En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Negación.
Mientras tanto, en el otro extremo del campus, Axel Von Lindberg no estaba bien. No dormía más de dos horas consecutivas, el café negro se había convertido en su único alimento y era incapaz de concentrarse en los gráficos financieros que antes le tomaban segundos descifrar. El desorden mental y la falta de sueño lo estaban transformando en alguien que no reconocía frente al espejo: un hombre vulnerable, errático, desprovisto de su habitual armadura de frialdad.
—Tienes que arreglar este desastre de una vez por todas, Axel —sentenció Erik, caminando a su lado por el patio central de la facultad de economía—. El System se está saliendo de control. Los rumores están afectando la reputación del grupo y Freja está furiosa.
—No puedo arreglarlo, Erik —respondió Axel, con la voz pastosa y los ojos fijos en el suelo empedrado.
—Claro que puedes. Eres un Lindberg, maldición. Diseña una estrategia, búscala y habla con ella. Inventa un argumento corporativo, convéncela de que todo fue un malentendido de la prensa estudiantil.
Axel soltó una risa amarga, un sonido seco que se ahogó en el viento helado.
—¿Y decirle qué, Erik? ¿Qué argumento se supone que tengo que usar contra la verdad?
Silencio. Erik se quedó callado porque, por primera vez, no había una cláusula de escape ni palabras suficientes en su vocabulario de negocios para limpiar la farsa.
—Fue un maldito error haber escuchado a Freja en Berlín —añadió Erik en un murmullo, ajustándose el cuello del abrigo.
—No —negó Axel, deteniéndose en seco y levantando una mirada gris que desbordaba una oscura intensidad—. No fue un error, Erik. Fue una decisión. Elegimos jugar con alguien para entretenernos.
Y aceptar eso, asumir la autoría intelectual del daño, era infinitamente peor que escudarse en un accidente.
Pasaron tres días completos. Tres días eternos en los que Axel vagó por la universidad como un fantasma entre los vivos. Tres días sin ver el reflejo de sus gafas, sin escuchar su risa suave, sin el calor de su presencia en la barra de la cocina. Sin… nada.
Hasta que finalmente la encontró.
Estaba en la sección más antigua de la biblioteca, rodeada de tomos enormes de lomo de piel. No estaba dibujando en su cuaderno de hojas amarillentas; el lápiz descansaba a un lado de la mesa, intacto. Tampoco estaba sonriendo. Solo estaba allí, con la mirada perdida en las letras impresas de una página que probablemente no estaba leyendo.
Axel dudó en el umbral del pasillo. Por primera vez en toda su vida de privilegios, el junior que sabía exactamente cómo moverse en los salones más exclusivos de Europa no tenía la menor idea de cómo acercarse a una persona. Sentía un miedo físico a ser rechazado, a ver la hostilidad en sus ojos. Pero obligó a sus piernas a avanzar.
—Liv… —pronunció su nombre en un suspiro, como si temiera que el sonido pudiera desvanecerla.
Ella levantó la mirada despacio. Al ver al alemán frente a la mesa, sus facciones no se alteraron. En sus ojos marrones ya no quedaba ni un rastro de la ilusión de la Cenicienta, ni los nervios habituales que la hacían juguetear con el asa de la taza. Solo había una distancia sideral, fría e infranqueable.
—¿Qué quieres, Axel? —preguntó. Su voz fue directa, desprovista de cualquier adorno emocional.
Axel tragó saliva, sintiendo que la garganta le ardía.
—Hablar contigo. Por favor.
—No quiero hablar. No tengo nada que decirte.
—Por favor, Liv. Solo unos minutos.
Silencio. El parpadeo de la luz del pasillo parecía contar los segundos. Liv cerró el libro de cubiertas de piel con una lentitud deliberada, manteniendo sus manos planas sobre el volumen.
—Tienes cinco minutos —sentenció, mirando el reloj de su muñeca.
Eso era mucho más de lo que Axel merecía tras la humillación pública, y ambos lo sabían perfectamente en el fondo de sus almas. Axel se sentó en la silla de madera frente a ella, pero las palabras, aquellas que siempre salían fluidas y elocuentes de su boca, se atascaron en su garganta. El tablero se había esfumado.
—No fue un juego, Liv… —consiguió articular al fin, con una voz que sonaba rota, desconocida para él mismo.
Liv lo miró fijamente, con una fijeza que le caló hasta los huesos.
—Sí lo fue, Axel. No intentes reescribir los hechos ahora.
—Al principio, sí, no voy a negarlo —admitió él, inclinándose hacia delante, desesperado por encontrar una fisura en su indiferencia—. Pero después de las primeras semanas, las cosas cambiaron. Lo que pasó en mi departamento, lo que sentía cuando estábamos solos…
—No —lo detuvo ella con una firmeza implacable, levantando la voz apenas lo suficiente para no romper las reglas de la biblioteca—. No cambies la historia a tu conveniencia para aliviar tu culpa, Axel. No intentes hacerlo más bonito de lo que realmente fue. Fuiste parte de una apuesta. Me elegiste porque era el blanco fácil.
Silencio. Las palabras de Liv eran verdades absolutas que caían como golpes de mazo sobre su orgullo. Axel bajó la mirada hacia la mesa de madera tallada, derrotado por su propia estrategia.
—Tienes toda la razón —dijo en un hilo de voz.
Esa respuesta sumisa, la total ausencia de arrogancia o de justificaciones aristocráticas, no era lo que Liv esperaba del junior de Berlín. Sus dedos se tensaron imperceptiblemente sobre la cubierta del libro, pero mantuvo el rostro impasible.
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