El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Marido y mujer.
Tres meses después. Tánger. Medina Vieja.
El piso tiene dos habitaciones, pero usan una. Tiene una cocina que huele a comino y a café de puchero. Tiene un balcón que da al puerto. Y tiene cero actas, cero juzgados, cero muertos.
Por ahora.
Elena Duarte cuelga su placa en la entrada. No es la de Marco. Es una nueva. Consultora legal internacional. Nadie pregunta. En Tánger, si pagas el alquiler, puedes ser quien quieras.
Marco, ahora Daniel Ríos para el mundo, vende alfombras por la mañana y arregla motores por la tarde. Por la noche es solo Marco. El que se casó con ella en un juzgado para salvarle la vida. El que se tiró de un barco para devolvérsela.
La primera semana no se tocaron. Dormían de espaldas, con una pistola en cada mesita. Costumbre. Miedo.
La segunda semana él le curó la cicatriz del pie sin que ella se lo pidiera. Ella le cortó el pelo porque los puntos le tiraban. Se rozaron los dedos. No dijeron nada. Ya se habían entregado, pero por causas del alcohol.
La tercera semana llovió. Como en Sevilla. Como en el juzgado.
La noche que dejó de llover.
Elena llega empapada del mercado. Dátiles, pan, pescado. Marco está arreglando la persiana del balcón. Camisa pegada, brazos llenos de aceite y de cicatrices viejas.
No tenías que mojarte, dice él sin girarse. Te dije que iba yo.
Y yo te dije que no soy tu viuda, responde ella, tirando la bolsa. Ni tu protegida.
Se miran. Diez años de no verse. Diez años de mentiras.
Marco baja de la silla. Despacio. Como si desactivara una bomba. Porque lo es.
“Elena”.
“Marco”.
Ya no hay alias. No hay pasaportes. No hay muertos entre ellos.
Él le quita el pelo mojado de la cara. Tiene las manos manchadas de grasa. Le deja una marca negra en la mejilla. Ella no la limpia.
Si esto es otro trato, no quiero, dice Elena. Si me vas a besar para salvarme otra vez, ahórratelo.
No, dice él. Si te beso ahora es porque llevo diez años sin respirar bien. Y porque en este piso no hay cámaras. Ni Gómez. Ni Marín. Solo tú.
La besa.
No es el beso del juzgado. Contrato.
No es el beso del parking. Miedo.
No es el beso del motel. Rabia.
Este beso es lento. Es por fin. Es quédate. Sabe a lluvia de Tánger y a café de puchero. Sabe a verdad.
Elena le muerde el labio. Por todas las veces que no lo hizo. Él le entierra las manos en el pelo. Por todas las noches que soñó que estaba muerto.
La camisa de I love Sevilla cae al suelo. La suya también. Las cicatrices se reconocen. Pecho con pecho, historia con historia.
No hay prisa. No hay sirenas. No hay pagarés mirando desde la mesa.
Solo el ventilador de techo, girando despacio. Solo el mar colándose por el balcón. Solo dos mentirosos que por primera vez no se deben nada.
Se aman como quien desactiva una guerra: con cuidado, con miedo, con las manos temblando.
Y cuando caen en la cama, la única cama que importa, Elena entiende por qué nunca funcionó con nadie más.
Porque nadie más se casó con ella para enterrarse.
Porque nadie más resucitó para elegirla.
Porque nadie más la miró como si fuera el veredicto y la condena a la vez.
A la mañana siguiente.
Desayunan en el balcón. Café. Pan. Sol. Barcos.
Marco lleva la alianza de acero. Ya le queda bien. Elena lleva la de él en una cadena, sobre el pecho. Donde estaba la carta de su padre. La quemó anoche. En el fregadero. Juntos.
¿Y ahora?, pregunta ella, con los pies descalzos sobre los de él.
Ahora vivimos, dice Marco. Sin plan. Sin coartada. Sin huir.
Suena el móvil. Número desconocido.
Elena lo mira. Él asiente.
Descuelga. Pone altavoz.
¿Duarte?, es Gómez. Sé que estás viva. Sé que él también. El disco… apareció. Un pescador. Los Marín cayeron. Todos. Necesito declaración. Necesito cerrar el caso.
Silencio. Solo gaviotas. Solo el mar.
Elena mira a Marco. Marco mira a Elena. Diez años de decisiones en tres segundos.
¿Y si no queremos cerrarlo?, dice Elena.
Entonces eres libre, dice Gómez. De verdad. Marco Ledesma murió. Daniel Ríos no existe. Y Elena Duarte… puede ser quien quiera.
Cuelga.
No dicen nada. Se terminan el café.
Después, Marco le toma la cara. ¿Quién quieres ser, Elena Duarte Ríos?
Ella sonríe. La primera vez sin sangre, sin juicios, sin miedo. Tu mujer. A secas. Sin muerto. Sin trato. Sin mentira.
Él la besa en el balcón. Tánger mira. El mar aplaude.
Reglas nuevas.
Uno: se dicen la verdad. Aunque duela.
Dos: duermen abrazados. Aunque haga calor.
Tres: si vuelven a dispararles, disparan juntos.
La pasión no se desborda. Inunda. Como el Guadalquivir cuando se cabrea. Como Cádiz cuando viene levante.
Porque el amor no estaba iniciando. Llevaba diez años en prisión preventiva.
Y ahora salió. Sin fianza. Sin condiciones.
En grande.
A lo Marco y Elena.
A lo marido y mujer.