Cicatrices que arden
Fueron inseparables… hasta que el mundo los rompió.
Ahora, entre peleas y destino, sus caminos vuelven a cruzarse.
Porque hay amores que no se olvidan…
aunque duelan como una herida abierta.
Un vínculo imposible de romper.
Un amor que nunca dejó de arder.
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Capítulo 18: Lo que sentías… era verdad
El día había comenzado como cualquier otro, con esa rutina tranquila que parecía repetirse sin cambios en el pequeño pueblo, como si el mundo ahí se moviera a otro ritmo, uno más lento, más soportable… pero para Kakucho, algo no estaba en su lugar.
No era el trabajo.
No era la tienda.
No era la gente.
Era él.
Desde que se había levantado, había sentido esa incomodidad persistente en el pecho, una sensación extraña que no lograba explicar con palabras, como si algo estuviera mal y su cuerpo lo supiera antes que su mente, como si una parte de él estuviera intentando advertirle algo que no quería entender.
Movía cajas.
Ordenaba estantes.
Atendía clientes.
Pero en cada pausa…
en cada segundo de silencio…
esa sensación volvía.
Más fuerte.
Se detuvo en medio del local, apoyando una mano sobre una caja sin terminar de levantarla, mientras su respiración se volvía un poco más pesada de lo normal.
—…¿qué es esto…? —murmuró, frunciendo apenas el ceño.
No era dolor.
No era miedo.
Era algo peor.
Era presentimiento.
—Oye —dijo Chifuyu Matsuno desde atrás, observándolo con atención—, te quedaste quieto otra vez… y eso no es muy normal en ti.
Kakucho no respondió enseguida, porque estaba demasiado concentrado en esa sensación que no se iba, en ese vacío que empezaba a sentirse más real.
—Vamos a volver —dijo finalmente, sin rodeos, levantando la mirada con una decisión que sorprendió incluso a él mismo.
Chifuyu parpadeó.
—¿Volver? ¿A la ciudad… ahora?
—Sí —respondió Kakucho, sin dudar—, algo no está bien… y no pienso ignorarlo.
El tono de su voz no dejaba espacio para discusión, y Chifuyu lo entendió de inmediato, porque sabía reconocer cuándo algo era serio.
—Está bien… vamos —respondió, sin hacer más preguntas.
El viaje fue largo.
Pero lo que más pesaba…
no era la distancia.
Era el silencio.
Kakucho no habló en todo el camino, manteniendo la mirada fija al frente mientras su mente repetía una y otra vez esa sensación, ese vacío, esa idea que no lograba formar pero que cada vez se hacía más clara.
Y cuando finalmente llegaron…
lo sintió.
Antes de entrar.
Antes de ver.
Antes de saber.
El hospital se alzaba frente a ellos, frío, blanco, ajeno a todo, pero al mismo tiempo cargado de algo que hacía que el pecho se apretara sin razón aparente.
—…esto no me gusta… —murmuró Kakucho, casi en un susurro.
Entraron.
El olor a desinfectante, el sonido lejano de pasos, las voces bajas, todo creaba una atmósfera que no dejaba dudas de que ese lugar no era para buenas noticias.
Y entonces…
los vio.
Takemichi Hanagaki estaba sentado, con la pierna enyesada, el rostro pálido y la mirada perdida, como si todavía no hubiera terminado de procesar lo que había pasado.
Cerca de él, Manjiro Sano y Ken Ryuguji permanecían en silencio, con expresiones serias que no prometían nada bueno.
El corazón de Kakucho se detuvo un segundo.
—¿Qué pasó…? —preguntó, aunque en el fondo ya no quería saber.
Nadie respondió de inmediato.
Y ese silencio…
fue peor que cualquier palabra.
—¿Qué pasó? —repitió, esta vez con más fuerza, con más urgencia.
Takemichi bajó la mirada, apretando las manos.
—Izana…
Ese nombre fue suficiente.
—…está internado.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Qué…?
—Está en coma.
Todo se rompió.
Kakucho se quedó completamente inmóvil, como si su cuerpo hubiera dejado de responder, como si su mente no pudiera procesar lo que acababa de escuchar, como si esas palabras no tuvieran sentido.
