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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:847
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El silencio Entre los Dos

Elara, sentada en la terraza, contemplaba el paisaje maravillada. Jamás había estado en un restaurante tan exclusivo; la altura del lugar le permitía ver la ciudad casi por completo, perdiéndose en el horizonte de asfalto y cristal.

Media hora después, tras terminar y agradecer el sofisticado servicio, Elara se levantó para retirarse. Sin embargo, justo cuando salía del ascensor en la planta principal, los hilos del destino volvieron a cruzarse de forma inesperada: Gideon venía avanzando por el pasillo central, acompañado por sus socios marroquíes en dirección a la zona VIP.

Ella lo reconoció al instante, y él a ella.

—Señorita Davis... —pronunció Gideon, deteniendo su paso en seco.

—Señor Huxley... —respondió ella en un susurro, aferrando la correa de su maletín.

Ambos se quedaron en absoluto silencio en medio del corredor, atrapados en una fijeza mutua que congeló el ambiente por unos segundos. Los hombres de negocios que acompañaban al magnate se detuvieron también, intercambiando miradas de desconcierto al no comprender qué estaba sucediendo ni qué significaba aquel mudo lenguaje entre ellos.

Regina, que salía en ese preciso momento para dar la bienvenida oficial a sus distinguidos invitados, captó la anomalía en el acto y se acercó con paso elegante.

—Señores, pasen por aquí, por favor —indicó con cortesía impecable, mientras el traductor oficial de la comitiva anunciaba sus palabras en el idioma de los empresarios—. Señor Huxley, por aquí... —añadió Regina, modulando la voz al notarlo completamente absorto y distraído.

Elara aprovechó el oportuno llamado de Regina para marcharse de prisa. Se deslizó con paso rápido por el pasillo y, para cuando Gideon giró la cabeza buscando con la mirada, ella ya cruzaba el umbral de las imponentes puertas principales del establecimiento.

La comitiva de empresarios y la dueña del restaurante ingresaron finalmente al salón VIP, mientras que Gideon se quedó un segundo más, contemplando a través de los cristales cómo la silueta de Elara se perdía definitivamente entre el bullicio de la avenida. Solo entonces, con un denso suspiro, se dio la vuelta y entró a la reunión de negocios.

Durante la reunión, Gideon se distraía por momentos en sus propios pensamientos. Regina, atenta a cada detalle, no pasó por alto esa actitud; le intrigaba profundamente descubrir qué clase de vínculo existía entre ellos. Para ella, aquel hombre siempre había sido un absoluto misterio; por más de tres años había intentado coincidir con él en los círculos exclusivos de la ciudad, pero Gideon jamás aparecía en público, al menos hasta hacía unas semanas. Que ahora, de la noche a la mañana, estuviera más presente, y además que conociera de forma tan cercana a su modista, era una coincidencia difícil de ignorar.

Luego de regresar, Elara no quiso darle demasiadas vueltas a lo ocurrido; su trabajo en el taller resultó ser la distracción perfecta. Además, Mila tenía una cita esa misma noche, por lo que para Elara fue un auténtico alivio que su amiga estuviera tan ansiosa por sus propios planes y no notara absolutamente nada extraño en su comportamiento.

En los últimos días, Gideon había comenzado a involucrarse y participar activamente en cada negocio y empresa en la que poseía inversiones o de la cual era socio. Aunque esta repentina inmersión corporativa aliviaba notablemente la pesada carga de trabajo de Beltrán, al mismo tiempo dejaba desconcertados a todos en la junta. Más de uno de sus socios se preguntaba en privado cuál de todas las oscuras y fascinantes especulaciones que devoraban el nombre de los Huxley era, en realidad, la verdadera.

...

Al mediodía Colette y Keila terminaban su turno en el hospital y se preparaban para salir; en ese momento, la hermana de Keila, Savannah, las interceptó en el pasillo principal.

—Savvy... ¿qué haces aquí? —preguntó Keila, sorprendida.

—Keila, tienes que ayudarme... —suplicó la joven con tono de urgencia.

Al notar que se trataba de un asunto familiar, Colette se despidió con discreción.

