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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:879
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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XXII- plumas, plomo y polvo de estrellas

Luis, el mejor amigo de mi madre y el esposo de Dante, era la viva imagen de la sofisticación fuera de lugar. Estaba agachado con una elegancia que desafiaba las leyes de la física, vistiendo un traje de seda color crema que probablemente costaba lo mismo que un coche de alta gama. Con un cuenco de plata en una mano y una delicadeza absoluta, repartía granos de maíz orgánico como si estuviera ofreciendo canapés en una gala benéfica.

—¡Oh, por favor, Beatrice! —le gritaba Luis a una pata particularmente gorda que intentaba morderle la manga—. ¡Un poco de decoro, querida! No estamos en una granja de mala muerte, estamos en la mansión Veraldi. ¡Haz fila como una dama!

Al verme llegar, Luis no se inmutó. Se limitó a lanzarme una mirada de halcón por encima de sus gafas de lectura, analizándome con ese ojo clínico que tenía para detectar secretos, mentiras y ropa mal combinada.

—Vaya, vaya. Pero si es el hijo pródigo —dijo Luis, extendiendo una mano hacia atrás para que uno de los patos le picoteara los dedos con cariño—. Llegas tarde, Alessio. Tus "hijos" estaban a punto de declarar la independencia y formar su propio clan. Han estado muy estresados, ¿sabes? El trauma del abandono es algo muy serio.

—Tío Luis, están... gigantes —atiné a decir, mientras un pato de mirada psicópata me rodeaba los pies, evaluando si mis tobillos eran comestibles—. ¿Qué les has estado dando de comer? ¿Esteroides?

—¡Por favor! —Luis hizo un gesto de indignación con la mano, como si le hubiera ofendido profundamente—. Les doy una dieta equilibrada de granos seleccionados, música clásica y los chismes más jugosos de la alta sociedad. Son los patos mejor informados de toda Italia. Saben más de tus negocios en Dubái que tu propia hermana.

Luis se puso de pie con una agilidad envidiable y se sacudió una pluma invisible del hombro. Se acercó a mí, oliendo a un perfume de nicho que lograba camuflar milagrosamente el olor a corral.

—Hablando de Dubái... Bianca pasó por aquí hace un minuto echando chispas. Me dijo que te encontró "muy ocupado" con una pajarita persa —Luis soltó una risita maliciosa, dándome un golpecito en la mejilla—. Me encanta el humor negro de tu hermana, de verdad. Dice que la chica es mona, pero que tiene la profundidad intelectual de un plato de sopa. Clara, al menos, sabía distinguir un buen vino de un vinagre, aunque ahora se dedique a podar margaritas.

Uno de los patos soltó un "CUAK" tan fuerte que pareció una carcajada. Luis se giró hacia el animal y asintió.

—¿Ves? Hasta Napoleón está de acuerdo conmigo. Alessio, caro, traerte a esa mujer aquí es como llevar un gato de angora a una pelea de perros. Va a durar menos que un suspiro en una tormenta. Pero bueno, supongo que los Veraldi siempre han tenido una debilidad por las cosas brillantes y vacías cuando quieren olvidar las cosas oscuras y llenas de alma.

Se hizo un silencio, solo interrumpido por el sonido de catorce picos golpeando el suelo. Luis me miró fijamente, y por un segundo, su expresión de diva se suavizó para mostrar al estratega que manejaba los hilos de mi familia.

—Dante te espera, por cierto. Está en el garaje limpiando su arsenal y preguntándose si el mensaje que envió Bianca sobre los patitos hambrientos te haría salir de la cama. Funcionó. Siempre funciona recordarte lo que dejaste atrás, ¿verdad sobrino?

Me quedé mirando a Napoleón —el pato, no el emperador, aunque sospecho que este tenía más ínfulas— mientras Luis se limpiaba las manos con un pañuelo de hilo que probablemente valía más que el sueldo mensual de mis guardias. La mención de Clara flotaba en el aire del jardín como un gas venenoso: invisible, pero letal si te atrevías a respirarlo demasiado profundo.

—Dante tiene un sentido del humor muy retorcido si cree que voy a cruzar toda la propiedad solo para verlo acariciar sus rifles —mascullé, aunque ambos sabíamos que iba a ir.

—Oh, no seas modesto, Alessio. Te encanta el drama tanto como a tu madre —Luis soltó una carcajada cristalina y guardó el pañuelo en su bolsillo—. Además, tu "pajarita" de Dubái está ahora mismo arriba intentando entender cómo funciona un bidet italiano. Dale un respiro a la pobre criatura. Necesitas hablar con hombres que huelan a pólvora, no a Chanel No. 5.

