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Renací Para Evitar Mi Final

Renací Para Evitar Mi Final

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Reencarnación / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.

Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.

Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.

Esta vez conserva todos sus recuerdos.

Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.

Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:

No perseguirá al príncipe.

Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.

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18

El sonido de las campanas no era una advertencia; era un lamento. El grito de una ciudad que, en cuestión de horas, había pasado de la parálisis política al borde del abismo. Mientras el eco se desvanecía, reemplazado por el lejano pero creciente murmullo de una multitud enardecida, la determinación del príncipe Kaelan se solidificó en su rostro como el granito.

—No podemos encerrarnos aquí como ratas—dijo, su voz cortando la tensión de la habitación con una autoridad que Valeria no le había visto antes—. Si Cassian está en la ciudad, si tiene un ejército, entonces las murallas del palacio no son un escudo, son una jaula. Una jaula de oro que él puede asediar hasta que nos ahoguemos en nuestra propia arrogancia.

Se acercó a un gran mapa de la capital que colgaba de una pared, sus ojos recorriendendo las calles, las plazas, los distritos. —No, no nos fortificamos. Atacamos. Pero no directamente. Cortamos su cabeza antes de que su cuerpo pueda moverse.

—¿Cómo?—preguntó Marcus, su voz llena de una pragmática desesperación—. Cassian no es un noble cobarde que se esconde detrás de las palabras. Es un soldado. Un guerrero que ha visto más batallas que las que nosotros hemos contado. No caerá en trampas, no se dejará engañar con promesas.

—No tiene que caer en trampas—respondió Valeria, su mente racing, el libro bajo sus dedos pareciendo susurrar soluciones que bordeaban la locura—. Solo tiene que perder su ejército. Y para eso, no necesitamos espadas. Necesitamos... una desconexión.

Se giró hacia el príncipe, sus ojos brillando con una intensidad que asustaba incluso a sí misma. —¿Dónde está el tesoro, Alteza? No el tesoro ceremonial de la corona, sino el verdadero tesoro. El tesoro de guerra. El oro que paga a los soldados, el que financia las alianzas, el que mantiene las espadas afiladas y la lealtad comprada.

El príncipe la miró, confundido por el cambio repentino de tema. —En la Bóveda Real. Bajo la torre este. Es la construcción más segura del palacio, más segura incluso que la mazmorra. Tres metros de piedra reforzada, puertas de acero forjado, y un centenar de los mejores guardias del imperio. Nadie puede entrar. Nadie.

—Nadie excepto un Guardián Renacido—respondió Valeria, su voz baja pero segura. Mientras hablaba, pasó las páginas del libro, los símbolos danzando y reorganizándose hasta que encontró lo que buscaba: un diagrama complejo de la torre este, no como se veía desde fuera, sino como se veía desde dentro. Un mapa de corrientes de aire, de conductos olvidados, de debilidades estructurales que solo el tiempo y la negligencia podían crear.

—¿Qué estás diciendo?—preguntó Marcus, acercándose para ver el diagrama—. ¿Que planeas robar el tesoro del imperio? ¿Ahora? ¿Mientras la ciudad se quema?

—No planeo robarlo—respondió Valeria, su dedo trazando una línea fina que serpenteaba a través del mapa—. Planeo moverlo. O, más específicamente, hacer que se mueva solo. O, aún más específicamente, convencer a Cassian de que se está moviendo.

El príncipe frunció el ceño, su inteligencia tratando de seguir el hilo de su locura. —¿Y cómo piensas hacer eso? ¿Con más trucos? ¿Con más palabras?

—Con la verdad—respondió Valeria, ya cerrando el libro con un delicado sello—. La verdad es que el oro es la única lealtad que un mercenario como Cassian realmente entiende. Y la verdad es que si él cree que el oro está desapareciendo, que el príncipe está evacuando el tesoro, que su pago prometido se está evaporando... entonces su ejército comenzará a desmoronarse. No por la espada, sino por el miedo.

El plan era audaz, casi suicida, pero mientras el príncipe lo consideraba, Valeria podía ver la semilla de la posibilidad germinando en su mente. No era una solución militar, pero era una solución estratégica. Y en una guerra como esta, la estrategia era más valiosa que el acero.

—¿Y cómo convinces a Cassian de eso?—preguntó el príncipe—. Él no es un tonto. No va a creer un simple rumor.

—No será un simple rumor—respondió Valeria, ya abriendo una pequeña bolsa que llevaba atada a su cintura y sacando varios trozos de metal pulido, cada uno grabado con un símbolo del libro—. Serán... ecos. Ecos de un futuro que no existe, pero que Cassian verá como inevitable.

Mientras hablaba, se acercó a la ventana, observando la ciudad que se extendía debajo de ellos. —Marcus, necesito que vayas a los muelles. Pero no para sembrar más rumores. Necesito que encuentres a Eleanor y que vayan a la Casa de la Moneda. No para entrar, sino para observar. Y si ven algo sospechoso, cualquier movimiento de carros, cualquier guardia fuera de lugar, necesitan enviar una señal.

