Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto II: La Doble Vida
Capítulo 18: Las flores
—
Volver a Madrid fue como ponerse una chaqueta que no termina de sentarte bien.
El aeropuerto, el metro, el estudio. Todo igual. Pero yo no era la misma. Algo en Berlín se había quedado allí, pegado a las paredes de la galería, flotando entre mis cuadros y las copas de vino vacías.
Blanca me recibió con un maullido de reproche y una hora de mimos obligatorios. Laura se fue a su casa con la promesa de llamar al día siguiente. El estudio olía a cerrado, a pintura seca, a mí.
—
El lunes, en la oficina, todo fingía ser normal.
Encarna me saludó con un "¿qué tal Berlín?" al que respondí con un "bien, gracias" automático. Las llamadas, los correos, la máquina de café. Todo en su sitio.
Pero a las once, Sergio apareció en mi mesa.
—El señor Moncada quiere verte.
—¿Para qué?
—No lo sé. Solo dijo que subas cuando tengas un momento.
—Ahora no puedo. Tengo...
—Irene.
Lo miré. Su cara era un poema de neutralidad, pero sus ojos decían algo más.
—Vale. Ahora voy.
—
El ascensor hasta el piso veintinueve fue el viaje más largo de mi vida.
Las puertas se abrieron. El recibidor de madera oscura. La asistencia con auricular. La puerta del fondo.
Llamé.
—Adelante.
Entré.
Él estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, mirando Madrid. La luz de la mañana lo rodeaba como un halo. Traje oscuro, camisa blanca, el pelo perfecto.
—Irene.
Se giró.
Y entonces lo vi. Sobre su mesa, un ramo de flores. Blancas.
Grandes. Hermosas.
—¿Qué es eso?
—Acércate.
No me moví.
Él suspiró. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Se detuvo a una distancia prudente, respetuosa.
—Las flores son para ti.
—¿Por qué?
—Para felicitarte. Por Berlín. Me enteré de que la exposición fue un
éxito.
—¿Cómo lo sabe?
—Sergio. No sé. La gente habla.
—No fui a ninguna exposición. Fui a ver a mi tía.
—Irene.
—Es verdad.
—Mientes.
Lo miré fijamente. Él sostenía mi mirada sin pestañear.
—No sé de qué habla —dije.
—Claro que lo sabes. Pero no importa. No te voy a presionar. Solo quería... quería darte esto.
Señaló las flores. Luego, con un gesto que no le había visto antes, bajó la cabeza.
—Y quería pedirte disculpas.
—¿Por qué?
—Por lo del despacho. Por lo del beso. Por... todo. No tenía derecho.
Fui un imbécil. Y lo siento.
El silencio se instaló entre nosotros.
No esperaba eso. Esperaba evasivas, justificaciones, alguna maniobra para volver a acercarse. Pero no una disculpa. No así.
—Acepto sus disculpas —dije—. Pero no puedo...
—Lo sé. No te pido nada. Solo quería que lo supieras. Y que sepas que no volverá a pasar.
—¿Por qué lo hizo?
—¿El qué?
—El beso. El... lo de aquel día.
Me miró largamente. Sus ojos azul oscuro parecían más claros con la luz de la mañana. Casi grises. Casi tristes.
—Porque no sé estar cerca de ti sin querer más. Porque me vuelves loco. Porque desde que te vi en esa galería...
Se calló.
—¿Qué galería? —pregunté.
Negué con la cabeza. Él no podía saberlo. No podía.
—Nada. Olvídalo.
—
Cogí las flores. Eran más pesadas de lo que parecían.
—Gracias —dije—. Por las flores. Y por las disculpas.
—Irene.
Me giré en la puerta.
—¿Sí?
—Lo de Berlín. La exposición de Iliv. Fui a verla.
El corazón se me paró.
—¿Y qué?
—Y no la encontré. La artista no apareció. Pero vi sus obras. Y supe algo.
—¿El qué?
—Que la conozco. Que he estado buscando a esa mujer toda mi vida. Y que... no sé. Es difícil de explicar.
—Inténtelo.
—Cuando vi sus cuadros, sentí que volvía a casa. Como si hubiera estado perdido y de repente alguien encendiera una luz. Esa estrella en la espalda... la he visto antes.
—¿Dónde?
—En sueños. En recuerdos que no son míos. En una vida que no viví.
Apreté las flores contra mi pecho.
—Debe de ser agotador —dije—. Buscar algo que quizá no existe.
—Existe. Está ahí. Solo tengo que encontrarla.
—
Salí del despacho sin añadir nada más.
En el ascensor, de bajada, me apoyé contra la pared y respiré hondo.
Las flores olían bien. Demasiado bien.
—Idiota —me dije—. No puedes.
Pero cuando llegué a mi mesa, las puse en un jarrón que encontré en un cajón. Las miré un rato. Eran preciosas.
Y él lo sabía.
—
A las seis, cuando todo el mundo se había ido, yo seguía en mi mesa.
No por trabajo. Porque no quería volver al estudio vacío. Porque no quería pensar.
—¿Todavía aquí?
Su voz. Otra vez.
Levanté la vista. Él estaba apoyado en la entrada de la oficina, con la chaqueta al hombro y el nudo de la corbata flojo.
—Terminando cosas.
—Mientes.
—Otra vez.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada.
—Te invito a cenar.
—No.
—No es una invitación. Es una propuesta. Cenamos, hablamos de arte, de la vida, de lo que quieras. Y luego cada uno a su casa. Sin besos. Sin nada. Palabra.
—No me fío.
—De mí no. Pero ¿de ti?
La pregunta me golpeó.
—¿Qué quiere decir?
—Que a veces no es solo uno el que no puede resistirse.
—No sé de qué habla.
—Claro que lo sabes.
Se acercó un paso. Luego se detuvo.
—Vale. Como quieras. Pero la propuesta está ahí.
Se dio la vuelta y se fue.
—
Esa noche, en el estudio, no podía dejar de pensar.
En sus ojos. En su voz. En lo que dijo: "a veces no es solo uno el que no puede resistirse".
Blanca dormía en mi regazo. La acariciaba sin verla.
—¿Y si tiene razón? —susurré—. ¿Y si no es solo él?
La gata no respondió. Los gatos son sabios y no se meten en líos de humanos.
—
Al día siguiente, subí a su despacho.
Sin flores. Sin excusas. Llamé a la puerta.
—Adelante.
Entré. Él levantó la vista de unos papeles.
—Irene.
—Acepto.
—¿El qué?
—La cena. Pero con condiciones.
—Dime.
—Ninguno de los dos bebe alcohol. Hablamos de arte, de la vida, de lo que sea. Y en cuanto uno se sienta incómodo, se acaba.
—Acepto.
—Y nada de tocarnos.
—Eso... eso va a ser más difícil.
—Es la condición.
Asintió lentamente.
—Vale. Mañana. Mi casa. Yo cocino.
—No. En un restaurante. Público. Con gente alrededor.
Sonrió. Esta vez, una sonrisa de verdad.
—Eres más lista que yo.
—Eso no es difícil.
—
La cena fue en un italiano pequeño, cerca de la oficina.
Hablamos de arte. De Berlín. De su colección. De mi trabajo. De todo menos de lo que ardía entre nosotros.
Pero cuando me acompañó a la puerta de mi edificio, cuando nos despedimos con un "hasta mañana" normal, cuando sus dedos rozaron los míos al darme la mano...
Supe que no iba a poder.
Y él también.
—