Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 11
Lucero permanecía en la villa mientras Marcel atendía el asunto con el duque, el lugar seguía en movimiento, las telas extendidas, las mesas ocupadas, las voces de los trabajadores llenaban el espacio con una energía que ya no le resultaba ajena; caminaba entre ellos con naturalidad, deteniéndose cuando alguien le mostraba un avance, señalando con precisión lo que debía corregirse, inclinando apenas la cabeza cuando algo estaba bien, y esa forma de comunicarse ya era entendida sin dificultad.
Uno de los jóvenes que trabajaba en el corte levantó una prenda a medio terminar.
—¿Así lo dejo? —preguntó, mirándola con atención.
Lucero se acercó, revisó la costura con los dedos, luego negó suavemente, señaló una parte específica y trazó en el aire el ajuste que debía hacerse.
—Ah, entiendo —respondió el joven—, aquí debo cerrarlo mejor.
Ella asintió.
Otra mujer se acercó con una tela más fina.
—¿Este borde está demasiado rígido?
Lucero la tocó, evaluó la caída, luego movió la mano en un gesto leve indicando suavizarlo.
—Lo arreglaré —dijo la mujer—, gracias.
Lucero continuó avanzando, su presencia no era distante, los trabajadores hablaban con ella como si fuera parte del equipo, sin miedo, sin incomodidad, y aunque ella no respondía con palabras, su forma de interactuar generaba cercanía.
Se detuvo junto a una mesa más grande, tomó una tela nueva, la extendió con cuidado, sus manos se movían con precisión, marcando líneas, midiendo sin necesidad de herramientas complejas; estaba concentrada, completamente dentro de ese trabajo.
—Cada vez entiendes más rápido —comentó uno de los encargados, observándola—, el señor Marcel tiene buen ojo. Y buena orientación.
Lucero levantó la mirada hacia él, luego volvió a la tela, como restando importancia.
—No, en serio —insistió—, no es fácil seguir su ritmo. Los has hecho rápido.
Ella hizo un gesto leve con la mano, como indicando que solo hacía lo necesario, sin verse grosera.
El ambiente era tranquilo, fluido, hasta que la puerta principal se abrió con más fuerza de la habitual.
Los trabajadores levantaron la vista apenas un segundo antes de continuar, pero Lucero sí se giró.
Ismérie entró sin anunciarse, su presencia no pasó desapercibida, su mirada recorrió el lugar con desdén antes de fijarse en Lucero.
—Así que aquí estás —dijo, avanzando con pasos firmes.
Lucero no respondió, pero dejó la tela sobre la mesa, observándola con atención.
—Trabajando —continuó la mujer—, curioso.
Lucero sostuvo su mirada.
—Nunca imaginé verte en un lugar como este —añadió—, rodeada de gente que sí hace algo útil.
Algunos trabajadores intercambiaron miradas, pero nadie intervino.
Lucero se mantuvo en su lugar.
Ismérie se acercó más, evaluándola de arriba abajo.
—No dices nada —comentó—, ¿siempre eres así?
Lucero no apartó la mirada.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza, como si acabara de entender algo.
—Claro… —murmuró—, eres muda.
El silencio que siguió fue más pesado.
—Ahora tiene sentido —añadió con una sonrisa que no ocultaba la intención—, por eso te escogió.
Lucero tensó apenas los dedos.
—Calladita —continuó Ismérie—, no contradices, no opinas, no incomodas… conveniente para Marcel. Así no puedes decir lo malo que es como marido.
Lucero la miró fijamente, su respiración se mantuvo controlada, pero había tensión en su postura. Lucero dio un paso hacia ella.
Ismérie no retrocedió.
—¿Te molesta? —preguntó—, deberías acostumbrarte, ya que habrán muchas cosas más que te incomodara. Porque Marcel no te va a complacer de ninguna forma.
