Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 4: El Paquete y el Intruso.
La primera noche en el apartamento 12-B no fue un refugio; fue una vigilia de terror. Haru no durmió. Se quedó sentado en el suelo, con la espalda contra la puerta de entrada, convencido de que en cualquier momento la cerradura cedería y Ren aparecería con su cinturón y su aliento a whisky para reclamar su "propiedad". Cada crujido del edificio, cada susurro del viento contra el cristal, hacía que Haru se encogiera, abrazando sus rodillas hasta que sus uñas se clavaban en su propia piel.
Al amanecer, el hambre empezó a doler más que sus costillas. Se levantó con movimientos torpes, su cuerpo rígido y adolorido. Al mirarse al espejo del baño, vio las sombras púrpuras bajo sus ojos. Recordó el paquete. Eran sus tubos de óleo, los únicos que había logrado rescatar de la limpieza de la mansión Ichijō. Sin ellos, no tenía nada. Ni voz, ni escape, ni identidad.
Pero el paquete estaba en manos de él. El alfa del 12-A.
Haru pasó media hora frente a la puerta, con la mano suspendida sobre el pomo. Sudaba frío. "Solo ve, pídelo y corre", se repetía. "No te mirará, no te tocará, los alfas como él no pierden el tiempo con omegas rotos".
Finalmente, abrió la puerta. El pasillo estaba en silencio, bañado por una luz cenicienta. Caminó hacia el 12-A y llamó a la puerta con un golpe tan suave que apenas fue un roce. Esperó, rogando que no hubiera nadie.
La puerta se abrió de golpe.
Kaito Kuroda apareció frente a él. Llevaba una camisa blanca de seda con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos poderosos adornados con un reloj que costaba más que todo el edificio. Su aroma, esa mezcla de madera ahumada y tormenta, golpeó a Haru como una bofetada sensorial.
Haru retrocedió tres pasos, bajando la vista al suelo de inmediato.
—Mi... mi paquete —susurró, con la voz quebrada—. El conserje dijo que lo entregaron aquí por error. Lo siento... siento molestarlo tan temprano. Si quiere, puedo volver luego... o puede dejarlo en el pasillo... yo...
Kaito lo observó en silencio. Notó que Haru llevaba una sudadera tres tallas más grande, probablemente para ocultar su cuerpo, y cómo sus dedos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de la manga. El alfa suspiró, un sonido que para Haru sonó como un gruñido de advertencia.
—Pasa —dijo Kaito, dándose la vuelta y dejando la puerta abierta.
—No... no hace falta, yo espero aquí —balbuceó Haru, el pánico subiendo por su garganta como bilis. Entrar al territorio de un alfa desconocido era un suicidio en su mente.
Kaito se detuvo y giró la cabeza, su mirada ámbar clavándose en el omega.
—No muerdo, Mizushima. El paquete pesa y está sobre la mesa del comedor. No voy a dejar algo frágil en el suelo del pasillo para que alguien lo pise. Entra, tómalo y vete. No tengo tiempo para juegos.
El tono de Kaito era gélido y autoritario, el tipo de voz que no aceptaba un "no" por respuesta. Haru, condicionado por años de obediencia forzada bajo amenaza de golpes, cruzó el umbral con las piernas temblando.
El apartamento de Kaito era el espejo de su dueño: minimalista, lujoso y frío. No había fotos familiares, ni alfombras suaves, solo mármol, cuero y tecnología de punta. Haru se sintió como un insecto en una caja de cristal. Vio su paquete sobre la mesa y caminó hacia él casi corriendo.
Al tomar la caja, sus dedos rozaron la superficie fría del mármol. El peso lo desequilibró un poco, haciendo que soltara un pequeño quejido de dolor cuando sus costillas lastimadas protestaron.
—¿Estás herido? —la pregunta de Kaito fue directa, sin rodeos. Estaba apoyado contra el marco de la cocina, cruzado de brazos, observando cada movimiento de Haru con una intensidad inquietante.
—¡No! ¡Estoy bien! —gritó Haru, demasiado rápido, demasiado alto. El miedo lo hacía sonar agresivo—. Solo... es el peso. Gracias por el paquete. Me voy.
—Mientes —dijo Kaito, dando un paso hacia él.
Haru se pegó a la mesa, usando la caja como escudo. Sus ojos estaban desorbitados, las lágrimas de puro terror empezaban a nublar su vista.
—¡No se acerque! ¡Por favor! ¡No me haga nada! —Haru empezó a hiperventilar. En su mente, Kaito ya no era el vecino, era Ren. Era el cinturón. Era el desprecio—. ¡Le juro que no diré nada! ¡Me iré y no volverá a verme! ¡Por favor, no me pegue!
Kaito se congeló. La palabra "pegue" resonó en el lujoso apartamento como un disparo. Había visto mucha violencia en su vida; él mismo era un hombre que ordenaba ejecuciones y manejaba armas, pero ver a un ser tan pequeño y frágil colapsar de terror ante su simple presencia le provocó una punzada de algo que no sabía identificar. No era lástima, era una indignación profunda.
—Escúchame bien —la voz de Kaito bajó una octava, volviéndose peligrosamente suave—. No sé quién te hizo creer que todos los alfas somos animales, pero en mi casa, nadie levanta la mano contra alguien que no puede defenderse. Es una cuestión de honor, no de cortesía.
Haru no escuchaba. Estaba en medio de un ataque de pánico, abrazado a su caja de pinturas, sollozando en silencio con la cabeza gacha.
Kaito, frustrado y extrañamente afectado, caminó hacia la entrada y abrió la puerta de par en par.
—Vete a tu casa, Mizushima. Tu paquete está a salvo. Nadie te va a seguir.
Haru no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió disparado del apartamento 12-A, tropezando en el pasillo, y se encerró en su vivienda. Se tiró al suelo detrás de la puerta, abrazando los tubos de óleo como si fueran lo único real en un mundo de monstruos.
Kaito, por su parte, se quedó mirando el espacio vacío donde había estado el omega. El olor a miedo residual de Haru era tan fuerte que le amargaba el paladar. Sacó su teléfono y marcó un número privado.
—Yuki —dijo cuando su hermano respondió—. Quiero un informe completo sobre el anterior propietario del apartamento 12-B y quién vivía con él. Quiero nombres, historial médico y registros policiales. Y lo quiero para esta tarde.
Kaito Kuroda no sabía por qué le importaba, pero algo en los ojos rotos de Haru Mizushima le había recordado que, a veces, las guerras más crueles no se libran en los puertos de carga, sino detrás de las puertas de las mansiones más elegantes.