En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 16 El juicio de mi propia sangre
Ya había ido a casa de los padres de Nicole y me habían cerrado la puerta en la cara, dejándome con la culpa más pesada que jamás hubiera imaginado.
Volví caminando despacio, con la cabeza baja, sin saber a dónde ir ni con quién hablar, hasta que mis pasos me llevaron hacia la casa donde crecí, donde vivían mis propios padres.
Necesitaba contárselo todo, escuchar su opinión, aunque presentía que tampoco ellos me iban a dar la razón ni a justificar lo que había hecho.
Cuando entré, se dieron cuenta al instante de que algo grave pasaba.
Mi rostro estaba pálido, los ojos hinchados de haber llorado, y caminaba como si me pesara todo el cuerpo.
Me senté en el sofá sin decir nada al principio, y cuando por fin pude hablar, les conté todo sin ocultar nada: los rumores que habían ido llegando semana tras semana, cómo me habían convencido de que Nicole me era infiel, la rabia que me había cegado, las palabras duras que le dije, la forma brutal en que actué, y cómo ella se había ido destrozada para siempre.
Mis padres escucharon en silencio, y a medida que hablaba, veía cómo sus expresiones pasaban de la sorpresa a la decepción más profunda.
Cuando terminé, mi padre se levantó, dio unos pasos por la sala y se detuvo frente a mí, mirándome con una seriedad que me heló la sangre.
—¡Nunca pensamos que fueras capaz de algo así! —
me dijo con voz grave y firme.
Te hemos educado para respetar, para controlar tu carácter y para valorar la confianza por encima de todo.
Creíamos que habías madurado, que sabías distinguir entre la verdad y la mentira, y que cuidarías a esa chica como a lo más preciado que tenías.
¡Y mira lo que has hecho!
—Y lo más doloroso —agregó mi madre con la voz quebrada por la tristeza—.
Ella te amaba con toda su alma.
Desde el primer día que estuvieron juntos, solo hablaba de ti, se preocupaba por ti, te acompañaba en todo y te defendía ante cualquiera.
Nosotros vimos cómo te quería, cómo te respetaba y cómo construían su vida con tanto cariño.
¿Y tú lo pagas creyendo cualquier cosa que te cuenten en la calle antes que a ella?
Intenté explicarme, buscando alguna excusa.
—Es que me dijeron que se había acostado con otro…
me repetían tantas veces lo mismo que terminé creyéndolo, me llenaron la cabeza de dudas…
—¡Eso no es excusa! —
me interrumpió mi padre con firmeza—.
Si de verdad la conocieras, si hubieras tenido la confianza que debías tener, habrías hablado con calma, habrías preguntado, habrías buscado pruebas en lugar de actuar como un animal cegado por la rabia.
¿Cómo se te ocurrió tratarla de esa forma?
¿Cómo pudiste decirle esas palabras tan humillantes, entrarle a la fuerza y hacerle daño?
—Lo que hiciste no tiene perdón fácil —
Siguió mi madre, con lágrimas en los ojos—.
Esa frase que le dijiste, “espero que no te haya dejado cansada porque a mí me vas a cumplir como mujer, es para lo único que me sirves ahora”, es algo que no se le dice ni se le hace a la persona que se supone que amas.
Le has quitado la confianza, le has roto el cuerpo y el alma, y todo por creer en habladurías sin fundamento.
Me quedé allí sentado, con la cabeza entre las manos, sintiendo que cada palabra que me decían era la verdad más dura que podía escuchar.
No tenía argumentos, no podía defenderme. Mis propios padres, que siempre me habían apoyado, ahora me miraban con decepción, y eso me dolía más que cualquier regaño.
—Ahora ya fuiste donde sus padres y te rechazaron —
Dijo mi padre con calma, pero con gravedad—, y tienen toda la razón.
Lo único que te queda por hacer es asumir tu error, cargar con las consecuencias y respetar su decisión.
No puedes volver a buscarla, no puedes intentar justificarte, porque nada de lo que digas borrará lo que le hiciste.
Salí de la casa de mis padres con el corazón más pesado que cuando entré.
Ahora tenía la certeza absoluta: no solo había perdido a Nicole y el respeto de su familia, sino que también había decepcionado a los míos.
Estaba solo, rodeado de todo lo que el dinero podía comprar, pero vacío por dentro, sabiendo que el error que había cometido cambiaría mi vida para siempre, y que tendría que esperar el tiempo que fuera necesario para que quizás, algún día, la verdad saliera a la luz, aunque eso ya no devolviera lo que había roto.