

—Alexander...

—No estoy reclamándote.

Solo estoy siendo sincero.

Victoria bajó la mirada.

Otra vez esa sensación.

La necesidad de explicar.

—Era importante para mí ir.

Él asintió.

—Lo sé.

Pero también es importante para mí sentir que tengo un lugar en tu vida.

Ella se acercó.

—Lo tienes.

Alexander sonrió.

—Entonces está bien.

La conversación terminó.

Pero Victoria se quedó pensando.

¿Por qué siempre terminaba sintiéndose culpable?

Los días siguientes fueron similares.

Alexander no prohibía.

No ordenaba.

No gritaba.

Pero siempre encontraba una manera de hacerle sentir que algo faltaba.

Si salía con amigas:

"Me alegra que te diviertas, aunque me hubiera gustado compartir ese tiempo contigo."

Si iba a la fundación:

"Espero que algún día podamos tener la misma importancia."

Si estaba ocupada:

"Extraño cuando tenía más tiempo contigo."

Eran frases suaves.

Pero repetidas constantemente podían convertirse en una carga.

Gabriel fue quien tuvo la primera conversación directa con ella.

Una tarde la encontró sentada en el jardín.

Estaba mirando su teléfono.

—¿Puedo sentarme contigo?

Victoria sonrió.

—Claro.

Gabriel se sentó a su lado.

Durante un momento observaron el jardín en silencio.

—¿Recuerdas cuando tenías diez años y querías aprender cinco idiomas al mismo tiempo?

Victoria rió.

—Sí.

Creo que quería hacer demasiadas cosas.

—No.

Querías descubrir el mundo.

Ella sonrió.

Gabriel la miró.

—Eso es lo que extraño.

Victoria frunció el ceño.

—¿Qué?

—Verte emocionada por tus propios sueños.

La frase la sorprendió.

—Papá...

—No estoy diciendo que Alexander sea malo.

Victoria guardó silencio.

—Solo digo que últimamente pareces más preocupada por no decepcionarlo que por disfrutar tu vida.

Ella quiso responder.

Quiso decir que no era verdad.

Pero las palabras no salieron.

Porque en el fondo una parte de ella había pensado exactamente lo mismo.

Esa noche, Victoria miró antiguas fotografías.

Una de ella en la fundación.

Otra viajando con sus padres.

Otra recibiendo un reconocimiento académico.

Sonrió al recordar quién era.

Una joven llena de planes.

Una joven que quería ayudar al mundo.

Una joven que no tenía miedo de decir lo que pensaba.

Entonces recibió un mensaje.

Alexander:

"¿Ya llegaste a casa?"

Respondió:

"Sí."

Él escribió:

"Me preocupé porque tardaste en responder."

Victoria miró la pantalla.

Antes habría pensado:

"Qué lindo, se preocupa por mí."

Ahora una pequeña parte de ella pensó:

"¿Por qué siento que tengo que estar disponible todo el tiempo?"

El domingo siguiente, Victoria canceló una reunión familiar.

No porque quisiera.

Sino porque Alexander había organizado una salida sorpresa.

Cuando Valeria se enteró, simplemente preguntó:

—¿Tú querías cancelar?

Victoria abrió la boca.

Pero no respondió.

Porque esa era la pregunta más difícil.

No:

"¿Alexander quería que fueras?"

Sino:

"¿Tú querías hacerlo?"

Por primera vez, Victoria empezó a notar algo que antes no veía.

Alexander siempre estaba presente.

En sus decisiones.

En sus horarios.

En sus planes.

En sus pensamientos.

Y lo más preocupante era que ella había comenzado a acostumbrarse.

Esa noche, frente al espejo, Victoria se miró durante varios segundos.

Seguía siendo la misma persona.

El mismo rostro.

La misma sonrisa.

Pero sentía algo diferente.

Como si lentamente estuviera dejando partes de sí misma en el camino.

Y por primera vez una pregunta apareció en su mente:

"¿En qué momento dejé de hacer cosas porque yo quería hacerlas?"

Mientras tanto, Alexander observaba una fotografía de ambos.

Para cualquiera habría sido una imagen hermosa.

Dos personas enamoradas.

Felices.

Perfectas.

Pero para él significaba algo más.

Victoria estaba aprendiendo.

Aprendiendo a priorizarlo.

Aprendiendo a elegirlo.

Aprendiendo que su felicidad dependía de mantenerlo satisfecho.

Y eso era exactamente lo que él quería.

Al día siguiente, Victoria llegó a la universidad.

Sus amigas la esperaban.

Una de ellas la miró y dijo:

—Victoria...

—¿Sí?

La chica dudó.

—Antes parecías una persona que sabía exactamente quién era.

Victoria sintió un nudo en la garganta.

—¿Y ahora?

Su amiga respondió con cuidado:

—Ahora pareces alguien que está intentando no equivocarse.

La frase quedó en el aire.

Porque aunque Victoria no quería aceptarlo...

Algo dentro de ella sabía que era verdad.

La distancia invisible seguía creciendo.

No entre Victoria y Alexander.

Sino entre Victoria y la mujer que había sido.

Y mientras todos pensaban que estaba viviendo la historia de amor perfecta...

Ella empezaba, lentamente, a desaparecer dentro de ella misma.

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Mariana Posternak
hermosa historia, cuenta la realidad que pasa miles de mujeres ,que callan y algunas ni llegan a contar la historia , ♥♥
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