Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 22
Desde la penumbra del gran pasillo de la planta alta, observé la escena con una mente fría y analítica. La imponente puerta del despacho de mi suegro no estaba del todo cerrada, y las voces de Gerson y su madre rebotaban con fuerza contra las macizas paredes de block y concreto de la mansión, amplificando un eco lleno de veneno.
Escuché cada reclamo, cada grito desesperado de mi suegra acusándolo de traición por haber despedido a su jefe de mantenimiento, y presencié el rostro demacrado y colérico de mi esposo al darle la espalda de manera definitiva.
Cuando Gerson salió del despacho azotando la puerta, me deslicé con pasos rápidos y silenciosos hacia mi habitación, asegurándome de no dejar rastro. Él no podía saber que yo lo había visto. Por dentro, me sentía profundamente extrañada; una parte de mí se sorprendía de la asombrosa destreza con la que mi mente calculaba cada movimiento. No entendía del todo cómo pasé de ser la niña tonta que llegó a esta casa a convertirme en una estratega tan letal, pero no tenía tiempo para cuestionar mi brillantez.
Gerson había elegido mi bando, destruyendo la alianza con su madre. Era el momento perfecto para mover mi siguiente pieza.
Rápidamente, me despojé del sobrio traje sastre de la oficina y me preparé para la noche. Me coloqué un vestido rojo carmesí, de una seda tan fina que se adhería a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando mis curvas con una sensualidad elegante y muy sofisticada. Me solté el cabello oscuro en ondas libres, maquillé mis labios con el mismo tono encendido del vestido y me apliqué unas gotas de un perfume exótico. Cuando me miré al espejo, vi el porte de una mujer dueña de un dominio propio absoluto, armada con la belleza más peligrosa: la que se usa con un propósito.
Salí al pasillo justo cuando Gerson salía de su habitación, ya bañado pero con los hombros caídos por el cansancio. Al verme, se detuvo en seco. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, recorriendo mi vestido rojo con una fijeza hambrienta que hizo que su mandíbula se tensara de inmediato. El volcán de celos y frustración que traía de la fábrica pareció extinguirse, reemplazado por un deseo salvaje.
—Hellen...
Su voz sonó ronca, casi en un susurro.
—Sé que tuviste un día terrible en la planta, Gerson
le dije, modulando mi voz con una dulzura ensayada, dando un paso hacia él y obligándolo a respirar mi perfume
—Quise organizar algo especial. Esta noche, quiero sacarte a cenar fuera de la casa. Nos lo merecemos.
Él no lo dudó ni un segundo. Su obsesión por mí lo hizo asentir como un hombre bajo un hechizo, olvidándose de la cena familiar y de la guerra con su madre.
Una hora más tarde, nos encontrábamos en L'Étoile, el restaurante de lujo más exclusivo de la ciudad. El lugar era un derroche de opulencia: techos altos con lámparas de cristal de roca, música de piano suave de fondo y mesas de mármol iluminadas tenuemente por velas que creaban una atmósfera íntima. Nos ubicaron en una mesa privada, apartada del resto de los comensales.
Gerson no había apartado la mirada de mí en todo el trayecto, y ahora, bajo la luz parpadeante de la vela, sus ojos destilaban una adoración mística que me daba el control de la situación.
—Quería agradecerte formalmente.
comencé, extendiendo mi mano sobre la mesa de mármol para rozar sutilmente la suya. El contacto hizo que él diera un leve respingo, conteniendo el aliento
—Lo que hiciste hoy en la fábrica de chocolates... despedir a ese supervisor y ponerte el overol para salvar la línea premium. Me demostraste que de verdad te importa mi gestión como presidenta.
Me mostré sumamente coqueta, ladeando la cabeza con una sonrisa suave y fingiendo una mirada de profunda ternura, como si estuviera irrevocablemente enamorada de él. Gerson, atrapado en la ilusión de mis ojos, apretó mi mano con una desesperación contenida, inclinándose hacia adelante.
