VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.
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la pareja del poder
Maximiliano:
Mi dedo estaba acariciando el gatillo antes de que ella terminara de cerrar el puño. En cuanto gritó mi nombre, la noche dejó de ser silenciosa para convertirse en un puto concierto de plomo y gritos.
—¡Con gusto, jefa! —rugí, pateando la puerta del Mercedes.
No usé la Beretta. Para esta clase de escoria se necesita algo que haga ruido, algo que les recuerde que han entrado en el territorio de los Veraldi y los Correa. Saqué un subfusil MP5 del asiento trasero y empecé a escupir fuego.
Lo que vi a través de la mira me puso la polla dura: María ni siquiera se agachó. Se quedó ahí, de pie, en medio del círculo de la muerte, mientras las cabezas de los Soles empezaban a estallar como sandías maduras bajo el fuego de nuestros francotiradores. Era una puta estatua de marfil bañada en el rojo más puro que he visto en mi vida. El líder de los Soles, el imbécil de la cicatriz, ni siquiera tuvo tiempo de procesar que su mandíbula acababa de desaparecer por un impacto de calibre 50.
Me bajé del coche barriendo la zona, rematando a los que caían al suelo retorciéndose como gusanos. El sonido de los disparos era ensordecedor, pero yo solo escuchaba la risa de María. No era una risa normal; era un sonido roto, maníaco, el sonido de alguien que finalmente ha encontrado su verdadero lugar en el mundo.
Me acerqué a ella caminando sobre los cadáveres que todavía humeaban. María estaba ahí, con la cara salpicada de gotas de sangre caliente, mirando el cuerpo del líder que se sacudía en sus últimos espasmos.
Ella se agachó, agarró el cuchillo táctico que el tipo llevaba en el cinturón y, con una parsimonia que me dio escalofríos, le grabó una "C" profunda en la frente.
—Te dije que la luz iba a ser perfecta, pedazo de mierda —le susurró al cadáver.
Me detuve frente a ella y bajé el arma. El muelle 4 era un cementerio de metal y carne. Mis hombres bajaron de las grúas, rodeándonos, pero nadie se atrevía a decir una puta palabra. Todos la miraban a ella. Ya no veían a la "hijastra de Marcos" o a la "fotógrafa". Veían a la mujer que acababa de masacrar a un pelotón de los Soles sin despeinarse el flequillo.
—Estás loca, Luiza —le dije, agarrándola del mentón para obligarla a mirarme. Sus ojos seguían en otro planeta, brillando con una euforia asesina que me estaba volviendo loco de deseo.
—No, Max —respondió ella, lamiéndose una gota de sangre que le había caído en el labio superior—. Estoy despierta. Por fin estoy despierta.
Me rodeó el cuello con sus manos ensangrentadas y me besó con una violencia que casi me hace perder el equilibrio. En ese momento, bajo la lluvia y rodeados de muertos, supe que habíamos creado algo imparable.
—Recojan esta basura —ordené a mis hombres, sin dejar de mirar a María—. Y manden lo que quede del líder en un camión de basura directo a la sede de los Soles. Pónganle una nota: "La jefa dice que la cocina estaba cerrada, así que les preparó esto".
María soltó una carcajada psicópata y me arrastró hacia el coche. La noche apenas estaba empezando, y yo sabía que esa sed de sangre solo se iba a calmar de una forma cuando llegáramos a casa.
(Al dia siguiente)
Maria:
El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación principal, pero el aire todavía se sentía denso, cargado con el olor a sexo, sudor y el rastro metálico de la sangre que no nos habíamos terminado de lavar del todo antes de desplomarnos en la cama.
Me desperté lentamente, sintiendo el calor del cuerpo de Maximiliano pegado a mi espalda. Su brazo, pesado y posesivo, cruzaba mi cintura desnuda, manteniéndome anclada a las sábanas de seda negra. Tenía la piel ardiendo y los músculos adoloridos por la intensidad de la noche; Max me había tomado con una desesperación salvaje, como si quisiera arrancarme la oscuridad que había visto en el muelle, o tal vez, como si quisiera fundirse con ella.
Estaba a punto de volverme a dormir cuando tres golpes secos y nerviosos en la puerta me sacaron del trance.
—Señora... María Luiza... perdone la interrupción —la voz de la criada temblaba.
Max gruñó contra mi nuca, apretándome más fuerte, sin querer soltar su trofeo.
—Lárgate... —masculló él con la voz ronca de sueño.
—Es urgente, señor. Tienen que ver esto. Está en todos los canales.
