Aurora, una joven de campo marcada por el miedo, huye hacia Londres junto a su pequeño hermano Charles, escapando de un pasado oscuro y de un padrastro que amenaza con destruirlo todo. En medio de una ciudad desconocida y desafiante, su dulzura e inocencia se convierten en su única fortaleza.
Su vida cambia cuando conoce a Christian Potter, un hombre que ella cree un simple chofer, sin imaginar que en realidad es un poderoso y frío CEO multimillonario. Acostumbrado al éxito, pero atrapado en una vida de soledad y amargura, Christian encuentra en Aurora una luz inesperada.
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Capítulo 16
Aurora salió de la cafetería a la hora de siempre, con una sonrisa ilusionada. Miró hacia ambos lados de la calle, pero el coche negro de Christian no estaba. Esperó diez minutos… quince… veinte. Pasó una hora completa y él seguía sin aparecer.
La angustia empezó a crecerle en el pecho.
—Maggie… —dijo entrando de nuevo a la cafetería—. Si ves a Christian, ¿le puedes decir que me fui a casa? Estoy preocupada. Nunca llega tarde.
Maggie asintió, limpiando la barra.
—Claro, tranquila. Seguro le pasó algo en el trabajo. Ve a casa, yo le aviso si aparece.
Aurora caminó sola hasta el edificio, mirando el teléfono cada pocos minutos aunque sabía que no tenía forma de contactarlo. Subió las escaleras con el corazón pesado.
Christian miró el reloj de su oficina. Eran casi las once de la noche. Había tenido que suspender reuniones por la costilla, pero el trabajo acumulado era demasiado. Cuando por fin terminó, ya era muy tarde.
—Maldición… —murmuró, agarrando las llaves del coche nuevo que había pedido—. Aurora debe estar en casa ya.
Condujo lo más rápido que el dolor le permitió y llegó directamente al edificio. Subió hasta el quinto piso y tocó la puerta del 503.
Aurora abrió casi de inmediato. Al verlo, soltó un sollozo de alivio y se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza.
—¡Christian! ¡Estaba tan preocupada! Pensé que te había pasado algo malo… esperé una hora afuera de la cafetería y no llegabas. Creí que… no sé, que te habían vuelto a atacar o…
Christian la abrazó con cuidado por la costilla lastimada y le besó la coronilla.
—Perdóname, mi amor. Salí muy tarde del trabajo y estuve en el hospital por la mañana revisando la costilla. No quise preocuparte. Debí avisarte de alguna forma.
Aurora se separó un poco y lo miró a la cara, todavía con los ojos húmedos.
—¿Estás bien? ¿Te duele mucho?
—Estoy mejor. Solo necesitaba reposo, pero no podía dejar de venir a verte.
Entraron al apartamento. Christian traía dos cajas grandes: una de pizza caliente y otra con helado de vainilla y chocolate.
Charles, que estaba dibujando en la mesa, se levantó de un salto.
—¡Pizza! ¡Y helado! ¡Christian, eres el mejor!
Christian sonrió y revolvió el cabello del niño.
—Para ti, campeón. Come todo lo que quieras.
Se sentaron los tres alrededor de la mesa pequeña. Mientras comían, hablaron de todo: del día loco de Aurora en la cafetería, de cómo Charles había aprendido una nueva palabra en el libro que le prestó Peluche, de las anécdotas graciosas del barrio y de los sueños que Aurora tenía para el futuro.
Cuando terminaron de comer, Aurora se levantó.
—Vamos, Charlie. Hora de dormir.
Acompañó a su hermano a la habitación, lo ayudó a cepillarse los dientes y le puso la pijama. Charles se metió en su cama nueva y miró hacia la sala.
—Buenas noches, Christian. Gracias por la pizza.
—Buenas noches, Charlie. Descansa.
Aurora apagó la luz de la habitación de su hermano y regresó a la sala. Christian ya estaba de pie, listo para irse.
—Debería irme. Es tarde y tú también necesitas descansar.
Aurora se acercó a él y lo miró con esos ojos verdes grandes y suplicantes. Hizo un pequeño puchero que desarmó por completo a Christian.
—No quiero que te vayas… —dijo en voz baja y dulce—. Quédate un rato más. Por favor.
Christian se quedó mirándola, luchando contra sí mismo. Esa carita inocente y esa voz suave eran demasiado para él.
Se acercó lentamente, tomó su rostro entre las manos y rozó sus labios con los de ella.
—Con esa cara… —susurró contra su boca— no podría irme nunca, Aurora.
La besó suavemente al principio, luego con más profundidad. Aurora respondió rodeándole el cuello con los brazos, olvidándose por un momento de todo lo demás.
Cuando se separaron, Christian apoyó su frente contra la de ella.
—Eres peligrosa, ¿lo sabías? —murmuró sonriendo.
Aurora sonrió también, todavía abrazada a él.
—Quédate… aunque sea un rato más.
Christian suspiró, derrotado y feliz al mismo tiempo.
—Está bien. Me quedo.