Sinopsis
Emilia Velázquez, una joven universitaria apasionada por las novelas románticas, descubre que le quedan pocos meses de vida y acepta la oferta de una misteriosa hechicera para reencarnar en el mundo de su novela favorita, ocupando el cuerpo de Ester, la villana destinada a la desgracia. Mientras lucha por adaptarse a un reino lleno de conspiraciones, magia, dragones ancestrales y peligros ocultos, intentará cambiar un destino que no le pertenece. Sin embargo, todo se complica cuando un extraño encuentro con el príncipe dragón Derek provoca un intercambio de cuerpos que amenaza con alterar el equilibrio de ambos mundos para siempre.
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Capítulo 17: El susurro del vínculo
La lluvia comenzó a caer sobre los dos reinos.
En el Reino Dragón, las gotas resbalaban por las antiguas estatuas que decoraban los jardines del palacio. Los árboles plateados parecían inclinarse ante el viento, mientras una ligera neblina cubría los caminos de piedra.
Emilia no había logrado dormir.
Desde que encontró el antiguo libro sobre la profecía, una sola pregunta ocupaba su mente.
¿Por qué ella?
¿Por qué una simple estudiante de otro mundo había sido elegida para formar parte de una historia tan grande?
Se encontraba sentada junto a la ventana de la habitación de Derek.
Vestía una túnica ligera azul oscuro y tenía entre las manos el viejo libro que había tomado prestado de la biblioteca.
Volvió a leer la misma frase.
"Cuando el portador de la oscuridad encuentre al heredero del dragón negro azul, el hilo rojo del destino unirá sus almas para proteger los dos reinos."
Cerró el libro lentamente.
—No entiendo nada...
Susurró.
Entonces una suave luz azul apareció frente a ella.
La llama flotó unos segundos.
Después surgió una pequeña sombra negra que comenzó a girar alrededor del fuego.
Emilia se levantó sorprendida.
La luz creció.
Y una voz conocida llegó hasta su corazón.
—¿Emilia?
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Derek?
No era una voz que escuchara con sus oídos.
Era una voz que nacía dentro de ella.
—¿Puedes escucharme?
Preguntó el joven.
Emilia sintió una alegría imposible de explicar.
—Sí.
Puedo escucharte.
Durante unos segundos ambos guardaron silencio.
Los dos estaban asombrados.
El vínculo había cambiado.
Ya no solo compartían emociones.
Ahora podían comunicarse.
En el Palacio de Edredón.
Derek permanecía de pie en el balcón de su habitación.
Las nubes oscuras cubrían el cielo.
Su largo cabello negro era movido por el viento.
Cuando escuchó la voz de Emilia sintió que una enorme preocupación desaparecía de su corazón.
—Pensé que no volvería a hablar contigo.
Dijo.
Emilia sonrió sin darse cuenta.
—Yo también.
—¿Estás bien?
—Sí.
Aunque todavía no sé cómo actuar como un príncipe.
Derek dejó escapar una pequeña risa.
—Y yo aún no entiendo cómo puedes caminar con estos vestidos.
Ella también comenzó a reír.
Era una conversación sencilla.
Pero ambos sentían que aquella extraña magia los acercaba cada vez más.
—Hoy encontré un libro.
Comentó Emilia.
—Habla sobre nosotros.
—¿Sobre el intercambio?
—Sobre una antigua profecía.
Derek permaneció en silencio.
—Dice que nuestras almas estaban destinadas a encontrarse.
El joven miró el cielo cubierto de lluvia.
Por alguna razón aquellas palabras no le parecían imposibles.
—Entonces...
Murmuró.
—Quizás nunca fue un accidente.
Aquella mañana, el Reino Dragón celebraba el Festival de los Ancestros.
Era una tradición muy antigua.
Los habitantes colocaban pequeñas lámparas flotantes sobre el río para agradecer a sus antepasados.
Morgana apareció en la habitación.
Llevaba un elegante vestido negro decorado con pequeños bordados plateados.
—Derek.
¿Vendrás conmigo al festival?
Emilia sonrió.
—Claro.
La reina pareció feliz.
Mientras caminaban por el palacio, Emilia observó los enormes vitrales, las columnas de piedra blanca y las esculturas de antiguos dragones que adornaban cada pasillo.
El lugar imponía respeto.
Pero también transmitía una extraña sensación de hogar.
Cuando llegaron a la ciudad, Emilia quedó maravillada.
Las calles estaban llenas de personas.
Había músicos.
Mercaderes.
Niños corriendo.
Pequeños puestos vendiendo dulces y artesanías.
Cientos de lámparas de papel decoraban los árboles.
—Es hermoso.
Murmuró.
Morgana sonrió.
—Cuando eras pequeño también decías eso.
Emilia sintió un pequeño dolor en el pecho.
Aquel recuerdo no le pertenecía.
Pero comprendía cuánto significaba para la reina.
En Edredón, Derek también tenía obligaciones.
La reina Elena había organizado una reunión privada con varias familias nobles.
