¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 7
Leyla
Martes. Tres días después de la gala.
La reunión con Isabella Martinez había durado exactamente noventa y cuatro minutos, contados sin querer porque en algún momento de la primera hora me descubrí mirando el reloj de la sala de reuniones con la discreción de quien intenta no parecer abrumada y no lo está logrando del todo.
Allen me esperaba en la cafetería cuando llegué a la universidad ese día, con el café ya pedido y esa expresión de quien lleva un rato practicando la paciencia sin mucho éxito.
—Bueno, no me hagas rogar —dijo Allen, entornando los ojos con esa expresividad suya tan característica—Cuéntame —dijo, antes de que yo dejara la mochila en el suelo.
Me senté. Apoyé los codos en la mesa, frotándome las sienes al recordar el encuentro del día anterior. Envolví las manos alrededor de la taza.
—Fue... distinta a lo que esperaba —dije, porque era la manera más honesta de empezar.
—¿Distinta bien o distinta rara?
—Distinta impresionante. —Hice una pausa buscando cómo describirlo—. Isabella no es el tipo de mujer que uno olvida fácilmente. Estaba muy bien vestida, con esa clase de elegancia que no viene de lo que lleva puesto sino de cómo ocupa el espacio, diría que es mayor que mi madre por su actitud, pero tan bien conservada que no pareciera que tiene más de 40 años. Habla despacio, como si cada palabra hubiera pasado por un filtro antes de salir, y te mira de una manera que da la sensación de que ya sabe lo que vas a decir antes de que lo digas.
Allen levantó una ceja. —¿Y tu madre?
—Mi madre la miraba como se mira a alguien con quien se quiere hacer negocios durante mucho tiempo. —Tomé un sorbo de café— Hablaron bastante entre ellas. Yo escuché más de lo que hablé, que probablemente era el objetivo. Isabella habló de llevar la marca a un nivel internacional, pero todavía no hay nada en concreto. Fue más bien una toma de contacto, un... puente para ver qué tan viables somos fuera de aquí. Mi madre está entusiasmada
—¿Y de qué expansión, a dónde?
—Les interesa lo que mi madre está haciendo con la marca, quieren explorar si hay terreno para colaborar en otros mercados. Europa, principalmente. —Dejé la taza sobre la mesa—. Pero no hay nada concreto todavía. Isabella fue muy clara en eso: están interesados, quieren seguir hablando, pero las cosas de este tipo no se deciden en una primera reunión.
Allen asintió lentamente, satisfecha con la descripción, con esa expresión de quien guarda la información en un lugar específico para revisarla después. Pero antes de que pudiera cambiar de tema, la sombra de Logan se proyectó sobre nuestra mesa. Se sentó a su lado con esa tranquilidad silenciosa que siempre me resultaba un poco difícil de descifrar. Nos saludó con un asentimiento rápido, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—¿Y tú qué hiciste mientras ellas hablaban de expandir el imperio? — Miramos a Logan brevemente a modo de saludo y continuamos con la conversación.
—Intentar parecer más segura de lo que me sentía y tomar notas que probablemente no necesitaba tomar. —Allen y Logan se rieron al unísono. Yo también, un poco—. Isabella me preguntó qué estudiaba. Le dije diseño. Me miró de manera particular y dijo que eso era útil.
—¿Útil?
—Útil. Sin más adjetivo. No sé si fue un cumplido o una evaluación.
—Con ese tipo de mujeres suele ser las dos cosas —dijo Allen, con la convicción de quien ha llegado a esa conclusión por experiencia propia. Por cierto... —comenzó a decir intentando que su tono pareciera casual, aunque note que se veía nerviosa—. He estado dándole vueltas a algo. —Tamborileo con los dedos por la mesa mientras veía a los lados— Tengo la ligera sospecha de que mi padre está pasando por problemas financieros, bastante serios. No sé, hay un ambiente extraño en casa, llamadas a deshoras, números que no cuadran…
En ese mismo instante, hubo un sutil movimiento. Fue casi imperceptible: Logan tensó imperceptiblemente la mandíbula y sus ojos se clavaron en la mesa durante una fracción de segundo antes de recuperar la compostura. Se reclinó en la silla, manteniendo un silencio hermético.
Yo tampoco respondí, porque probablemente tenía razón. Dejé que el ruido de la cafetería llenará el espacio que la conversación dejaba, sin saber bien que decirle a Allen.