Me di la vuelta y caminé hacia el ala oeste de la mansión, donde el garaje subterráneo servía de santuario para mi tío Dante. El sonido de los catorce patos graznando al unísono me siguió un buen trecho, como una procesión de condenados que exigían más maíz y menos drama familiar.

Al entrar en el garaje, el cambio de ambiente fue radical. Pasamos del perfume de nicho de Luis al olor crudo del aceite para armas, la gasolina y el metal frío. Dante estaba allí, sentado en una banqueta alta frente a una mesa de trabajo iluminada por una lámpara quirúrgica. Estaba desmontando un rifle de francotirador con la paciencia de un relojero y la frialdad de un enterrador.

—Cinco semanas, Alessio —dijo Dante sin levantar la vista, el sonido de las piezas metálicas encajando era rítmico, casi hipnótico—. Bianca dice que has traído equipaje extra. Una chica persa con ojos de pecado. Espero que sea mejor que el último recuerdo que trajiste de esa finca.

—Veo que las noticias vuelan más rápido que las balas en esta casa —respondí, apoyándome en un Mercedes blindado—. Luis dice que los patos me extrañaban. Yo creo que solo extrañan a quien los alimentaba con el dedo.

Dante finalmente levantó la vista. Su mirada era un contraste total con la de Luis: pura fuerza bruta contenida tras una máscara de calma absoluta.

—Los patos son como los enemigos, sobrino: si dejas de prestarles atención, crecen hasta que te pican las pelotas —Dante dejó el cañón del rifle sobre la mesa y me señaló con un destornillador—. Esa mujer que has traído... Bianca dice que no sabe ni dónde está parada. ¿Es una amante o un escudo? Porque si es un escudo, es uno muy frágil.

—Es una distracción, Dante. Nada más —dije, aunque la palabra me supo a ceniza.

—Las distracciones son para los que no tienen un imperio que dirigir —Dante se puso de pie, su imponente figura llenando el espacio—. Luis y yo hemos estado limpiando tu desorden mientras tú estabas en el desierto. Hay movimientos en el sur. Los Scalia están oliendo la sangre porque creen que el heredero Veraldi se ha ablandado con el calor de Dubái.

Se acercó a una de las pantallas de seguridad que mostraban los perímetros de la casa y señaló una carpeta roja sobre la mesa.

—Y hay algo más. Una florista pelirroja ha estado recibiendo visitas. Y no hablo de clientes buscando rosas. Tu "ratoncito" está bajo el radar de alguien que no somos nosotros, Alessio.

El aire en el garaje se volvió gélido de repente. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba hasta doler.

—¿Quién? —pregunté, y mi propia voz sonó como el cañón de un arma antes de disparar.

Dante intercambió una mirada con Luis, que acababa de entrar en el garaje con su elegancia habitual, sosteniendo dos copas de cristal con un líquido ambarino.

—Eso es lo que vas a descubrir ahora —dijo Luis, entregándome una copa—. Pero primero, lávate el olor de esa Soraya de encima. Vas a necesitar todos tus sentidos alerta si no quieres que el próximo "cuak" que escuches sea el de tu propia ejecución.

Tomé la carpeta roja de la mesa de trabajo de Dante. El gramaje del papel se sentía pesado, como si el contenido mismo tuviera una gravedad física. Luis me observaba mientras daba un sorbo a su copa, con esa expresión de quien sabe que está a punto de soltar una granada y disfruta viendo cómo se quita el seguro.

Abrí la carpeta y la primera foto me dejó sin aliento. Era una toma granulada, hecha desde un ángulo oculto frente a la florería L’Anima dei Fiori. Clara aparecía en el fondo, desenfocada, atendiendo sus plantas. Pero en el primer plano, entrando con una elegancia depredadora, estaba ella.

—Lilith "La Mantis" Moretti —mascullé, y el nombre me supo a hiel.

Luis soltó un suspiro dramático mientras acariciaba el borde de su copa.

—Ah, Lilith. Tan refinada, tan culta... y tan absolutamente desequilibrada —dijo Luis con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Siempre tuve debilidad por su gusto en zapatos, pero su costumbre de coleccionar las lenguas de sus víctimas es un poco... démodé, ¿no crees?

Lilith no era solo una criminal; era una psicópata que disfrutaba del proceso. Había sido mi amante años atrás, una relación nacida de la violencia y el aburrimiento, hasta que me di cuenta de que su obsesión por mí era un cáncer. Ella no aceptaba finales, solo aceptaba funerales. Sabía perfectamente que, si ella estaba visitando a Clara, no era para comprar un ramo de margaritas. Estaba marcando a su presa. Estaba oliendo el miedo de la mujer que yo, supuestamente, ya no amaba.

