"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 18
El silencio que siguió a las palabras de Sofía fue más pesado que cualquier luto que hubiera experimentado. No era el silencio vacío de la muerte de mis padres; era un silencio cargado, eléctrico, el tipo de calma que precede al colapso de un edificio mal cimentado. Estábamos en el salón de los Martínez, rodeadas de retratos familiares y muebles que gritaban una estabilidad que yo acababa de dinamitar.
Sofía me miraba con una mezcla de horror y súplica. Sus ojos, antes llenos de una luz fraternal, ahora estaban empañados por la sospecha más amarga. Tenía el pequeño trozo de papel —el boceto de mis labios— apretado en su mano derecha, arrugándolo sin darse cuenta.
—Dime algo, Elena —repitió, su voz apenas un susurro quebrado—. Dime que Julián te obligó. Dime que se aprovechó de que estabas mal, de que estabas vulnerable por lo del accidente. Necesito que me des una razón para no odiarte ahora mismo.
Me quedé helada. La salida fácil estaba ahí, servida en bandeja de plata. Podía culpar a Julián. Podía decir que él me acosaba, que usaba su posición de "hermano mayor" y protector para invadir mi espacio. Podía salvar mi relación con ella a costa de enterrar a Julián bajo una montaña de mentiras que, en parte, tenían un fondo de verdad.
Pero la imagen del Apartamento 4B volvió a mi mente. Recordé mis manos enredadas en su pelo, mi cuerpo buscando el suyo con una urgencia que no tenía nada de víctima. Recordé que yo había dejado la puerta sin el pestillo.
—No puedo decirte eso, Sofía —respondí, y mi voz sonó extraña, como si viniera de un pozo muy profundo—. No puedo culparlo solo a él.
Sofía retrocedió un paso, como si mis palabras le hubieran dado un bofetón físico. Se tapó la boca con la mano, dejando escapar un sollozo ahogado.
—Entonces es verdad... Dios mío, Elena. ¡Es mi hermano! ¡Es el novio de Valeria! ¡Es el hombre que mis padres consideran un ejemplo! ¿Cómo has podido? ¿En qué momento dejaste de ser mi mejor amiga para convertirte en... en esto?
—No lo sé —dije, sintiendo que las lágrimas empezaban a correr por mis mejillas, calientes y amargas—. Empezó como un refugio. Él era el único que no me miraba con lástima. El único que no me trataba como si fuera a romperme en mil pedazos. Él me hacía sentir viva cuando todo lo demás olía a muerto.
—¡Te hacía sentir viva traicionándome! —gritó Sofía, perdiendo los estribos. Su voz retumbó en las vigas del techo—. ¡Yo te abrí mi casa! ¡Mis padres te dieron una habitación, un hogar! Y tú te metiste en la cama de su hijo en cuanto se dieron la vuelta. ¿Cuánto tiempo lleva pasando esto? ¿Desde cuándo me miras a la cara sabiendo que te acuestas con él?
—Desde hace poco, Sofía. Te lo juro. Desde que volvió de la costa...
—¡Mentirosa! —me interrumpió, lanzando el dibujo al suelo—. El dibujo tiene una fecha de hace tres días, pero la mirada... esa forma en que él te dibuja... eso no nace en una noche. Él te ha estado observando, Elena. Y tú lo has dejado.
Me desplomé en el sofá, cubriéndome la cara con las manos. La vergüenza era una masa viscosa que se me pegaba a la piel. No había forma de explicarle la complejidad de lo que sentía por Julián. No podía explicarle que él era mi droga, mi castigo y mi salvación, todo al mismo tiempo. Para ella, era una traición simple y llana; para mí, era una arquitectura del desastre que no sabía cómo demoler.
Sofía empezó a caminar de un lado a otro del salón, como un animal enjaulado.
—Él se ha ido con Valeria —dijo ella, riendo con una ironía histérica—. Se ha ido tres días a la costa para planear su futuro. ¿Sabes lo que me dijo Valeria antes de irse? Que quería que tú fueras su dama de honor cuando se casaran. ¡Dama de honor, Elena! ¡Qué broma tan pesada es esta vida!
—Yo no quería que esto pasara, Sofía. Intenté frenarlo...
—¡No mientas! —se giró hacia mí, sus ojos inyectados en sangre—. Si hubieras querido frenarlo, me lo habrías dicho la primera vez que te tocó. Me habrías pedido ayuda. Pero te gustó. Te gustó el secreto, te gustó sentir que tenías algo que Valeria no tenía. Te gustó ser su "musa" sucia.
Me levanté, sintiendo que la rabia empezaba a brotar entre mi dolor. La palabra "sucia" me dolió más que cualquier otra cosa.
