En el bullicioso Seúl, donde los sueños pueden ser tan brillantes como las luces de neón o tan esquivos como una melodía olvidada, dos almas aparentemente opuestas están destinadas a entrelazarse. Han Jisung, un joven cantautor con una pasión ardiente y el corazón en la punta de los dedos al tocar su guitarra, lucha por encontrar su voz en un mar de talentos. Lee Minho, un bailarín contemporáneo elegante y enigmático, cuya expresión más profunda reside en cada movimiento de su cuerpo, carga con el peso de expectativas y un pasado que lo persigue. Un encuentro inesperado en un pequeño café con música en vivo encenderá una chispa. ¿Podrán estos dos artistas, cada uno con su propio ritmo y su propia armonía, sincronizar sus mundos y crear una sinfonía juntos, o los desafíos del amor, la fama y el autodescubrimiento los desincronizarán para siempre?
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el eco de una guitarra solitaria
Capítulo 1: El eco de una guitarra solitaria
El olor a café recién hecho y el murmullo de conversaciones ahogadas llenaban el "Melody Brew", un pequeño y acogedor café en un rincón apartado de Hongdae. Han Jisung, con su guitarra desgastada como única compañera, se sentía como una anomalía en un mundo que parecía avanzar a una velocidad vertiginosa. Sus dedos se movían con familiaridad sobre las cuerdas, un vals melancólico que había compuesto la noche anterior, reflejo de su propia incertidumbre. Tenía veintidós años y el sueño de vivir de su música era tan real como el latido de su corazón, pero la realidad, a menudo, sonaba más a disonancia que a melodía.
Había llegado a Seúl con la promesa de una audición importante que resultó ser una farsa. Desde entonces, había estado tocando en pequeños bares y cafés, a veces para unas pocas personas, a veces para nadie. Su apartamento, un pequeño estudio con vistas a un callejón, era su refugio y su estudio de grabación improvisado. La mayor parte del tiempo, se sentía invisible, una nota suelta en una orquesta que no lo quería.
Esa noche, sin embargo, la energía en el Melody Brew era diferente. Las luces eran más tenues de lo usual, y una pequeña multitud se había congregado frente al escenario improvisado donde él se preparaba para su set. Miró el reloj de pared; cinco minutos para empezar. Tomó un sorbo de su té de jengibre, intentando calmar el pequeño ejército de mariposas en su estómago. Se dijo a sí mismo que era solo otro concierto, otra oportunidad de compartir un pedazo de su alma, aunque dudara que alguien realmente escuchara.
De repente, la puerta del café se abrió, y un soplo de aire frío entró, trayendo consigo el aroma de la noche de primavera. Un hombre alto y esbelto entró, sus movimientos tan fluidos y elegantes que parecía deslizarse en lugar de caminar. Vestía de negro de pies a cabeza, y una gorra baja ocultaba parcialmente su rostro, pero Jisung notó sus ojos. Eran oscuros y profundos, con una intensidad que lo atrapó al instante. El hombre se sentó en una mesa apartada, pidiendo un café con hielo, y su mirada se posó en Jisung por un breve momento, un parpadeo de algo indescifrable antes de mirar por la ventana.
Jisung sintió un nudo en la garganta. La presencia del extraño era innegable, una especie de aura silenciosa que lo distinguía del resto de la clientela. ¿Era un crítico musical? ¿Un caza talentos? La esperanza, esa pequeña llama que siempre se negaba a extinguirse por completo, se encendió en su pecho. Ajustó la correa de su guitarra y tomó un respiro profundo.
"Hola a todos," su voz sonó un poco más temblorosa de lo que le hubiera gustado. "Mi nombre es Jisung, y voy a tocar algunas canciones para ustedes esta noche."
Comenzó con una balada que hablaba de sueños rotos y la persistencia de la esperanza. Su voz, rasposa y emotiva, llenó el espacio, cada nota una confesión, cada palabra un suspiro. Mientras cantaba, sus ojos se posaron de nuevo en el hombre de negro. Esta vez, el hombre lo estaba observando, su café con hielo olvidado en la mesa. La expresión en su rostro era difícil de leer, una mezcla de concentración y una sutil melancolía que a Jisung le pareció extrañamente familiar.
Cuando terminó la canción, hubo un aplauso más cálido de lo habitual. Jisung sonrió, un poco sorprendido, y miró al hombre. Este asintió levemente, casi imperceptiblemente, antes de volver a mirar por la ventana. Jisung no supo si era una señal de aprobación o simplemente un movimiento casual, pero aun así, una punzada de satisfacción lo recorrió.
Tocó un par de canciones más, una más alegre, otra más introspectiva. Cada vez que alzaba la vista, el hombre seguía allí, inmóvil, observándolo. Era una presencia silenciosa, pero poderosa. Al final de su set, cuando guardaba su guitarra, el hombre se levantó. Por un momento, Jisung pensó que se iría sin decir nada, pero entonces, el hombre se acercó lentamente al escenario.
"Tu música...", la voz del hombre era baja y suave, un contraste sorprendente con su apariencia imponente. "Tiene una historia que contar."
Jisung parpadeó, sorprendido. "Gracias", logró decir, sintiendo un rubor en sus mejillas. "¿Eres... crítico?"
El hombre esbozó una pequeña sonrisa, una curva apenas perceptible en sus labios. "No. Soy bailarín." Se quitó la gorra, revelando un cabello castaño oscuro que caía sobre su frente. Sus ojos, ahora completamente visibles, brillaban con una luz inusual. "Mi nombre es Minho."
"Jisung", respondió el cantautor, extendiendo una mano temblorosa. "Encantado de conocerte, Minho."
Sus manos se tocaron, y una corriente eléctrica, fugaz pero inconfundible, recorrió a Jisung. La historia, pensó, apenas estaba comenzando.