Me incorporé, apartando las sábanas y dejando que el aire frío golpeara mi piel. Me puse una bata de seda transparente, sin importarme que Max me mirara con esos ojos de lobo hambriento desde la almohada. Abrí la puerta y la criada, que ni siquiera se atrevía a mirarme a los ojos, me tendió una tableta electrónica. Sus manos vibraban como si estuviera sosteniendo una granada.
—Gracias. Vete —sentencié.
Cerré la puerta y me senté en el borde de la cama. Max se incorporó, quedando semidesnudo y apoyado en el respaldo, observándome con curiosidad. Encendí la pantalla.
El titular en rojo sangre ocupaba toda la pantalla de la CNN: "MASACRE EN EL MUELLE 4: EL RETORNO DE LA GUERRA DE CLANES".
Un video grabado desde un dron, probablemente de la policía o de algún medio con demasiados recursos, mostraba la escena del crimen a plena luz del día. La toma era perfecta, casi artística, lo que me hizo soltar una risita oscura. Los cuerpos de los Soles yacían esparcidos como muñecos de trapo rotos. Pero lo que hizo que el presentador bajara la voz a un tono de puro horror fue el primer plano del líder de los Soles.
La cámara enfocó su frente, donde la "C" que yo misma le había grabado con el cuchillo se veía profunda, negra y definitiva.
—"La policía ha identificado a las víctimas como miembros del Cártel de los Soles" —decía la reportera—. "Pero lo más perturbador es este mensaje dejado en la escena. Fuentes internas aseguran que una mujer fue vista liderando la ejecución. El nombre de María Luiza Bianchelli, la heredera desaparecida de la fotografía artística, empieza a sonar en los informes de inteligencia como la nueva y sanguinaria cara de la organización Correa, esta chica apenas esta por cumplir los 18 años dentro de unos 3 meses, le dejamos las noticias de hoy en el lugar de los hechos".
Apareció una foto mía de hace dos años: yo, sonriendo en una galería de arte con esa sonrisita infantil que me volvia loca. Luego, la imagen de la masacre. El contraste era exquisito.
—Mira esto, Max —le pasé la tableta mientras me ponía de pie y caminaba hacia el ventanal, mirando hacia la ciudad que ahora sabía mi nombre—. Dicen que soy "sanguinaria". Dicen que la niña de las artes visuales ha vuelto con hambre.
Max miró la pantalla y luego me miró a mí. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro.
—Te dije que esa marca sería tu firma, nena. Ahora toda la puta ciudad sabe que no eres la protegida de nadie. Eres la dueña del muelle.
Me crucé de brazos, sintiendo una oleada de poder que me excitaba más que cualquier caricia. La policía estaba en camino, los Soles estarían preparando un ejército y mi nombre estaba manchado para siempre.
—Que vengan —susurré, viendo mi reflejo en el cristal. Ya no veía a la fotógrafa. Veía a la mujer que acababa de convertir su vida en la noticia más macabra de la década—. La prensa quería una buena historia. Pues les voy a dar una trilogía de terror que no van a poder olvidar.
maximiliano:
Me quedé observando su silueta contra el ventanal. La seda transparente de su bata no ocultaba nada, pero lo que realmente me quitaba el aliento no era su cuerpo, sino esa aura de frialdad absoluta que emanaba. María Luiza, a punto de cumplir los dieciocho, ya tenía más sangre en las manos y más fuego en los ojos que cualquier capo veterano de la ciudad.
Dejé la tableta sobre las sábanas revueltas y me levanté. El frío de la habitación me golpeó el pecho desnudo, pero ni siquiera parpadeé. Caminé hacia ella y la rodeé con mis brazos desde atrás, sintiendo su piel todavía tibia. Apoyé mi mentón en su hombro, mirando nuestro reflejo en el cristal: la niña del arte convertida en la reina del caos, y yo, el hombre que quemaría el mundo solo para verla brillar.
—Tres meses, nena —susurré, deslizando mis manos hacia su vientre—. En tres meses dejas de ser una menor ante sus estúpidas leyes. Vas a ser legalmente la jefa, aunque para nosotros ya lo seas desde que le abriste el pecho a esa perra de Karina.
Ella inclinó la cabeza, buscando mi contacto, pero sus ojos seguían fijos en las patrullas que se veían a lo lejos en la calle.
—¿Y qué sugieres, Max? ¿Que nos escondamos hasta que pase la tormenta? —preguntó ella con una pizca de ironía.
