Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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Capítulo 1: Un nuevo comienzo

Mi nombre es Darly Mosquera. Tengo treinta y dos años, soy colombiana, cosmetóloga y la mayor de dos hermanos. Mi padre es comerciante y mi madre ama de casa, aunque desde hace algunos años una enfermedad degenerativa ha ido deteriorando su salud y cada día necesita más cuidados.
La vida nunca ha sido sencilla para mí, pero siempre he aprendido a seguir adelante.

Mi mejor amiga es Mía Sandoval. Nos conocemos desde niñas y, aunque estudiamos carreras completamente diferentes, nuestra amistad ha sobrevivido al paso del tiempo, a las distancias y a los problemas. Ella es la hermana que la vida me regaló.
Hace cuatro meses tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida: separarme de mi pareja después de diez años juntos.
Cuando me fui a vivir con él tenía apenas veintidós años y una maleta llena de sueños. Estaba enamorada y convencida de que construiríamos una familia. Sin embargo, con el paso de los años, la realidad fue muy distinta.
Las discusiones eran constantes.
El alcohol se convirtió en un invitado permanente en nuestra relación.
Mientras yo soñaba con compartir tiempo juntos, salir los fines de semana o simplemente disfrutar una cena en pareja, él prefería pasar las noches con sus amigos.
Yo me quedaba sola.
Esperándolo.
Justificándolo.
Perdonándolo.
Hasta que me cansé.
Mi mayor sueño siempre fue convertirme en madre. Desde muy joven imaginé cómo sería cargar a mi bebé en brazos y formar una familia llena de amor.
Pero la vida parecía empeñada en poner obstáculos.
Primero descubrí que tenía un problema hormonal que dificultaba quedar embarazada. Luego, años después, nos enteramos de que él también tenía problemas de fertilidad.
Aun así no nos rendimos.
Seguimos intentando.
Rezando.
Esperando un milagro.
Y el milagro llegó.
El año pasado vi dos líneas rosadas en una prueba de embarazo.
Recuerdo perfectamente ese momento.
Lloré.
Reí.
Temblé.
Y cuando se lo conté a él, también lloró de felicidad.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que todo iba a mejorar.
Pero la felicidad duró muy poco.
A las cinco semanas perdí al bebé.
Ese día sentí que algo dentro de mí también murió.
Intenté seguir adelante, pero el dolor, las discusiones y la distancia emocional terminaron destruyendo lo poco que quedaba de nuestra relación.
Por eso, cuatro meses atrás, tomé mis cosas y me fui.
Necesitaba empezar de nuevo.
Necesitaba encontrarme a mí misma.
Y fue entonces cuando apareció Mía.
—Ven a Bucaramanga —me dijo por teléfono una noche mientras yo lloraba en silencio—. Aquí hay oportunidades. Necesitas cambiar de ambiente.
Al principio dudé.
Dejar atrás mi vida daba miedo.
Pero tenía razón.
Así que empaqué mis cosas, tomé valor y me mudé a Bucaramanga.
Gracias a mi experiencia como cosmetóloga logré conseguir trabajo en uno de los spas más reconocidos de la ciudad. Presenté mi hoja de vida y, para mi sorpresa, me contrataron casi de inmediato.
El sueldo era mucho mejor de lo que ganaba antes.
Además, vivía con Mía en un cómodo apartamento y compartíamos los gastos.
Llevaba tres meses en la ciudad y, por primera vez en mucho tiempo, me sentía feliz.
Incluso podía enviar dinero a mis padres para ayudarlos con los gastos de la casa.
Mi vida comenzaba a tomar rumbo nuevamente.
Aunque había una cosa que tenía completamente clara.
No quería enamorarme.
No otra vez.
Los hombres y las relaciones estaban fuera de mis planes.
Mía insistía constantemente en presentarme amigos del novio.
Su novio, Cristian Ardila, era un empresario bastante reconocido y tenía muchas conexiones.
—Dar, deberías darte una oportunidad —me repetía siempre—. Los amigos de Cris son hombres serios, trabajadores y exitosos.
Yo me limitaba a reír.