—No, lo hice por la fábrica, Hellen, y lo sabes
admitió con la voz cargada de una pasión reprimida, mirándome con esos ojos oscuros que intentaban descifrar mi mirada
—Lo hice por ti. No puedo soportar la idea de ver que te pongan el pie, ni tampoco puedo tolerar que pienses que soy un incompetente. Me estás volviendo loco, Hellen. Te lo juro por mi vida.
—Acepto el cumplido
respondí con voz de seda, manteniendo el juego de la esposa enamorada mientras tomaba un sorbo de mi copa de vino tinto
—Me gusta ver que el Director de Planta sabe seguir mis directrices. Eres un hombre muy eficiente cuando te lo propones, Gerson.
Mis palabras eran un veneno dulce. Por fuera, le sonreía con la calidez de una mujer entregada, pero por dentro, mi mente permanecía fría. Gerson estaba completamente alborotado, sumiso ante la idea de que finalmente estaba logrando conquistar a la esposa que tanto lo rechazaba. Su mente estaba trastornada por la obsesión de poseerme, creyendo que esta noche marcaba el inicio de su victoria sobre mí, sin saber que solo estaba asegurando mi posición en la empresa.
Cenamos entre risas compartidas y promesas silenciosas. Para cuando regresamos a la mansión, Gerson caminaba a mi lado con una altivez renovada, completamente obsesionado, esclavo voluntario de la hermosa mujer de vestido rojo. Lo deje en la puerta de su habitación con un beso lento en la mejilla, rozando sus labios por un milisegundo antes de retirarme a mi propio cuarto, cerrando la puerta y dejando que la oscuridad borrara la sonrisa fingida de mi rostro. La jugada había sido perfecta.
Mientras tanto, en el ala opuesta de la gran mansión Evans, la tormenta perfecta terminaba de gestarse. Mi suegra, consumida por la humillación pública en la oficina y la devastadora traición de su hijo en el despacho, caminaba de un lado a otro en su habitación. Su rostro, antes elegante, estaba desencajado por una mezcla de bilis y despecho. Había visto cómo Hellen le arrebataba el control sobre Gerson, y su orgullo de matriarca no se lo iba a perdonar.
Al darse cuenta de que había perdido a su hijo y que su esposo apoyaba a la nueva presidenta, la suegra decidió jugar su última carta, la más baja y peligrosa de todas, dispuesta a destruir el matrimonio de Gerson con tal de hundir a la mujer que odiaba.
Agarró su teléfono con dedos temblorosos por la furia y marcó un número que no utilizaba desde hacía meses. Esperó el tono, respirando de manera agitada en medio de la penumbra de su habitación de block revestido.
Al cuarto timbrazo, una voz femenina, refinada y con un tono de sorpresa, respondió al otro lado de la línea.
—¿Aló? ¿Señora Evans? Qué sorpresa recibir una llamada suya a esta hora.
La suegra endrezó la espalda, y una sonrisa maquiavélica se dibujó en sus labios delgados.
—Hola, mi vida. No te sorprendas tanto
siseó la matriarca, clavando sus uñas en el teléfono
—Te llamo porque las cosas en esta casa han cambiado, y necesito que regreses. Esa maldita insignificante de Hellen cree que se ha quedado con mi hijo y con nuestra fábrica de chocolates, pero no sabe con quién se está metiendo.
Hubo un silencio intrigado al otro lado de la línea, seguido por una respiración expectante.
—¿Y qué planea hacer, señora? Saben que Gerson y yo no terminamos bien...
—Olvídate del pasado
interrumpió mi suegra con un tono de acero
—Gerson está cegado por esa aparecida, pero yo sé perfectamente cuál es su debilidad. Escúchame bien lo que te voy a decir: yo misma me voy a encargar de organizarte una cita. Tú solo encárgate de ponerte hermosa y de recordar los viejos tiempos. ¿Cuento contigo?
La risa suave y calculadora de la exnovia de Gerson resonó a través del auricular, sellando el pacto de traición. La suegra colgó el teléfono con un golpe seco, mirando hacia el pasillo con los ojos encendidos de malicia.
La guerra familiar acababa de traspasar los muros de la empresa, y una nueva enemiga estaba a punto de entrar al tablero.