—Al revés, carajo —solté una risa ronca, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja—. No vamos a escondernos. Vamos a restregarles tu nombre en la puta cara. Quiero la fiesta más grande que esta ciudad haya visto jamás. Quiero alquilar el salón del Grand Hotel, el mismo donde los políticos y los jueces lamen el suelo por donde caminamos.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba, no de miedo, sino de una curiosidad perversa.
—¿Una fiesta de cumpleaños? ¿En serio, Max? Con la policía buscándome por lo del muelle...
—¡A la mierda la policía! —la giré con brusquedad para que me mirara a los ojos—. Pagaremos a quien haya que pagar. Quiero que ese salón sea tu trono. Quiero que entres del brazo de Marcos y el mío, con un vestido que cueste más que la vida de todos los Soles juntos. Vamos a invitar a cada jefe de familia, a cada maldito traidor que dudó de ti por ser mujer o por ser joven.
Le tomé la cara con ambas manos, manchando involuntariamente su bata con la intensidad de mi agarre. Mi pulgar delineó sus labios, esos que anoche habían gritado de placer y hace unas horas habían ordenado una ejecución.
—Va a ser tu "puesta en sociedad", Luiza. Pero no como una debutante estúpida de la alta alcurnia, sino como la mujer que tiene a los Correa, a los Bianchelli y a los Veraldi comiendo de su mano. Quiero que vean a la "sanguinaria" de las noticias bailando sobre sus tumbas antes de que siquiera estén muertos.
Sus ojos brillaron con esa luz psicópata que tanto me excitaba. La idea de celebrar su mayoría de edad rodeada de enemigos, con la Interpol y la prensa afuera, era el tipo de locura que solo nosotros podíamos disfrutar.
—Un salón lleno de gente que me odia, brindando con mi champán... —murmuró ella, y una sonrisa lenta, casi angelical si no fuera por el contexto, apareció en sus labios—. Me gusta. Quiero que el pastel sea rojo, Max. Un rojo tan intenso que parezca real.
—Será como tú quieras, jefa —la alcé en vilo, sintiendo cómo sus piernas se enredaban en mi cintura—. Tres meses para que el mundo entienda que María Luiza Bianchelli no es una noticia pasajera. Es el puto apocalipsis.
Me quedé inmóvil, con ella todavía en mis brazos, sintiendo su respiración entrecortada contra mi cuello. La pregunta flotó en el aire de la habitación, más fría que el viento que golpeaba el ventanal.
—Max... ¿qué somos? —murmuró ella.
Me quedé en silencio un segundo, con la mirada perdida en el horizonte de la ciudad. Era una pregunta peligrosa, una que la gente normal se hace en cafeterías o bajo la luz de la luna, no rodeados de sábanas manchadas de pólvora y con una orden de captura internacional cocinándose en las noticias.
Pensé en nosotros. Pensé en la forma en que nos devoramos anoche, en cómo nos entendemos sin hablar cuando el plomo empieza a volar, y en cómo su oscuridad encaja perfectamente con el vacío que yo tengo en el pecho. No somos novios. No somos amantes. Somos algo mucho más jodido.
La bajé lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo, pero no la solté. Le tomé la cara con mis manos rudas, obligándola a ver el fuego que ardía en mis pupilas.
—No somos un puto romance de novela, María Luiza —dije, y mi voz salió desde lo más profundo de mis pulmones, vibrando con una honestidad brutal—. No somos dos personas que se quieren y ya está. Eso es para los débiles, para los que viven ahí afuera esperando morir de viejos.
Me acerqué a su oído, rozando su piel con mis labios.
—Somos un pacto de sangre que el diablo no se atrevió a firmar. Somos el principio del fin para cualquiera que se cruce en nuestro camino. Somos dos depredadores que decidieron que el mundo era demasiado pequeño para cazar por separado.
La miré de nuevo a los ojos, con una sonrisa de absoluta locura.
—Tú eres mi jefa y yo soy tu brazo armado. Tú eres la mente que imagina el caos y yo soy el animal que lo ejecuta. Somos los dueños de este infierno, nena. Somos lo que queda cuando todo lo demás se quema.
Le di un beso corto, violento, que sabía a posesión y a guerra.
—Somos el futuro de esta ciudad, aunque tengamos que construirlo sobre una montaña de cadáveres. Eso es lo que somos. ¿Te basta con eso?
Sus ojos se clavaron en los míos con una fijeza que me heló la sangre. Había una vulnerabilidad extraña en su mirada, algo que no encajaba con la mujer que hace unas horas le grababa una letra a un cadáver. Se separó un centímetro de mis labios, pero mantuvo sus manos firmes sobre mis hombros.