—Lleva yendo tres días seguidos —intervino Dante, limpiándose las manos con un trapo lleno de grasa—. Compra una flor diferente cada vez. Ayer le compró un lirio blanco. En el lenguaje de las flores, eso significa pureza... o un anuncio de muerte para un funeral inminente.

—Ella sabe quién es Clara —dije, sintiendo que la sangre me hervía—. Sabe lo que significó. Está jugando conmigo a través de ella.

—¡Bingo! —exclamó Luis, dando un pequeño aplauso—. Lilith nunca te perdonó que la dejaras por "el ratoncito". Para una mujer que se cree una diosa, ser reemplazada por una jardinera pelirroja es un insulto que solo se lava con sangre. Y mucha puesta en escena, ya sabes cómo es ella de dramática.

Miré de nuevo la foto. Lilith sonreía en la imagen, una sonrisa afilada que prometía pecados que harían palidecer a los de Soraya. Lilith era un tiburón blanco en una pecera de peces de colores. Si no intervenía, Clara no terminaría con el corazón roto; terminaría en una bolsa de plástico.

—¿Y qué vas a hacer, sobrino? —preguntó Dante, volviendo a armar su rifle con un clic metálico definitivo—. ¿Vas a dejar que tu pasado asesino se coma a tu pasado romántico mientras tu presente de Dubái se lima las uñas arriba?

Cerré la carpeta con un golpe seco. La furia que había intentado apagar con alcohol y sexo en el desierto se encendió de nuevo, pero esta vez era una llama fría, dirigida y letal.

—Prepara el coche, Dante —ordené, mirando a Luis—. Y tío... si Soraya pregunta, dile que he salido a matar a un fantasma.

Luis se limitó a levantar su copa en un brindis silencioso.

—Oh, Alessio, qué romántico. Pero ten cuidado: Lilith no usa armas, usa veneno y obsesión. Y esa florería es demasiado pequeña para dos mujeres que te odian y una que quiere cenarse tu hígado.

—Ja, Ja. Si tío Luis, al menos yo no ando jugando a ser una princesita en peligros—Dije sarcástico. Me molestaba tener que ser el que tiene que enfrentar a esa maldita zorra de porqueria. Pero... Pensándolo bien. Podría hacer que alguien valla a matar a la zorra de Lilith. Pero mis tíos me van a arrancar lo poco que me queda de pasiencia por semanas. Así que mejor descarto eso por ahora.

Salí del garaje con el portazo resonando como un trueno, dejando atrás la risita melodiosa de Luis y el silencio evaluador de Dante. Subí las escaleras de dos en dos, con la mandíbula tan apretada que sentía que mis dientes iban a estallar. Lilith. De todas las mujeres que pasaron por mi cama y por mi vida, ella era la única que no aceptaba un "no" por respuesta, a menos que el "no" fuera escrito con sangre.

Entré en mi suite y encontré a Soraya probándose un collar de esmeraldas frente al espejo, moviendo el cuello con esa vanidad felina que antes me excitaba y que ahora, comparada con el peligro inminente, me parecía un insulto a mi inteligencia.

—Alessio, look! These stones match the green of the Italian hills, —dijo ella, girándose con una sonrisa radiante.

(Traducción: ¡Alessio, mira! Estas piedras combinan con el verde de las colinas italianas).

—Take them off, Little Bird. We’re going out, —sentencié, yendo directo al armario para sacar una Glock 17 y esconderla en el ajuste de mi espalda—. And wear something... less shiny. We aren’t going to a gala. We’re going to a funeral, although the guest of honor doesn't know it yet.

(Traducción: Quítatelas, Pajarito. Vamos a salir. Y ponte algo... menos brillante. No vamos a una gala. Vamos a un funeral, aunque la invitada de honor aún no lo sabe).

(Horas después)

La noche de la ciudad era fría, húmeda y olía a gasolina y lluvia reciente. Estacioné el SUV blindado a media cuadra de L’Anima dei Fiori. Las luces de la florería estaban bajas, pero el cartel de neón seguía encendido, bañando la acera con un tono rosáceo y decadente.

Soraya estaba sentada a mi lado, inusualmente silenciosa. Creo que finalmente se había dado cuenta de que mi "paseo" no incluía helado ni fotos en la fuente. Mis ojos estaban fijos en un sedán negro aparcado justo enfrente de la tienda. El coche de Lilith. Reconocería esa elegancia depredadora en cualquier parte.

—Stay in the car. Don't move. Don't breathe unless I tell you to, —le ordené a Soraya mientras abría la puerta.

(Traducción: Quédate en el coche. No te muevas. No respires a menos que yo te lo diga).