—¿Qué señal?—preguntó Marcus, aunque Valeria podía ver que ya entendía.

—La señal del alba—respondió Valeria—. Tres fogatas, espaciadas igualmente en el tejado del distrito de los mercaderes. Una señal de que el plan está en movimiento.

Marcus asintió, su expresión una mezcla de miedo y admiración. —Y tú, ¿qué harás?

—Yo—dijo Valeria, su mirada encontrando la del príncipe—. Voy a tener una audiencia con el tesoro.

La Bóveda Real no era un lugar, era una pesadilla de piedra y silencio. El aire era frío y denso, cargado con el olor antiguo del metal y el polvo. Las paredes, aunque impenetrables, parecían sudar una humedad gélida, como si el peso de todo el oro del imperio las estuviera aplastando lentamente. Valeria y el príncipe se encontraban de pie ante las grandes puertas de acero, flanqueados por una docena de guardias de la Guardia Real, sus rostros tan inmóviles como las estatuas que custodiaban las salas del palacio.

—Alteza—dijo el capitán de la guardia, un hombre llamado Roric cuyo rostro parecía tallado en granito y cuya lealtad al príncipe era inquebrantable—. Con todo el respeto, no puedo permitirle entrar. Mis órdenes son proteger esta bóveda con mi vida. No puedo arriesgar la seguridad del tesoro, ni siquiera por una orden suya.

—No estoy aquí para poner en peligro el tesoro, Roric—respondió el príncipe, su voz tranquila pero firme—. Estoy aquí para asegurar su futuro. Y para eso, necesito la ayuda de Lady Montrose.

Roric la miró, sus ojos llenos de una desconfianza que no era personal, sino profesional. Había oído los rumores, las acusaciones de brujería, las historias de manipulación. Para él, ella era una variable peligrosa, un elemento incontrolable en un mundo que dependía del control.

—¿Y qué puede hacer ella que no puedan hacer mis hombres?—preguntó Roric, su mano descansando casualmente en la empuñadura de su espada.

—Ella puede ver lo que ustedes no pueden ver—respondió el príncipe, antes de que Valeria pudiera hablar—. Puede ver las debilidades. Y en este momento, las debilidades son nuestro mayor enemigo.

Valeria se acercó lentamente a la puerta, sus ojos recorriendo la superficie de acero, no buscando cerraduras o bisagras, sino... algo más. Cerró los ojos, abriendo su mente al libro que llevaba oculto, a las corrientes de tiempo que se extendían a través de la piedra y el metal.

Y entonces, lo sintió. No una debilidad física, sino una temporal. Un eco. Un punto en el tiempo donde la puerta había sido debilitada, no por la fuerza, sino por el descuido. Un momento donde el cerrajero real, en un ataque de arrogancia, había reemplazado uno de los pernos de acero por uno de hierro, creyendo que nadie notaría la diferencia.

—Aquí—dijo, su voz apenas un susurrro, señalando un punto en la puerta que parecía idéntico a todos los demás—. Hay un punto débil. Un perno de hierro donde debería haber acero. No es mucho, pero es suficiente.

Roric frunció el ceño, su expresión de incredulidad dando paso a una curiosidad reluctante. —¿Y cómo podría saber eso? Nadie conoce los secretos de esta bóveda excepto los cerrajeros reales, y ellos mueren con ese conocimiento.

—A veces, el conocimiento no se aprende—respondió Valeria, su voz enigmática—. A veces, se recuerda.

Mientras hablaban, escucharon un ruido a lo lejos. No el sonido de la batalla, sino algo más sutil. El sonido de metal contra metal, pero no de espadas chocando. El sonido de herramientas. El sonido de... trabajo.

—¿Qué es eso?—preguntó el príncipe, su mano yendo a la empuñadura de su espada.

—Es Cassian—respondió Valeria, su corazón martilleando contra sus costillas—. No está atacando el palacio. Está atacando la infraestructura. Está cortando las cuerdas, una por una.

Se giró hacia Roric, su expresión urgente. —Capitán, necesito que me abra esta puerta. Ahora. No soy su enemiga. Soy su única esperanza de proteger lo que está detrás de ella.

Roric la miró durante un largo momento, sus ojos evaluándola con una intensidad que la inquietaba. Luego, con un suspiro que parecía cargar el peso de todo el imperio, asintió lentamente.

—Hágase cargo de la situación, Alten—dijo a su segundo al mando—. Si esto sale mal, si el tesoro corre algún peligro, saben qué hacer.

Los guardias asintieron, sus rostros inexpresivos pero sus manos listas en sus armas. Roric se acercó a la puerta, sacando un llavero complejo, una serie de llaves de hierro y acero que parecían más herramientas que llaves.

—Esto tomará tiempo—dijo, ya trabajando en la cerradura—. Esta cerradura no fue diseñada para ser abierta rápidamente. Fue diseñada para mantener a la gente fuera.

—Tómese el tiempo que necesite—respondió el príncipe, su mirada fija en Valeria—. Tenemos la sensación de que el tiempo es algo que, muy pronto, nos faltará.