La campana que anunciaba la siguiente sesión interrumpió el espeso silencio que se había formado. Allen y Logan se levantaron para dirigirse al pabellón principal. Yo guardé mis cosas lentamente, cada uno tenía un materia diferente y nos separamos ahí.
Afuera, por el ventanal, el campus tenía ese aspecto de martes a media mañana: gente con prisa, gente sin ella, el árbol junto al edificio de administración que ya empezaba a perder las hojas aunque todavía no hiciera suficiente frío para justificarlo.
Hubo una cosa que no le conté a Allen.
No la reunión en sí: eso ya se lo había contado. Lo otro era más pequeño y más difícil de explicar sin que sonara a lo que era. La noche anterior, después de llegar a casa, después de cenar y de subir a mi habitación y de intentar durante cuarenta minutos hacer algo productivo con los bocetos que seguían esperando sobre el escritorio, me había quedado sentada en el borde de la cama con las manos en el regazo pensando en el pasillo de la gala.
Desde esa noche, la sensación de estar desprotegida no me dejaba dormir en paz. Sentía una diana invisible pintada en mi espalda por la manera en que su mano se había cerrado sobre mi brazo. En la facilidad con que lo había hecho. En el hecho de que Beto había llegado tarde, y que si no hubiera habido nadie más en ese pasillo, la escena habría terminado de una manera diferente a como termino.
Lo había decidido esa noche anterior, en algún momento entre las once y la medianoche, con la misma claridad fría de las decisiones que uno toma cuando el ruido del día ya no estorba. Llegué a esa conclusión.
Tampoco le dije nada a mi madre, que esa mañana había salido temprano hacia la empresa con Beto al volante y la cabeza ya en la lista de cosas que tenía pendientes.
Esperé a que los pasillos se vaciaran y, esquivando las miradas curiosas de los profesores, me escabullí en dirección contraria a los laboratorios de diseño. Iba a faltar a la clase de Historia del Arte. Era una locura, yo jamás hacía eso.
Caminé.
Crucé el estacionamiento lateral a paso rápido, asegurándome de que el auto de Beto no estuviera a la vista; Beto era del tipo que no preguntaba. Pero siempre dejaba la puerta abierta para que yo volviera a pasar por ella si lo necesitaba. Èl no vendra a buscarme hasta dentro de tres horas, por lo que este era mi único margen de maniobra.
Salí del campus me puse los auriculares, fui por la entrada lateral de la facultad, y caminé ocho minutos hasta la calle comercial que quedaba a espaldas del campus. Era una zona que conocía lo suficiente para saber que había dos farmacias, una ferretería pequeña que olía a madera y a aceite de máquina, y una tienda de artículos deportivos que llevaba años anunciando liquidaciones sin terminar nunca de liquidar nada.
Entré a la farmacia primero.
El spray de pimienta estaba en el tercer estante de la sección de seguridad personal, entre los repelentes de insectos y las linternas de emergencia, como si la tienda hubiera decidido agrupar las cosas que sirven para protegerse de amenazas sin distinción de tamaño ni naturaleza. Lo tomé sin detenerme demasiado frente al estante, porque detenerme demasiado frente al estante era la manera más rápida de empezar a convencerme de que estaba exagerando, y no quería darme esa oportunidad.
En la tienda de artículos deportivos encontré la alarma personal: pequeña, negra, con un seguro rojo que al quitarlo emitía un sonido que el vendedor describió como "suficiente para llamar la atención en un radio de cien metros". Lo dijo con el entusiasmo de quien vende algo que en realidad nunca ha necesitado usar, y yo le dije que me lo llevaba sin pedirle más detalles.
Nunca imaginé que terminaría comprando algo así.
Lo pagué. Lo guardé en el bolso, al fondo, debajo de la cartera.
Salí a la calle.
El sol de media mañana caía sobre la acera con esa tibieza engañosa del otoño que hace creer que hace más calor del que hace. Caminé de vuelta hacia la universidad con las manos en los bolsillos y esa sensación extraña que acompaña a las decisiones que uno sabe que son correctas pero que también sabe que no debería haber necesitado tomar.
Llegué justo a tiempo para entrar en la próxima clase, y así como si nada hubiera pasado, continue con mi día en la universidad.
Beto llegó a la salida de la tarde puntual como siempre, con el coche aparcado exactamente donde siempre lo aparcaba, y la ventanilla bajada, lo cual hacía solo cuando el aire de afuera era tolerable y no lo suficientemente frío para tener que cerrarla del todo.
—Vaya...—dijo