Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 18
Capítulo 18
El alta de Mercedes llegó temprano.
Sol bajó a facturación con la tarjeta de Ricardo apretada en la mano y una cuenta en la cabeza que no cerraba. La cirugía, los días de internación, los estudios, la medicación. Todo junto podía devorar cada peso.
La empleada le entregó una carpeta.
—La cuenta está cancelada.
Sol parpadeó.
—¿Cancelada? ¿No tengo que pagar una diferencia?
—Ya fue abonada.
—¿Por quién?
Una sombra alta se acercó.
—Por mí, señorita Linares.
Sol levantó la vista. El hombre medía casi un metro noventa, hombros anchos, traje oscuro, cara seria.
—Rodrigo Vega. Asistente del señor Bruno.
Sol aflojó la mano.
—Ah. Gracias. Le transfiero la diferencia.
Rodrigo sacó el celular.
—Agregueme. Así coordinamos cualquier cosa.
Sol lo hizo sin sospechar. Rodrigo miró su foto de perfil, unas campanitas blancas, y su nombre: Sailor Moon.
Entendió demasiadas cosas de golpe.
Ayudó a subir las valijas, saludó a Mercedes con una formalidad impecable y cargó todo hasta el auto.
Mercedes, encantada, empezó el interrogatorio.
—Rodrigo, ¿de dónde sos? ¿Tus padres? ¿Trabajo estable? ¿Departamento propio?
Rodrigo sudó frío.
Robarle una posible mujer a Bruno era suicidio. Pensarlo también.
—Mamá —intervino Sol—. Es un amigo que vino a ayudar.
Mercedes sonrió como si entendiera otra cosa.
Rodrigo dejó a ambas en el pequeño departamento de Sol y se fue directo por Marta.
La encontró en el mercado, eligiendo verduras donde podía inflar recibos y quedarse con vuelto. Le puso una punta metálica en la cintura.
—Caminá. Sin gritar.
En un pasillo estrecho, la empujó contra la pared.
—¿Quién te mandó matar a Bruno Alcázar?
Marta negó todo.
Rodrigo no le mostró el video. Sacó otra carta.
—Encontré en tu casa relojes, gemelos, lingotes y joyas del señor Bruno. Con eso sola pasás años presa.
Marta se quedó blanca.
—Entraste a mi casa.
—También puedo llamar a la policía.
Le mostró el número marcado.
Marta cayó de rodillas.
—No, por favor. Le digo lo que sé.
Diez minutos después, lo llevó a su habitación alquilada y sacó una bolsa escondida bajo la cama.
—Está todo acá. Yo no quería. Mi marido debe plata de juego. Me amenazaron. Primero me pagaron, después me dijeron que si no hacía lo que pedían la deuda se duplicaba.
—¿Quién?
—No sé. Siempre llamaba un número desconocido.
La policía llegó igual.
Marta se desplomó en el piso.
Mientras tanto, Tomás paseaba con Don Ernesto por el jardín.
—Abuelo, ¿cuándo entra la transferencia?
—El lunes el área financiera te va a liberar mil millones. No es poca plata. Usala bien.
Tomás sonrió.
—Si no gano al menos cien millones, dejo de llamarme Alcázar.
Don Ernesto no se entusiasmó. Pensó en Bruno, en cómo él jamás prometía antes de hacer. Pero necesitaba probar a Tomás. El grupo no podía quedar sin futuro.
A las diez, Rodrigo entró en la residencia y subió con permiso de Ramiro.
Cerró el cuarto de Bruno.
—Señor.
Bruno abrió los ojos.
—Ayudame a sentarme.
Rodrigo lo incorporó y le entregó un teléfono nuevo.
—La madre de Sol ya está en su casa. Marta quedó detenida por robo. Hablé con un abogado para empujar la causa.
—¿Y lo otro?
—Confesó que alguien le pagó y la amenazó con la deuda del marido. Primero buscaban debilitarlo, no darle comida. Después le pidieron que lo asfixiara o que lo dejara boca abajo.
Bruno miró las cortinas cerradas.
—No sabe quién.
—Dice que no.
Silencio.
—¿Elías?
—Nada. Creo que Esteban lo tiene.
Bruno no respondió enseguida.
—Provocalo. Hablale de información clave que sólo Elías conoce. Si lo tiene, va a moverlo.
—Sí, señor.
El celular de Rodrigo vibró. Era una transferencia de Sol.
Sailor Moon: Rodrigo, gracias por lo de hoy. Te debo un café.
Bruno extendió la mano.
Rodrigo le dio el celular con el valor de quien entrega un explosivo.
Bruno miró el chat, la foto de perfil y el mensaje.
—¿Café?
Rodrigo no respiró.
—Fue una forma de agradecer.
Bruno le devolvió el teléfono.
—Conseguí todos sus datos. ¿Tiene licencia?
—Voy a averiguar.
—Y encontrá a Elías.
—Sí, señor.
Rodrigo guardó el celular.
—También estuve siguiendo a Esteban y a Tomás estos días. No pude ubicar a Elías. Pensé en intervenirles los teléfonos.
—Mañana Don Ernesto va a transferirle sus acciones a Esteban y también va a liberar la plata para Tomás —agregó Rodrigo—. Mil millones.
Bruno no respondió a eso.
Pensaba en Sol.
¿Qué estaría haciendo? ¿A qué hora iba a volver? Si ella no aparecía, ¿quién le abriría las cortinas, le dejaría entrar sol, le prepararía algo decente y le contaría esas cosas pequeñas que antes le habrían parecido inútiles?
Sin darse cuenta, Sol se había convertido en una parte de su día.
Él odiaba la soledad muda. La conocía demasiado bien. Pero ahora, en lugar de ella, tenía a Rodrigo plantado al lado de la cama.
Bruno bajó la mirada al teléfono nuevo.
—Provocá hoy a Esteban. Si tiene a Elías, va a moverlo.
—Sí, señor.
—No escatimes recursos para encontrarlo. Y vigilá cada movimiento de Tomás.
—Sí, señor.
—¿Sol tiene registro de conducir?
Rodrigo se quedó un segundo en blanco.
—Lo averiguo ahora.
Bruno no explicó por qué.
Abajo sonó la puerta de un auto.
Rodrigo abrió apenas la cortina.
—Llegó Esteban.
La cara de Bruno se enfrió de golpe. Miró la puerta cerrada.
El cuarto entero pareció bajar de temperatura.
Rodrigo salió con la sensación de que su jefe había despertado para trabajar, vengarse y ponerse celoso. Todo al mismo tiempo.
me estoy aburriendo 😡