—…no…
Pero sí lo tenían.
Y eso lo destruyó.
Su respiración se volvió irregular.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Quién hizo esto? —preguntó, con una voz que ya no era estable.
Nadie respondió.
Porque nadie sabía.
Y eso solo lo hizo peor.
Sin pensar…
sin medir…
sin controlar…
Kakucho se lanzó hacia Manjiro Sano.
—¡VOS!
Lo agarró del cuello con fuerza, empujándolo hacia atrás, con los ojos llenos de rabia, de dolor, de algo que ya no podía contener.
—¡TENÍAS QUE ESTAR CON ÉL!
Draken reaccionó rápido.
—¡KAKUCHO, BASTA!
Pero Kakucho no soltaba.
—¡¿DÓNDE ESTABAS?!
Mikey no respondió.
Solo lo miró.
Y ese silencio…
lo enfureció más.
—¡DECÍ ALGO!
—Basta —intervino Ken Ryuguji, con una voz firme—. Vos lo dejaste.
El mundo se detuvo.
Las manos de Kakucho temblaron.
—No empieces una pelea —continuó Draken— si sabes que la vas a perder… porque no se trata de fuerza… se trata de verdad.
Eso…
lo rompió.
Sus manos se aflojaron.
Y su cuerpo…
cedió.
Cayó de rodillas.
Luego al suelo.
—…yo…
Su voz se quebró completamente.
—…yo me fui…
Las lágrimas empezaron a caer sin control, sin orgullo, sin intento de detenerlas.
—…lo dejé…
Se cubrió el rostro con las manos, temblando, respirando de forma irregular, sintiendo cómo cada palabra que había dicho en el pasado volvía ahora como un golpe imposible de esquivar.
—…idiota…
Chifuyu se acercó despacio, sin invadir, sin decir demasiado.
—Kakucho…
Pero no hacía falta decir más.
Porque no había palabras que arreglaran eso.
Después de unos minutos, cuando el silencio volvió a instalarse, Chifuyu habló con suavidad.
—Ven… tienes que verlo.
Kakucho no respondió de inmediato.
—Aunque esté en coma… puede escucharte.
Eso…
fue suficiente.
Se levantó.
Con dificultad.
Y entró.
La habitación era blanca.
Fría.
El sonido de la máquina era constante.
BIP… BIP… BIP…
Izana estaba ahí.
Inmóvil.
Silencioso.
Lejos.
Kakucho se acercó lentamente, como si cada paso pesara más que el anterior, como si acercarse significara aceptar algo que no quería.
—…Izana…
Su voz fue baja.
Temblorosa.
—…soy yo…
Silencio.
—…idiota…
Sus manos temblaban.
—…no tenías que… terminar así…
Nada.
—…te dije que no…
Su voz se quebró otra vez.
—…pero no quería esto…
El sonido de la máquina siguió.
Igual.
Indiferente.
—…despertate…
Silencio.
—…por favor…
Pero no pasó nada.
Nada cambió.
Nada respondió.
Kakucho salió.
Sin mirar atrás.
Se apoyó contra la pared.
Se dejó caer lentamente hasta quedar sentado en el suelo.
Se cubrió el rostro.
Y en un susurro roto…
dijo lo único que ya no podía negar.
—…qué idiota fui…
Porque ahora…
era demasiado tarde.
💕💕💕💕..... 💕💕💕💕..... 💕💕💕💕.....
A veces no es el golpe…
no es la pelea…
no es el enemigo…
Es ese momento en el que todo se detiene…
y entiendes que lo que hiciste… ya no tiene vuelta atrás.
Kakucho volvió…
no para discutir…
no para pelear…
sino para enfrentarse a una realidad que nunca quiso ver.
Izana está ahí… en silencio…
sin responder… sin mirarlo…
y eso duele más que cualquier herida.
Porque no hay gritos…
no hay reproches…
solo un vacío que pesa… y no se puede llenar.
Y entonces lo entiende… demasiado tarde…
que lo que sentía nunca se había ido…
que alejarse no era la solución…
y que algunas decisiones… dejan marcas que no se borran.
Porque hay palabras que duelen…
pero hay silencios… que destruyen por completo.
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con cariño Luna Auol 🌸