El enorme salón estaba lleno de personas elegantemente vestidas.
Las mujeres lucían vestidos de colores brillantes.
Los hombres llevaban capas adornadas con insignias familiares.
Derek caminaba con calma.
Intentando recordar las costumbres de la nobleza humana.
Eduardo se acercó a él.
—Lady Ester.
Me alegra verla.
—Gracias, alteza.
—¿Le gustaría acompañarme al jardín?
Derek aceptó.
Ambos salieron al exterior.
El jardín real estaba cubierto de rosas blancas y fuentes de mármol.
Durante varios minutos caminaron en silencio.
Finalmente Eduardo habló.
—Últimamente siento que puedo hablar contigo.
Derek lo miró sorprendido.
—¿De verdad?
—Antes parecías distante.
Ahora eres diferente.
El joven recordó las palabras de Emilia.
Quizás el príncipe tampoco era como aparecía en la novela.
—Las personas cambian.
Respondió.
Eduardo sonrió.
—Entonces espero seguir conociéndote.
Desde una ventana cercana, la reina Elena observaba la escena.
Pero no sonreía.
Había algo que le resultaba extraño.
Demasiado extraño.
—Esa no es la Ester que conozco.
Pensó.
Al caer la tarde, Emilia y Morgana llegaron al río sagrado.
Miles de lámparas flotaban sobre el agua.
El espectáculo era maravilloso.
La reina entregó una pequeña lámpara a Emilia.
—Pide un deseo.
Ella la sostuvo entre las manos.
Cerró los ojos.
Y pensó en su familia.
Pensó en David.
En Adriana.
En Vivian.
También pensó en Derek.
Y sin darse cuenta susurró.
—Deseo que podamos volver a sonreír.
Colocó la lámpara sobre el agua.
La pequeña luz comenzó a alejarse.
Pero ocurrió algo inesperado.
La llama azul de su interior se mezcló con una sombra negra.
Todas las personas comenzaron a murmurar.
Las demás lámparas reaccionaron.
Cientos de pequeñas luces azules aparecieron sobre el río.
Morgana abrió mucho los ojos.
—Esa magia...
Los ancianos del templo comenzaron a inclinar la cabeza.
Uno de ellos habló.
—El heredero ha sido reconocido por los espíritus.
Emilia no comprendía nada.
Pero sintió una extraña calidez recorriendo su corazón.
Y al mismo tiempo escuchó la voz de Derek.
—Emilia.
—¿Qué sucede?
—Aquí también apareció una luz.
En el jardín del palacio de Edredón, una pequeña llama azul flotaba frente a Derek.
Eduardo la observó sorprendido.
—Nunca había visto algo así.
La llama comenzó a girar alrededor de Derek.
Luego una sombra negra apareció junto a ella.
El príncipe dio un paso atrás.
—¿Qué es eso?
Derek sintió miedo.
Si descubrían sus poderes, todo estaría perdido.
Pero la llama se elevó hacia el cielo.
Y desapareció.
Eduardo permaneció en silencio.
—Lady Ester.
—¿Sí?
—Por alguna razón siento que está ocultando una enorme tristeza.
Derek bajó la mirada.
Aquellas palabras le recordaron a Emilia.
—Quizás todos escondemos algo.
Respondió.
Esa misma noche, cuando ambos pudieron hablar nuevamente a través del vínculo, compartieron todo lo ocurrido.
Emilia le contó sobre el festival.
Derek habló de la conversación con Eduardo.
Los dos permanecieron en silencio unos segundos.
—Creo que él no es una mala persona.
Dijo Derek.
—Yo también lo estoy empezando a creer.
Respondió Emilia.
Entonces la voz de Selene apareció entre ellos.
No era una conversación normal.
Era como un eco.
—Escuchen con atención.
Los dos se sobresaltaron.
—El enemigo ya comenzó a moverse.
Una imagen apareció ante sus ojos.
Las antiguas llanuras prohibidas.
Las piedras sagradas.
Y la joya negra que había quedado abandonada allí.
—Deben encontrarla antes que las sombras.
Dijo la hechicera.
—¿Qué es?
Preguntó Emilia.
—Un fragmento del poder del primer traidor.
Si cae en manos equivocadas...
Los dos reinos arderán.
La imagen desapareció.
Emilia y Derek se miraron a través del vínculo.
Aunque estaban separados por cientos de kilómetros, ambos tomaron la misma decisión.
—Mañana iremos a las llanuras.
Respondieron al mismo tiempo.
Muy lejos de ellos, oculto en una antigua fortaleza en ruinas, el hombre de la máscara negra abrió lentamente los ojos.
Frente a él había un enorme mapa mágico.
Sobre las llanuras prohibidas brillaba un pequeño punto rojo.
El desconocido sonrió.
—Sí...
Vengan a buscarla.
Porque allí descubrirán que el destino de las almas destinadas siempre está acompañado por la tragedia.
Y las sombras comenzaron a extenderse sobre el mapa como si estuvieran vivas.