Mientras Roric trabajaba, Valeria se acercó al príncipe, su voz baja y urgente. —Alteza, mientras él hace esto, necesito que haga algo por mí. Necesito que convoque a su consejo de guerra. No a los nobles que quedan, sino a sus generales. A los hombres que realmente comandan las legiones.

—¿Y qué les diré?—preguntó el príncipe, su voz baja—. ¿Que una bruja renacida me ha dicho que el futuro del imperio depende de abrir una puerta?

—Les dirá la verdad—respondió Valeria—. Les dirá que hay una amenaza, una amenaza que no se puede combatir con espadas. Les dirá que necesitan prepararse, no para una batalla en las murallas del palacio, sino para una batalla por el corazón de la ciudad. Les dirá que necesitan proteger no solo al príncipe, sino al pueblo.

Mientras hablaban, escucharon un clic suave, seguido por el gemido pesado del metal. Roric había abierto la cerradura.

—Está lista—dijo, su voz grave—. Pero prepárense. Lo que está detrás de esta puerta no es solo oro. Es el peso de un imperio. Y ese peso puede aplastar a los hombres más fuertes.

Con una respiración profunda, Valeria y el príncipe empujaron las pesadas puertas, revelando la Bóveda Real. Y por un momento, ambos se quedaron sin palabras, cegados no por la luz, sino por el brillo.

Montañas de oro. Pilas de plata. Cofres llenos de gemas que brillaban como estrellas capturadas. Era una fortuna tan grande que parecía absurda, una cantidad de riqueza que no solo podía financiar un ejército, sino que podía comprar y vender el mundo entero varias veces.

—Dioses—susurró el príncipe, su voz llena de asombro y un poco de temor—. No había imaginado...

—Es el corazón del imperio—respondió Valeria, su voz reverente—. Y es también su mayor debilidad.

Mientras el príncipe se quedaba maravillado, Valeria se movió, sus ojos no viendo el oro, sino las corrientes de energía que emanaban de él. Se acercó a una pila de monedas de oro, las monedas que se usaban para pagar a los soldados, y deslizó su mano sobre ellas, sintiendo no el metal frío, sino las historias, las promesas, las traiciones que contenían.

Y entonces, lo vio. No en el libro, sino en su propia mente. Vio a Cassian, no en las calles, sino en las alcantarillas, no liderando un ejército, sino excavando. Excavando no para entrar, sino para... salir. Vio un mapa, no de las calles de la ciudad, sino de las antiguas cloacas romanas, un sistema de túneles olvidado que corría debajo de la ciudad como venas muertas.

Y vio el punto final de ese mapa. No el palacio, no la Bóveda Real, sino... la Casa de la Moneda. El lugar donde el oro se convertía en poder, donde las promesas se convertían en realidad.

—Alteza—dijo, su voz llena de una urgencia que cortó a través de su asombro—. Entiendo el plan de Cassian. No está aquí para robar el tesoro. Está aquí para... devaluarlo.

—¿Qué?—preguntó el príncipe, girándose hacia ella, su expresión de confusión.

—Él no va a robar el oro—respondió Valeria, conectando los puntos que el libro le había mostrado—. Va a inundar la ciudad con oro falso. Monedas sin valor, creadas con el metal que ha estado acumulando durante meses. Va a colapsar la economía, a crear una inflación tan masiva que el oro real se volverá inútil. Va a destruir el imperio no con espadas, sino con avaricia.

La idea era tan brillante, tan terrible, que el príncipe se quedó sin palabras. No era un plan de un mercenario sediento de sangre. Era un plan de un maestro estratega, un hombre que entendía que el verdadero poder no residía en las espadas, sino en los bolsillos del pueblo.

—La Casa de la Moneda—dijo el príncipe, su voz llena de un horror repentino—. Tenemos que...

—Ya lo sé—respondió Valeria, ya corriendo hacia la puerta—. Tenemos que ir. Ahora.

Mientras salían de la bóveda, con Roric cerrando las pesadas puertas detrás de ellos, Valeria sentía el peso de una nueva comprensión sobre sus hombros. Cassian no era el músculo de la operación de Alistair. Era el cerebro. Y su plan era mucho más peligroso, mucho más destructivo, de lo que habían imaginado.

Mientras corrían por los pasillos del palacio, hacia la Casa de la Moneda, Valeria no podía evitar sentir que estaban corriendo no solo hacia una batalla, sino hacia un punto de inflexión. Un momento que decidiría no solo el futuro del imperio, sino el futuro del propio concepto de poder.

Y mientras el sonido de la batalla crecía en la distancia, Valeria sintió una punzada de un miedo que no había experimentado nunca antes. El miedo de que, esta vez, incluso su conocimiento del futuro no fuera suficiente para detener la marea de destrucción que se avecinaba.

1
Dora Guzman Pacherres
Cada capítulo más interesante sabes tejer las intrigas y nos dejas con un suspenso de querer más y más.
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