"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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Las rosas también sangran (continuación)
Everly volvió a leer la carta.
La impecable caligrafía del Archiduque era tan perfecta como siempre.
Cada palabra estaba cuidadosamente escrita.
Cada frase era correcta.
Y, aun así...
Transmitía el mismo frío que su autor.
Distante.
Inquebrantable.
Vacío de cualquier muestra de afecto.
No preguntaba por su salud.
No mencionaba el accidente.
No había preocupación.
Solo órdenes.
Solo expectativas.
"Dentro de dos meses iniciarás tu preparación para el debut en sociedad. Espero no recibir noticias que manchen el honor del apellido Belmonth."
Nada más.
Ni una sola palabra que le recordara que era su hija.
Everly dejó escapar un suspiro y dobló cuidadosamente la carta antes de dejarla sobre la pequeña mesa de piedra.
Su mirada volvió a perderse en el jardín.
Las rosas danzaban con la brisa de la mañana.
Hermosas.
Elegantes.
Perfectas.
Y, aun así, escondían espinas capaces de hacer sangrar incluso a la mano más delicada.
Sus ojos descendieron hasta sus manos vendadas.
Todavía recordaba aquella noche.
El miedo.
La desesperación.
Y la magia...
Aquella pequeña chispa había bastado para convertir el jardín entero en un mar de espinas.
Las rosas crecieron con violencia.
Las enredaderas cubrieron los muros de piedra.
Y aquellas espinas...
Negras como la noche.
Tan hermosas...
Como letales.
Inconscientemente llevó una mano hasta su pecho.
Aún podía sentir el miedo que la había invadido.
¿Qué era aquella magia?
No...
La verdadera pregunta era otra.
¿Qué había despertado dentro de ella al regresar?
El silencio del jardín la envolvió.
Desde que abrió los ojos por segunda vez, su mente parecía incapaz de descansar.
Siempre había un recuerdo.
Siempre una pregunta.
Siempre una herida.
Tan absorta estaba en sus pensamientos que no advirtió una pequeña figura acercándose lentamente por el sendero de piedra.
Unos delicados zapatos se detuvieron a pocos pasos de ella.
Everly levantó la vista.
Cabellos rosados que brillaban bajo el sol.
Un vestido en suaves tonos pastel que parecía tejido con la luz de la mañana.
Y unos grandes ojos rojos que la observaban con una mezcla de timidez...
Y preocupación.
Iraide.
Su hermana menor.
Durante unos segundos ninguna habló.
La niña jugueteaba nerviosamente con la tela de su vestido, como si estuviera reuniendo el valor para decir algo.
Finalmente respiró hondo.
—Hermana...
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Tus manos... ya no duelen?
Everly quedó inmóvil.
Aquellas palabras atravesaron el muro que había construido alrededor de su corazón.
Los recuerdos llegaron de golpe.
Una pequeña niña de cabellos rosados permanecía escondida detrás de la puerta de su habitación.
No tendría más de seis años.
Entre sus pequeñas manos sostenía un diminuto ramo de rosas blancas.
Su expresión estaba llena de ilusión.
—Las corté para ti...
Everly ni siquiera levantó la vista del libro que fingía leer.
Todavía estaba dolida por haber visto a su padre abrazar a Iraide aquella misma mañana.
—Vete.
La voz fue fría.
Más de lo que una niña merecía escuchar.
Iraide bajó lentamente la cabeza.
Apretó las flores contra su pecho.
Y obedeció.
Nunca volvió a llevarle flores.
El recuerdo desapareció.
Everly sintió un nudo cerrarle la garganta.
Había sido injusta.
Toda aquella rabia jamás perteneció a Iraide.
Ella solo era una niña...
Una niña que nunca tuvo la culpa de ser amada.
Sin pensarlo, Everly dio un paso al frente.
Luego otro.
Hasta quedar frente a su hermana.
Se arrodilló para quedar a su altura.
Iraide dio un pequeño respingo, sorprendida.
Con infinita delicadeza, Everly levantó una mano y acarició aquellos suaves cabellos rosados.
—Ya casi no duelen...
Su voz se quebró.
—Gracias por preguntar.
Los ojos de Iraide comenzaron a brillar.
Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.
Tan sincera...
Tan cálida...
Que Everly sintió cómo algo olvidado despertaba lentamente dentro de ella.
Esperanza.
Sin poder contenerse, Iraide dio un pasito al frente.
—¿Puedo... abrazarte?
El tiempo pareció detenerse.
En su primera vida...
La respuesta había sido un rechazo.
Esta vez...
Everly abrió lentamente los brazos.
La pequeña no dudó un segundo.
Corrió hasta refugiarse entre ellos.
Era un abrazo torpe.
Inocente.
Lleno de una ternura que Everly había olvidado que existía.
Sus manos temblaron mientras rodeaban el pequeño cuerpo de su hermana.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.
No eran lágrimas de dolor.
Ni de miedo.
Eran lágrimas de arrepentimiento.
De alivio.
De gratitud.
Apoyó el rostro sobre la cabeza de la niña.
El delicado aroma de las flores impregnaba su cabello.
Cerró los ojos.
Y, por primera vez desde que despertó...
La torre desapareció.
El frío desapareció.
La oscuridad desapareció.
Solo existía aquel pequeño abrazo.
A unos metros de ellas, Nana Lía observaba la escena en silencio.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Durante años había rezado para que aquellas dos hermanas pudieran encontrarse de verdad.
Jamás imaginó que el milagro llegaría de aquella forma.
Everly abrió lentamente los ojos.
Mientras acariciaba el cabello de Iraide, una única promesa nació en lo más profundo de su corazón.
"Esta vez..."
Apretó un poco más el abrazo.
"No te alejare"