Lucero levantó la mano apenas, como si fuera a responder con un golpe, pero se detuvo; cerró los dedos, bajó la mano, su respiración cambió un segundo, luego giró el cuerpo con decisión.
Se apartó.
Ismérie soltó una risa breve.
—Eso pensé.
Lucero caminó hacia la salida del salón, sin apresurarse, pero sin detenerse; al pasar junto a la mujer, su hombro chocó contra el de ella con más fuerza de lo necesario.
Ismérie se giró de inmediato.
—¿Qué fue eso?
Lucero no respondió, siguió caminando.
—No te vayas cuando te hablo —insistió la mujer, siguiéndola.
El pasillo estaba más vacío, los sonidos del taller quedaban atrás.
Lucero no se detuvo.
—¿Crees que puedes ignorarme? —continuó Ismérie, acelerando el paso.
Lucero llegó a la escalera, apoyó una mano en el barandal, dispuesta a bajar.
En ese momento, la mano de Ismérie se cerró sobre su brazo, deteniéndola con fuerza.
Lucero se tensó, girándose de inmediato.
—Aquí no tienes a nadie que te mire —dijo la mujer, su voz más baja, más dura—, puedes dejar de fingir.
Lucero intentó soltarse, pero la fuerza de la mujer era mayor.
—¿Sabes lo que hiciste? —continuó—, me quitaste lo que era mío.
Lucero negó con la cabeza, su mirada firme.
—Sí —insistió Ismérie—, por tu culpa no tengo todo.
Lucero volvió a intentar soltarse, empujando con el brazo libre.
—No te muevas —ordenó la mujer, apretando más.
Lucero frunció el ceño, su respiración se volvió más rápida, sus manos buscaron liberarse.
—Esto es por lo que me hiciste —añadió Ismérie, y con un movimiento brusco la empujó hacia atrás.
El cuerpo de Lucero perdió el equilibrio, pero en ese mismo instante reaccionó, sus manos se aferraron a la ropa de la mujer, sujetándola con fuerza.
Ismérie no esperaba ese movimiento.
Ambas cayeron.
El primer golpe contra los escalones fue seco, el cuerpo de Ismérie absorbió la mayor parte del impacto, Lucero se mantuvo aferrada, sin soltarse, rodaron juntas por varios escalones, el peso de la mujer hacía el descenso más descontrolado.
Lucero cerró los ojos un instante, manteniendo el agarre, su cuerpo pegado al de la otra, evitando quedar debajo.
El golpe final fue más fuerte.
El silencio que siguió fue breve.
Lucero abrió los ojos, su respiración agitada, soltó poco a poco la tela que aún tenía entre sus manos, se incorporó con cuidado, revisando su cuerpo, sus brazos, sus piernas; no había daño evidente.
Giró la mirada hacia Ismérie.
La mujer estaba en el suelo, su rostro contraído, intentando moverse.
—Ah… —soltó con dificultad.
Lucero la observó unos segundos, su expresión tensa, luego se puso de pie por completo.
Ismérie intentó levantarse, pero no lo logró de inmediato.
—Esto… —murmuró—, esto es tu culpa. Mi hermano hará algo por empujarme.
Lucero no respondió, pero su mirada no mostraba miedo.
Se escucharon pasos apresurados desde el pasillo.
—¿Qué pasó? —preguntó uno de los trabajadores al llegar.
Su mirada pasó de una a otra, evaluando la escena.
Lucero no se movió.
Ismérie apretó los dientes.
—Ella... —dijo con dificultad—, me empujó.
Lucero sostuvo la mirada del hombre, negando con firmeza.
El trabajador dudó.
—Llamen a alguien —añadió otro, acercándose.
Lucero dio un paso atrás, apartándose del centro.
Su respiración se fue estabilizando poco a poco, pero sus manos seguían temblando.
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Disculpen la demora. Hay maratón de 10 capitulos. Que lo disfruten.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