Caminé hacia la entrada, sintiendo el peso del arma en mi espalda y el latido salvaje de mi corazón. Al empujar la puerta, la campanilla soltó ese tintineo que solía darme paz, pero que hoy sonaba como una alarma de incendio.

El aroma de las flores era asfixiante. En el centro del local, de espaldas a mí, estaba Lilith. Llevaba un vestido de seda negro que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel y sostenía una tijera de podar dorada en la mano. Frente a ella, pálida como un lirio y con los ojos muy abiertos, estaba Clara.

—¡Oh, pero si ha llegado el dueño del circo! —exclamó Lilith sin girarse, su voz era como miel mezclada con cristales rotos—. Estaba contándole a tu pequeña jardinera lo difícil que es mantener vivas las cosas... especialmente cuando se les corta la raíz.

Clara me miró. No había amor en sus ojos, solo un terror líquido y ese odio profundo que me había prometido en su última mirada.

—Vete, Alessio —susurró Clara, su voz temblando pero firme—. No traigas tu veneno aquí.

—Tarde, querida —rio Lilith, girándose finalmente para clavar sus ojos de psicópata en los míos—. El veneno ya está en la habitación. Y dime, Alessio... ¿has venido a salvar a tu "ratoncito" o a ver cómo le corto los pétalos uno por uno?

Me acerqué un paso, mi mano rozando la culata del arma. La tensión era un cable de alta tensión a punto de romperse.

—Suelta las tijeras, Lilith —dije, mi voz sonando como una sentencia de muerte—. O el siguiente ramo que compres será para decorar tu propia tumba.

La situación se volvió un maldito circo de pesadilla en menos de un segundo. Escuché el forcejeo afuera, el sonido de botas contra el pavimento y, antes de que pudiera desenfundar, la puerta de la florería se abrió de golpe, haciendo que la campanilla tintineara con un sonido histérico.

Uno de los hombres de Lilith entró arrastrando a Soraya. La tenía sujeta por el cabello, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás mientras la hoja de un cuchillo táctico presionaba su garganta. Soraya estaba pálida, sus ojos persas desorbitados por el terror, soltando pequeños hipidos que se cortaban por el frío del acero.

Lilith soltó una carcajada cristalina, un sonido que en cualquier otro contexto sería melodioso, pero que aquí sonaba a pura demencia. Dejó de apuntar a Clara con las tijeras doradas y se llevó una mano al pecho, fingiendo una emoción que no sentía.

—¡Oh, Alessio! ¡Pero qué descuidado! —exclamó Lilith, sus ojos brillando con una luz maníaca—. Dejas a tu nueva joya sin vigilancia en un barrio tan... peligroso. Qué dilema tan delicioso tienes entre manos, querido.

Miré a Clara, que estaba pegada al mostrador, temblando pero observando la escena con una mezcla de horror y asco. Luego miré a Soraya, que empezaba a llorar silenciosamente, el cuchillo hundiéndose apenas un milímetro en su piel color miel.

—Suéltala, Lilith —dije, mi voz saliendo desde lo más profundo de mis pulmones, cargada de una promesa de carnicería—. Esto es entre tú y yo. No metas a mis juguetes en tus juegos de mierda.

—¿Juguetes? —Lilith se acercó a Soraya, acariciándole la mejilla con la punta de sus tijeras mientras el guardia mantenía el cuchillo firme—. Vamos, Alessio, no seas modesto. Todos sabemos que tienes un problema de acumulación. Tienes a la "ex" que huele a tierra y margaritas, y a la "nueva" que huele a desierto y sumisión.

Lilith se giró hacia Clara, sonriéndole como si fueran mejores amigas compartiendo un secreto sucio.

—Dime, jardinera... ¿qué se siente saber que eres tan reemplazable? ¿O prefieres ver cómo le corto el cuello a esta pajarita para que Alessio tenga que buscarse un reemplazo nuevo mañana mismo?

—¡Basta! —gritó Clara, su voz rompiéndose—. ¡Déjala ir! Ella no tiene nada que ver con lo que me hiciste... con lo que nos hicieron.

Lilith se rió más fuerte, disfrutando del caos. Sabía perfectamente que me tenía contra las cuerdas. Si me movía hacia el guardia, Lilith mataría a Clara. Si intentaba dispararle a Lilith, el guardia degollaría a Soraya antes de que el cuerpo de su jefa tocara el suelo.

—Decisiones, decisiones... —ronroneó Lilith, lamiéndose los labios—. ¿A quién vas a salvar hoy, Alessio? ¿Al amor que odias o al capricho que usas para olvidar? El reloj corre, mi amor... y tengo muchas ganas de ver sangre sobre estos pétalos.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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