Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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Cuarenta minutos bajo el sol Cap 3
Descubrí rápidamente que la universidad no se ganaba solo con inteligencia. Se ganaba con logística. Y mi logística era un desastre.
La casa de mi tía Elena quedaba a exactamente cuarenta y dos minutos caminando desde la mía. Lo sé porque los conté. Los conté el primer día, el segundo, y cada uno de los trescientos días que siguieron. Cuarenta y dos minutos de ida. Cuarenta y dos de vuelta. Siempre bajo el sol.
Mi tía había sido generosa al prestarme su computador. Un equipo viejo, de esos que pesan como ladrillo y tardan más en prender que yo en llegar hasta allá. El problema no era la máquina. El problema era el camino. Y el sol.
En mi barrio, el sol no es un astro. Es un verdugo. Se instala en el cielo a eso de las diez de la mañana y no se va hasta que ya no queda sombra donde esconderse. Las calles son de tierra, así que el calor sube desde el piso y baja desde arriba. Uno queda atrapado en el medio, como un pan en el horno.
Mi rutina era esta: salía de mi casa a la una de la tarde, cuando el sol estaba en su punto más cruel. Llevaba el teléfono en la mano, no en el bolsillo, porque necesitaba verlo. Si la pantalla empezaba a atenuarse, corría. Corría hacia la próxima sombra de algún árbol o hacia la pared de una casa que diera un poco de alivio. El teléfono se calentaba en mis dedos como una taza de café recién servido. Y yo le hablaba.
—Por favor, no te apagues. Solo un poco más. Llegamos.
Sé que suena ridículo. Hablarle a un teléfono. Pero cuando ese aparato es tu único puente a la universidad, a los trabajos, a los foros, a los PDF que tienes que leer para no reprobar... entonces le hablás. Le ruegas hacés pactos con él.
Una tarde de febrero, el teléfono murió a mitad del camino. Simplemente se puso negro. Ni siquiera hizo el pitido de aviso. Apagón total. Me quedé parada en medio de la calle, con el aparato inerte en la mano, sintiendo cómo la desesperación me subía por la garganta como una bilis caliente.
Lloré. Lloré ahí, bajo el sol de las dos, con una señora que pasó y me miró raro. Lloré porque había perdido el borrador del ensayo que tenía que entregar al día siguiente. Lloré porque en ese momento odiaba a todos mis compañeros con sus MacBooks brillantes. Lloré porque tenía dieciocho años y ya estaba cansada.
Cuando llegué a la casa de mi tía —llegué tarde, con el teléfono muerto y la cara marcada por las lágrimas—, ella no preguntó nada. Me abrió la puerta, me dio un vaso de agua y me dijo:
—El computador ya prendió. sientate.
No me consoló. No me dijo que todo iba a estar bien. Solo me dio un vaso de agua y un lugar donde seguir intentando. Eso, pensé después, era quizás la forma más pura de amor.
Esa noche, caminé de vuelta a casa con una linterna de repuesto que mi tía me prestó. El teléfono seguía muerto. El sol se había ido, pero mi cuerpo aún lo recordaba. Me dolían los hombros. Los pies. El alma.
Mi madre me esperaba despierta con un té de manzanilla.
—¿Muy duro? —preguntó.
—Sí —dije.
—¿Vas a dejar los estudios?
La miré. En sus ojos había miedo, pero también había algo más. Orgullo. El mismo orgullo que ella tenía cuando vendía la última torta del día y contaba las monedas en la mesa de la cocina.
—No —dije—. No voy a dejar mis estudios
Bebí el té. Me fui a dormir. Y al otro día, a la una de la tarde, volví a salir bajo el sol. Con el teléfono recargado. Con la esperanza recargada. Con los cuarenta y dos minutos por delante.