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"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Villana / Completas
Popularitas:356
Nilai: 5
nombre de autor: glendis

En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."

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capitulo 3

La noticia de la muerte del Barón Valeska se propagó por la capital del Sur como un incendio en un campo de trigo seco. En los salones de té, entre el tintineo de las cucharillas de plata y el aroma a jazmín, las damas de la corte susurraban sobre "la maldición de los Valeska". Decían que el Barón había muerto con los ojos tan abiertos que parecían querer salirse de sus cuencas, y que su piel se había tornado del color de la ceniza fría.

Yo las escuchaba mientras fingía bordar un pañuelo de seda en mi solárium. Mi aguja subía y bajaba con una precisión rítmica, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, en la Villa de las Hortensias, la fortaleza privada del Marqués de Altamira.

Él no era un necio. Sabía que la muerte de su aliado no era una coincidencia. Había blindado su mansión con mercenarios extranjeros y, según mis informantes, dormía con un círculo de sal bendita alrededor de su cama. Pobre tonto. Como si la sal pudiera detener a una sombra que nace del propio corazón.

Esa noche, el cielo se tiñó de un violeta profundo, casi negro. Me despojé de mis ropas de seda y me puse un atuendo de cuero flexible, tan oscuro que absorbía la poca luz de las velas. No necesitaba carruaje. Dejé que mis sombras me envolvieran, permitiéndome fundirme con la penumbra de los callejones.

Llegué a la villa de Altamira y me deslicé por los muros de piedra como una mancha de aceite. Pero, justo cuando me disponía a subir hacia el balcón principal, un escalofrío helado recorrió mi columna vertebral. No era el frío del invierno, era una presencia.

Abajo, en el patio de armas, una figura se movía entre las patrullas de guardia con una invisibilidad que no era mágica, sino fruto de una maestría letal. Era él. Valerius.

Mi respiración se detuvo. Verlo de nuevo, tan cerca que podía distinguir el brillo del acero en su cinturón, hizo que mi obsesión rugiera. No se había marchado a su reino oscuro; estaba cazando. El Emperador estaba rastreando a quien le había arrebatado su venganza contra Valeska. Se detuvo un momento bajo un farol de aceite, y su rostro, tallado en ángulos duros y sombras perpetuas, se elevó hacia el cielo. Por un segundo eterno, sentí que sus ojos de obsidiana perforaban el rincón oscuro donde yo me ocultaba.

Apreté los puños, obligando a mis sombras a quedarse quietas. Aún no, mi rey. Primero debo limpiar tu camino de las ratas que te mordieron los talones.

Me filtré en el estudio del Marqués a través de una rendija en el ventanal superior. El aire dentro de la habitación estaba cargado con el olor rancio del miedo y el humo de los documentos que Altamira quemaba desesperadamente en la chimenea.

—¡Trae más leña! —gritó el Marqués a la nada, con la voz quebrada—. ¡No dejes que las sombras se acerquen!

—Es demasiado tarde para la luz, Marqués —susurré desde el rincón más oscuro de la estancia.

El hombre dio un grito ahogado y tropezó con su propia alfombra, cayendo de rodillas. Cuando me vio emerger de la oscuridad, con mi máscara de encaje negro cubriendo mis ojos y mi sombra expandiéndose por las paredes como las alas de un cuervo gigante, su rostro se desfiguró por el pavor.

—¿Elena de Vallemont? ¡No es posible! Tú eres solo una niña... una huérfana...

—Soy la sombra que no viste venir —dije, avanzando con pasos lentos y felinos—. Soy la devoción que no entiendes. Tú intentaste matar a lo único que le da sentido a mi existencia.

Escuché pasos pesados subiendo las escaleras. Valerius estaba cerca. Sabía que él entraría en esta habitación en cuestión de minutos. Con una rapidez febril, clavé el sobre del Duque sobre la mesa usando un pequeño estilete de obsidiana que pertenecía a mi colección secreta.

Salté hacia la cornisa justo cuando la puerta estallaba bajo la fuerza de una patada. Desde la oscuridad del exterior, lo observé entrar.

Valerius no miró el cadáver del Marqués con sorpresa. Se acercó a la mesa, tomó el estilete y examinó el sello del Duque. Suspiró, un sonido que era mitad gruñido, mitad risa.

—Así que el Duque es el siguiente —dijo Valerius en voz alta, sabiendo perfectamente que alguien lo escuchaba desde la noche—.

 Me estás ahorrando mucho trabajo, mi sombra protectora. Pero recuerda: en mi reino, nadie caza gratis. Te encontraré, y entonces veremos si eres una aliada o simplemente una obsesión más peligrosa que mis enemigos.

Me alejé hacia la seguridad de mi mansión, con su voz resonando en mi cabeza. Él me estaba buscando. Él sabía que yo existía. El juego de sombras se estaba volviendo real, y la próxima parada era la fortaleza del hombre más poderoso del Sur: el Duque de Hierro.

Extendí mi mano y las sombras de la habitación cobraron vida. Se deslizaron por las piernas del Marqués, subiendo por su torso como serpientes hambrientas. Él intentó forcejear, pero cuanto más luchaba, más se apretaban los lazos de oscuridad.

—¡Espera! ¡Fue el Duque! —chillo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas—. El Duque de Hierro tiene los contratos... él prometió las minas... ¡Yo solo puse los caballos!

—Tus caballos llevaron a los asesinos. Tus manos firmaron la sentencia. Ahora, tu silencio será eterno.

Hice que las sombras invadieran sus sentidos. Le mostré el vacío, el frío absoluto del Reino Oscuro que tanto temía, hasta que su mente se quebró bajo el peso del horror. Lo dejé allí, sentado frente a su escritorio, con la pluma aún en la mano y el corazón detenido por el terror puro.

Antes de irme, tomé un sobre que no había llegado a las llamas. Tenía el sello de cera roja del Duque de Hierro. Era la pieza final.

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