Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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La primera cena
Atenea llevaba veinte minutos cambiándose de ropa.
Y ya estaba arrepentida.
—Te estás poniendo nerviosa.
Bianca estaba sentada sobre el borde de la cama, observándola.
—No estoy nerviosa.
—Llevas tres vestidos.
—Porque ninguno me convence.
—Estás nerviosa.
Atenea lanzó una almohada.
Bianca la esquivó.
—Muy nerviosa.
—Cállate.
Bianca sonrió satisfecha.
Abajo, la mansión estaba extrañamente animada.
Empleados entrando y saliendo.
Guardias en sus puestos.
Mesas preparadas.
Todo impecable.
Como siempre.
Pero aquella noche era diferente.
Era la primera vez que ambas familias compartirían una cena.
Y todos parecían saberlo.
Atenea bajó las escaleras junto a Bianca.
Su padre ya estaba esperando.
Vestido de negro.
Impecable.
Imponente.
Pero cuando vio a Atenea aparecer, su expresión se suavizó inmediatamente.
—Te ves hermosa.
—Papá.
—¿Qué?
—Lo dices cada vez que me ves.
—Porque es verdad.
Bianca hizo una mueca.
—Qué empalagoso.
—Nadie te preguntó.
—Y ahí está el hombre más temido de la mafia.
Atenea soltó una pequeña risa.
Alessandro fingió indignación.
Unos minutos después llegaron los Rossi.
La puerta principal se abrió.
Y Elena fue la primera en entrar.
Elegante.
Segura.
Con una sonrisa tranquila.
Atenea entendió inmediatamente por qué su padre la apreciaba.
La mujer transmitía una calma extraña.
No parecía alguien impresionable.
Ni manipulable.
Simplemente parecía fuerte.
Detrás de ella apareció un joven de cabello oscuro.
Sonrisa fácil.
Expresión amigable.
—Hola.
Debe ser Matteo.
Pensó Atenea.
Y entonces apareció el último.
Alto.
Mucho más de lo que esperaba.
Cabello oscuro.
Traje negro.
Mirada seria.
Observadora.
Silenciosa.
Por un instante sus ojos recorrieron la entrada.
Los guardias.
Las ventanas.
Las salidas.
Como si analizara todo.
Y luego sus ojos encontraron los de Atenea.
Un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Atenea sintió algo extraño.
No sabía qué.
Ni por qué.
Solo que aquellos ojos parecían verlo todo.
Adrián Rossi.
—Bienvenidos.
La voz de Alessandro rompió el momento.
Elena sonrió.
—Gracias por recibirnos.
—Esta es su casa.
Bianca observó la escena con evidente desconfianza.
Atenea, en cambio, dio un paso adelante.
—Es un gusto conocerlos.
Matteo sonrió de inmediato.
—Tú debes ser Atenea.
—Y tú Matteo.
—¿Cómo supiste?
—Porque pareces incapaz de quedarte quieto.
Matteo soltó una carcajada.
—Me agradas.
—Llevan diez segundos hablando.
—Ya es suficiente para saberlo.
Elena cerró los ojos.
—Perdón por él.
—No lo sientas —dijo Atenea sonriendo—. Es divertido.
—¿Ves? —se quejó Matteo—. Ella me entiende.
—Eso es preocupante.
La cena comenzó poco después.
La enorme mesa parecía demasiado grande para siete personas.
Sin embargo, poco a poco la tensión inicial empezó a desaparecer.
Principalmente gracias a Matteo.
Porque hablaba suficiente por tres personas.
—¿Entonces tienen caballos?
—Sí.
—¿Y una piscina?
—Sí.
—¿Y una sala de cine?
—Sí.
—¿Y—
—Matteo —interrumpió Elena.
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando.
—Sorprendentemente.
Atenea tuvo que contener la risa.
Bianca directamente no lo intentó.
Incluso Adrián parecía entretenido.
Aunque apenas hablaba.
La cena avanzó entre conversaciones tranquilas.
Hasta que Elena observó a Atenea.
—Alessandro tenía razón.
Todos la miraron.
—¿Sobre qué?
—Tus ojos son preciosos.
Atenea sonrió.
—Gracias.
Era un comentario que había escuchado toda su vida.
Pero en la voz de Elena no había curiosidad incómoda.
Ni morbo.
Solo sinceridad.
—Tu madre estaría orgullosa de ti.
El silencio fue inmediato.
Atenea bajó la mirada.
Y por primera vez desde que comenzó la noche, el dolor apareció.
Pequeño.
Pero presente.
Elena pareció darse cuenta enseguida.
—Lo siento.
—No.
Atenea negó suavemente.
—Está bien.
Porque era verdad.
Y escuchar esas palabras de alguien que no intentaba reemplazarla hacía que dolieran menos.
Mucho menos.
⸻
Más tarde, cuando la cena estaba terminando, Alessandro observó a todos alrededor de la mesa.
A Elena.
A sus hijos.
A Bianca.
A Atenea.
Y por primera vez en muchos años sintió algo que había creído perdido.
Paz.
Tal vez no era una familia perfecta.
Tal vez jamás lo sería.
Pero era un comienzo.
Uno bueno.
Sin embargo, al otro extremo de la mesa, Adrián levantó la vista.
Y volvió a encontrarse con los ojos de Atenea.
Azul.
Dorado.
Imposibles de ignorar.
Por alguna razón, ninguno apartó la mirada de inmediato.
Y aunque ninguno de los dos podía saberlo todavía…
Aquella cena sería el inicio de una historia que complicaría mucho más que sus vidas.