—No necesito un hombre para ser feliz.
—No digo que lo necesites. Solo digo que alguno podría ayudarte a cumplir tu sueño.
—¿Cuál?
—Abrir tu propio spa.
Negaba con la cabeza.
—Jamás estaría con alguien por interés.
—Ay, tú sí eres complicada.
—Y orgullosa también.
Las dos terminábamos riéndonos.
Aquella tarde salí del spa después de una larga jornada laboral.
Llevaba puesto mi uniforme antifluido color negro que se ajustaba perfectamente a mi figura.
Tomé el bus de regreso al apartamento mientras observaba el movimiento de la ciudad a través de la ventana.
Bucaramanga tenía algo especial.
Era una ciudad viva.
Llena de oportunidades.
Y yo estaba empezando a sentirla como mi hogar.
Al llegar al apartamento abrí la puerta y encontré a Mía acostada en el sofá mirando su celular.
—Buenas tardes, Mía. ¿Cómo estás?
—Hola, Dar. ¿Cómo te fue hoy?
—Bien, gracias a Dios. ¿Y a ti?
—Excelente. Tuve una sesión de fotos esta mañana y terminé temprano.
—Qué bueno.
—Además, preparé la comida para las dos.
Sonreí agradecida.
—Eres la mejor.
—Lo sé.
Las dos soltamos una carcajada.
—Voy a bañarme y luego sirvo la cena.
—Perfecto.
Subí a mi habitación, me duché y me puse una cómoda pijama.
Cuando regresé a la cocina ya todo estaba listo.
—Mía, deja ese celular y ven a comer.
—Ya voy.
Se sentó frente a mí y noté una sonrisa sospechosa en su rostro.
—¿Y ahora qué?
—Nada.
—Te conozco.
—Bueno... sí hay algo.
Tomó su celular y me mostró una publicación.
—Mira esto.
Leí rápidamente el anuncio.
Era un gran concierto de música popular programado para la noche siguiente.
Mis ojos brillaron inmediatamente.
—¿Quién viene?
—Santiago Amaya.
—¿Qué?
Tomé el teléfono con emoción.
—¡Me encanta!
—Lo sabía.
—¿Y cómo conseguiste entradas?
—Cris es uno de los organizadores.
Abrí la boca sorprendida.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Nos invitó gratis.
—¡Claro que voy!
Las dos comenzamos a reír emocionadas.
Nos encantaba la música popular y el vallenato.
Aquella invitación era exactamente lo que necesitábamos.
Terminamos de cenar, conversamos un rato más y luego nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente desperté con más energía de lo normal.
Después de desayunar, Mía apareció en la cocina con una expresión peligrosa.
—Dar.
—¿Qué hiciste ahora?
—Vamos de compras.
—No.
—Sí.
—No tengo dinero.
—Yo invito.
—Mía...
—Y no acepto un no como respuesta.
Suspiré resignada.
—Algún día te devolveré todo lo que haces por mí.
Ella sonrió.
—Cuando consigas un novio millonario me invitas.
—No voy a conseguir ningún novio.
—Eso dices ahora.
Le lancé una mirada fulminante.
Ella soltó una carcajada.
Unas horas después estábamos recorriendo un centro comercial.
Compramos ropa, accesorios, botas, sombreros y todo lo necesario para lucir espectaculares esa noche.
Después almorzamos juntas y regresamos al apartamento.
La tarde se convirtió en una auténtica sesión de belleza.
Nos aplicamos mascarillas faciales.
Exfoliamos nuestra piel.
Arreglamos nuestro cabello.
Nos maquillamos con cuidado.
Y cuando terminamos, parecía que estábamos listas para una portada de revista.
A las nueve de la noche nos observamos frente al espejo.
—Estamos divinas —dijo Mía.
—Eso nadie lo puede negar.
—Esta noche será inolvidable.
Sonreí sin imaginar que tenía razón.
Porque mientras terminaba de colocarme los aretes frente al espejo, no tenía idea de que aquel concierto estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.
Y que el amor que tanto había jurado evitar estaba más cerca de lo que imaginaba.