Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
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Capítulo 19: El precio de la protección
El regreso de Valeria dejó la mansión en un estado de tensión permanente.
Aunque no volvió a aparecer físicamente después del encuentro en el jardín, su presencia parecía haberse quedado impregnada en el aire.
En cada pasillo.
En cada mirada.
En cada silencio incómodo entre Fabián y Débora.
Fabián aumentó la seguridad sin discusión.
Cámaras nuevas.
Guardias adicionales.
Protocolos más estrictos.
Pero lo más evidente no era la seguridad…
Era él.
Más distante.
Más tenso.
Más vigilante.
Como si el mundo entero hubiera dejado de ser confiable.
Débora lo notó desde la mañana.
Lo notó en la forma en que él revisaba cada salida.
En la manera en que respondía mensajes sin levantar la vista.
En cómo su mirada se detenía más tiempo en las ventanas.
—No puedes seguir así —dijo ella finalmente en la cocina.
Fabián no respondió de inmediato.
Estaba de pie, con el café en la mano, mirando el exterior.
—Así cómo —murmuró.
Débora se cruzó de brazos.
—Como si esperas que alguien entre a la casa en cualquier momento.
Silencio.
Fabián dio un sorbo al café.
—Eso puede pasar.
La respuesta fue simple.
Demasiado simple.
Débora frunció el ceño.
—No puedes vivir en guerra todo el tiempo.
Fabián la miró por fin.
—No es guerra si no dejo que llegue hasta ti.
Aquella frase la desarmó un poco.
—¿Y si ya llegó? —preguntó ella suavemente.
Fabián no respondió.
Solo dejó la taza sobre la mesa.
Horas después, Fabián reunió a su equipo de seguridad en el despacho.
La atmósfera era seria.
Tensa.
Profesional.
—Quiero vigilancia total sobre la casa —ordenó.
—Ya está implementado, señor —respondió uno de sus hombres.
Fabián negó.
—No es suficiente.
Silencio.
—Quiero vigilancia también fuera de la ciudad.
Uno de los hombres dudó.
—¿Tan lejos cree que pueda llegar?
Fabián lo miró con frialdad.
—Ya llegó una vez.
El silencio se hizo pesado.
—Y no voy a permitir que vuelva a acercarse a Débora.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad…
Valeria observaba una serie de pantallas en una habitación oscura.
Imágenes en tiempo real.
Cámaras de tráfico.
Movimientos de la mansión.
Rutas de Fabián.
Rutas de Débora.
Luis estaba sentado en una esquina, con el rostro más delgado, más cansado.
Más roto.
—¿Cuánto tiempo más vas a jugar con esto? —preguntó él con voz débil.
Valeria no lo miró.
—Hasta que deje de ser útil.
Luis apretó la mandíbula.
—Esto no es un juego.
Valeria giró lentamente la cabeza hacia él.
—Todo es un juego cuando sabes cómo mover las piezas.
Silencio.
Luis bajó la mirada.
—Estás obsesionada.
Valeria sonrió.
—No.
Pausa.
—Estoy cobrando.
Esa noche, Fabián no dejó sola a Débora en ningún momento.
La acompañó a su habitación.
Revisó cada ventana.
Cada cerradura.
Cada posible punto de acceso.
Débora lo observaba en silencio.
—Esto no es normal —dijo ella finalmente.
Fabián se detuvo.
—Es necesario.
—No puedes protegerme encerrándome.
Él la miró.
—No estoy encerrándote.
—Se siente igual.
Silencio.
Fabián bajó la mirada un segundo.
—Si algo te pasa… no me lo perdonaría.
Débora se acercó lentamente.
—Eso no te da derecho a controlarlo todo.
Fabián la observó.
Había algo en su expresión.
Algo que estaba cambiando.
Ya no era solo protección.
Era miedo.
Miedo real.
—No es control —dijo él finalmente—. Es supervivencia.
La madrugada llegó sin aviso.
La mansión estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Débora no podía dormir.
Se levantó y caminó hacia el balcón.
La ciudad brillaba a lo lejos.
Pero algo en su interior no estaba tranquilo.
Y entonces lo sintió.
Un sonido.
Leve.
Detrás de ella.
Se giró de inmediato.
Nada.
Pero el miedo no desapareció.
En el despacho, Fabián revisaba cámaras cuando una alerta apareció en la pantalla.
Movimiento detectado en el perímetro externo.
Su cuerpo reaccionó de inmediato.
—¡Equipo uno, al perímetro norte! —ordenó.
Se levantó rápidamente.
Pero algo lo detuvo.
Una segunda alerta.
Interior.
Fabián se congeló.
—No…
Corrió.
Cuando llegó al pasillo de la habitación de Débora…
La puerta estaba entreabierta.
—¡Débora! —gritó.
Entró rápidamente.
Vacío.
La habitación estaba vacía.
El balcón abierto.
La cortina moviéndose con el viento.
Fabián sintió que el mundo se le venía encima.
—¡DÉBORA!
Silencio.
Y entonces…
sobre la cama.
Un papel.
Fabián lo tomó con manos tensas.
Una sola frase.
"Te advertí que lo perderías todo."
El aire se detuvo.
Y por primera vez…
Fabián de Castro sintió miedo real.
No por sí mismo.
Sino por ella.