—Entonces, si somos todo eso... si somos este pacto de sangre... quiero que le pongas un nombre, Max —susurró ella, y sentí que el aire se volvía más pesado—. Quiero que seas mi novio. No solo mi socio, no solo el hombre que me protege. Quiero que, ante los ojos de mi padre y de este mundo de mierda, seas el hombre que está conmigo.
Me quedé helado. El término "novio" sonó casi obsceno en esa habitación. Era una palabra limpia, una palabra de gente que va al cine y se toma de la mano, una palabra que arrastraba una responsabilidad que yo nunca había querido conocer.
Sentí un vacío en el estómago. La miré, viendo su piel pálida bajo la seda y el fuego de ambición en sus pupilas, y por primera vez en mi vida, dudé.
—¿Novio, Luiza? —repetí, y mi voz sonó más ronca de lo habitual—. Esa palabra es una debilidad. En nuestro mundo, un novio es un punto débil. Es alguien a quien pueden secuestrar para torturarte, alguien por quien podrías cometer el error de dudar antes de disparar.
Me solté de su agarre y caminé hacia la ventana, dándole la espalda. Me encendí un cigarrillo con las manos ligeramente temblorosas, algo que odié de mí mismo.
—Tú eres la jefa de los Correa-Bianchelli. Yo soy un Veraldi. Lo que tenemos es poder puro. Si le ponemos etiquetas de "pareja normal", le damos permiso a los sentimientos para que arruinen el negocio —solté el humo, viendo cómo se disipaba en el aire—. Si te conviertes en mi "novia" oficialmente, dejas de ser la reina intocable y pasas a ser mi mujer. Y no sé si estás lista para que el mundo te vea como la propiedad de un Veraldi, ni si yo estoy listo para tener algo que perder.
El silencio que siguió fue cortante. Sabía que la estaba rechazando, no porque no la deseara, sino porque me aterraba que, al darle ese título, el destino nos cobrara el precio más alto. En este negocio, amar a alguien es firmar su sentencia de muerte.
—¿Me tienes miedo, Maximiliano? —preguntó ella desde la cama, con una voz que recuperaba su tono gélido y calculador.
Me giré, mirándola a través del humo del cigarrillo.
—No te tengo miedo a ti, nena. Le tengo miedo a lo que yo sería capaz de quemar por proteger a una "novia". Y créeme, este mundo no sobreviviría a eso.
El silencio de María Luiza fue mucho peor que cualquier insulto o disparo. Se quedó sentada en el borde de la cama, inmóvil, como una de esas estatuas de mármol que tanto solía fotografiar. No me miró. No me gritó. Simplemente se puso de pie con una elegancia gélida, dejando que la bata de seda rozara el suelo con un siseo que me supo a despedida.
Caminó hacia el baño sin decir una puta palabra. Yo me quedé ahí, con el cigarrillo a medio terminar, sintiéndome como un imbécil por haber intentado ser racional en un mundo de locos.
—Luiza... —empecé a decir, pero no se detuvo.
Entró al baño y cerró la puerta de roble macizo con un golpe seco. Un segundo después, escuché el sonido metálico y definitivo del seguro al encajarse. Click.
Me quedé mirando la madera, escuchando cómo abría la llave de la ducha. El vapor empezó a filtrarse por debajo de la puerta, pero el muro que ella acababa de levantar era mucho más denso que cualquier neblina. Esa cerradura no era para protegerme a mí; era para dejarme afuera de su mundo.
—¡Maldita sea! —estrellé el cigarrillo contra el cenicero de cristal, rompiéndolo en pedazos.
Me acerqué a la puerta y apoyé la palma de la mano en la madera caliente.
—¡María! ¡No me vengas con juegos de niña pequeña ahora! Sabes perfectamente por qué lo digo. Ponerte una etiqueta es ponerte un blanco en la espalda.
No hubo respuesta. Solo el sonido constante del agua cayendo contra el azulejo. Podía imaginármela ahí dentro, lavándose la sangre de los Soles y el rastro de mis manos, borrándome de su piel porque no tuve los huevos de decirle lo que quería oír.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta cerrada del baño. Estaba atrapado en mi propia habitación. Ella tenía el control, incluso bajo el agua. La jefa de los Correa acababa de darme la orden más clara de todas: el silencio absoluto.
—Está bien, quédate ahí dentro todo el puto día si quieres —mascullé, aunque sabía que me quedaría ahí hasta que el seguro se abriera—. Pero no te equivoques, Luiza. El hecho de que no quiera llamarte "novia" no significa que vaya a dejar que otro hombre te toque. Antes quemo esta ciudad entera conmigo adentro.