—No me juzgues así. No tienes ni idea de lo que es perderlo todo de la noche a la mañana. No tienes ni idea de lo que es despertarse cada día deseando no haberlo hecho. Julián fue el único que me dio una razón para seguir. Sí, está mal. Sí, es una traición. Pero no me llames sucia cuando lo único que he hecho ha sido intentar sobrevivir al vacío que dejaron mis padres.
—No metas a tus padres en esto —escupió Sofía—. Ellos estarían avergonzados de verte. Mi madre te trata como a una hija, Elena. ¡Como a una hija! ¿Cómo vas a mirarla mañana al desayuno sabiendo que te revuelcas con su primogénito?
La mención de Ana fue el golpe definitivo. Imaginé la cara de la señora Martínez si se enterara de la llave dorada, del hotel, de los bocetos. Imaginé su decepción, su dolor. El edificio de mentiras que Julián había construido era perfecto, pero Sofía acababa de encontrar la viga maestra y la estaba golpeando con un mazo de verdad.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, mi voz temblando.
—No lo sé —respondió Sofía, sentándose en el suelo, derrotada—. Me das asco, Elena. Pero él... él me da miedo. He visto cómo te mira. No es amor. Es posesión. Es como si fueras un proyecto que ha terminado de diseñar. ¿De verdad crees que le importas? ¿De verdad crees que dejaría su carrera, su prestigio y a Valeria por ti?
—Él dice que soy la estructura de su vida —susurré, recordando sus palabras en el Apartamento 4B.
Sofía soltó una carcajada amarga.
—Claro que lo dice. Es arquitecto, Elena. Sabe qué palabras usar para que te sientas indispensable. Pero las estructuras se cambian, se reforman o se tiran abajo cuando dejan de ser útiles. En cuanto te vuelvas un problema para sus negocios, te echará a los leones.
El teléfono de Sofía vibró sobre la mesa. Era un mensaje. Ella lo miró y su rostro palideció aún más.
—Es Julián —dijo, mostrándome la pantalla—. Dice que han llegado bien al hotel de la costa. Manda una foto de él y Valeria brindando en la terraza. Mira su cara, Elena. Míralo. ¿Ves algún rastro de culpa? ¿Ves algún rastro de ti en esa sonrisa?
Miré la foto. Julián aparecía impecable, con su brazo rodeando los hombros de Valeria. Se veía triunfador, estable, perfecto. Era el hombre que el mundo conocía. El hombre que yo conocía —el que me dibujaba desnuda y me poseía con urgencia— estaba enterrado bajo capas de cinismo y control.
—Él no va a cambiar, Elena —continuó Sofía—. Y yo no puedo vivir en esta casa fingiendo que no lo sé. Tienes dos opciones. O se lo dices tú a mis padres mañana mismo, o me voy yo de esta casa y no vuelvo a hablarte en la vida.
—Sofía, por favor... no me pidas eso. Si se lo digo, me echarán. No tengo a dónde ir.
—Tenías el Apartamento 4B, ¿no? —dijo ella, con una crueldad que nunca le había conocido—. Vete con él. Conviértete en su amante oficial a tiempo completo. Pero deja de manchar mi casa. Deja de manchar el recuerdo de tus padres aquí.
Sofía se levantó y salió del salón sin mirar atrás. Oí sus pasos subir la escalera y el portazo de su habitación. Me quedé sola en la penumbra, con el dibujo de mis labios tirado en la alfombra, como un resto de naufragio.
Me sentía más huérfana que el día del accidente. Julián no estaba. Sofía me odiaba. Ana y el señor Martínez eran bombas de tiempo a punto de estallar. La "Fantasía Real" se había convertido en un campo de cenizas.
Subí a mi habitación y cerré la puerta. Me senté frente al escritorio y saqué la llave dorada. La apreté tanto en mi puño que el metal se me clavó en la piel, pero no sentí dolor. Ya no sentía nada más que un vacío frío y absoluto.
Esa noche, mientras la lluvia volvía a golpear los cristales, comprendí que Julián no me había salvado del vacío. Simplemente me había llevado a uno más profundo, donde él era el único dueño de las sombras. Sofía tenía razón: yo no era su musa, era su proyecto. Y el proyecto acababa de ser descubierto.
Agarré mi teléfono. Tenía un mensaje de Julián de hace una hora que no había leído:
> "Pienso en ti. Cuenta los días para que vuelva. Recuerda que la llave es tuya."
>
Borré el mensaje. Miré la llave dorada sobre la mesa. La arquitectura del engaño se estaba cayendo a pedazos, y yo no sabía si quería correr para salvarme o quedarme bajo los escombros para desaparecer con él.
Mañana sería el día del juicio. Mañana, cuando Julián volviera con su novia perfecta, se encontraría con que la "hermanita" ya no tenía secretos que guardar. Y yo, por primera vez, tenía que decidir si quería ser la estructura de su vida o la mujer que, finalmente, le prendería fuego a todo su imperio de mentiras.