—Nos vemos mañana, Coco.

—Sí, hasta mañana —respondió Colette, alejándose por el corredor.

Una vez que se quedaron solas, ambas hermanas salieron del edificio y caminaron a paso rápido hacia el estacionamiento.

—¿Qué has hecho esta vez? —preguntó Keila con tono de reproche mientras subía al auto y se ajustaba el cinturón de seguridad.

—¡¿Yo?! —Savannah protestó indignada desde el asiento del copiloto—. Es mamá la que no entiende que ya no soy una niña.

—Mhm, entonces compórtate como una mujer. Tienes veintidós años y todavía andas actuando como una adolescente de quince años.

—¡Oye! Papá me dijo que...

—Si no maduras, terminarás exactamente igual que mamá —la cortó Keila de inmediato. Sabía perfectamente que sus palabras eran duras, pero consideraba que era lo mejor para hacerla reaccionar—. ¿De verdad crees que ella es la única mala de la historia y papá no?

—No dije eso, solo que papá me comprende y...

—Papá solo te compadece —sentenció Keila, encendiendo el motor—. Intenta remediar con dinero su falta de cariño y su ausencia. Pon los pies en la tierra, Savannah, porque si sigues por ese camino, después no quiero que vengas a llorar.

Keila estaba profundamente cansada del mismo drama de siempre. Sus padres se habían unido siendo muy jóvenes solo porque se habían embarazado, y desde entonces sus vidas habían sido una constante discusión. Ella, al ser la mayor, había presenciado innumerables separaciones y regresos tóxicos donde fingían que no pasaba nada. Ahora que eran mayores, su padre seguía siendo un hombre irresponsable y su madre solo intentaba evitar que sus hijas repitieran esa historia; sin embargo, Savannah lo veía como una intromisión absurda en su vida. Era una joven rebelde a la que le gustaba vivir de fiesta en fiesta, mientras que Keila había elegido construir una vida pacífica, con un trabajo estable y un departamento propio donde vivir tranquila.

Después de media hora de viaje, llegaron al departamento de Keila.

—¿Cuánto dinero necesitas esta vez? —preguntó Keila, yendo directo al grano.

—Umm... Unos quinientos dólares...

—¡¿Qué?!

Keila se cruzó de brazos de inmediato; no pensaba darle semejante suma de dinero así como así.

—¿Para qué necesitas tanta cantidad?

—Es para inscribirme en la academia de baile —se apresuró a justificar Savannah.

—Savannah... —Keila se dejó caer en el sofá, tapándose el rostro con ambas manos en un gesto de pura frustración.

—Te prometo que esta vez no abandonaré las clases —suplicó la menor mientras se agachaba frente a ella. Dejó su bolso sobre la mesa ratona y colocó sus manos sobre las rodillas de Keila—. Por favor...

Keila levantó la vista, dispuesta a imponerle condiciones estrictas si de verdad quería el dinero. Sin embargo, antes de pronunciar palabra, sus ojos repararon en el bolso que Savannah acababa de soltar sobre la mesa.

—¿Y ese bolso? No te lo había visto...

—Ah, me lo compré —mintió Savannah, desviando la mirada de inmediato.

—¿De dónde sacaste el dinero para comprar semejante bolso? Mira, Savvy, si te quieres dar una vida de lujos, será mejor que comiences a trabajar. Ya no te daré un solo centavo para cumplir tus caprichos.

—No es así, es que... me lo regaló mi novio —admitió Savannah carraspeando. No le había quedado más opción que confesar la verdad a medias.

—Bueno... —Keila no estaba muy convencida de la historia, pero estaba tan agotada que solo quería terminar con la discusión para poder ir a descansar—. Te daré el dinero, pero iremos juntas a la institución a realizar la inscripción.

Antes de que Savannah pudiera protestar por la falta de confianza, Keila agregó con severidad.

—Y para pagarme, harás la limpieza de este departamento todos los días al salir de tus clases. Sin excepciones.

—Pero, Keila, yo...

—¿Quieres el dinero o no?

—Bien, bien... —refunfuñó Savannah, aceptando el trato a regañadientes.

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