Anastasia solo quería un café tranquilo y quizás encontrar la oferta del 2x1 en su supermercado. En cambio, terminó siendo el centro de atención de siete hombres que parecen sacados de una fantasía... o de un manicomio con buena genética.
Un millonario excéntrico, un artista bohemio dramático, un científico genio con alergia social, un chef que solo cocina para ella, un guardaespaldas estoico que le tiene miedo a los gatos... ¿y la lista sigue? Anastasia intentará mantener la cordura (y su espacio personal) mientras su "harem" compite por su afecto de las maneras más hilarantes y desastrosas imaginables.
¿Podrá encontrar el amor verdadero o solo una gran factura de terapia?
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Capítulo 8: El Retiro Forzoso y las Lecciones de Supervivencia
La "noche de películas" había sido la gota que colmó el vaso de la paciencia de Anastasia. La visión de Rocky, el imperturbable guardaespaldas, bailando un paso de ballet de terror ante la aparición de un minúsculo felino, había solidificado su decisión: necesitaba un respiro. Un retiro. Un lugar donde el sonido más fuerte fuera el susurro del viento y la única compañía fueran los pensamientos sin procesar de su propia mente.
Así que, sin previo aviso a nadie (o eso creyó ella), Ana reservó una pequeña cabaña rústica en las montañas, a varias horas de la ciudad. Un lugar sin wifi, sin señal de móvil, sin restaurantes Michelin, y, lo más importante, sin gatos. Era su santuario. Su burbuja de paz. Empacó lo esencial: un par de libros, ropa cómoda, snacks saludables (para contrarrestar las palomitas de trufa de Nico) y, por si acaso, un buen repelente para insectos, ya que las arañas no la asustaban tanto como los algoritmos de Silas.
Se deslizó fuera de su apartamento al amanecer, sintiéndose como una agente secreta en una misión de huida. Dejó una nota vaga para el mensajero de Max (que inevitablemente traería alguna extravagancia), un "no estoy" para Caleb, un "fuera de la red" para Silas, un "no cocines para mí" para Nico, y un "no hay gatos aquí" para Rocky. Se sentía invencible. Libre.
El viaje fue idílico. El aire fresco de la montaña, los árboles imponentes, el canto de los pájaros. Llegó a la cabaña, un pequeño paraíso de madera con una chimenea y vistas espectaculares. Encendió un fuego, se preparó un té y se sentó en el porche, contemplando el paisaje. La paz. Bendita paz.
Pasó todo el día en una felicidad ininterrumpida. Leyó, dibujó bocetos rudimentarios de las montañas (nada que Caleb pudiera criticar), y simplemente existió. Por primera vez en semanas, no sintió la mirada de un algoritmo, la presión de un pincel o la amenaza de una burbuja de diálogo culinario.
A la mañana siguiente, Ana se despertó con el sol de la montaña. Se estiró, radiante. Salió al porche para hacer un poco de yoga matutino. Cerró los ojos, inhaló el aire puro, exhaló el caos... y cuando los abrió, casi se cae del porche.
Frente a su cabaña, en medio del claro del bosque, había un campamento. No un campamento cualquiera. Un campamento de lujo. Una tienda de campaña glamping, con una chimenea exterior y un cartel que decía "Max Fortuna: Alojamiento VIP". Al lado, un caballete con un lienzo, un pequeño taller de escultura, y un cartel: "Caleb Canvas: Retiro Creativo". Un poco más allá, una estación meteorológica portátil, antenas parabólicas, y una laptop alimentada por energía solar, con un cartel: "Silas Cortex: Estación de Monitoreo Ambiental y Sociológico". Más cerca de su cabaña, una parrilla de barbacoa de acero inoxidable reluciente, con una mesa de preparación de ingredientes y un cartel: "Nico Sabor: Cocina de Supervivencia Gourmet". Y, por último, un perímetro de seguridad con cámaras infrarrojas y un cartel: "Rocky Ferreo: Vigilancia de Terreno y Detección Felina."
Ana parpadeó. Era como si un circo ambulante de excentricidades hubiera aterrizado en su retiro de paz.
"¡Buenos días, musa!", exclamó Caleb, saliendo de su tienda con una túnica de lino y un sombrero de paja. "La luz de la mañana es exquisita aquí. ¡Tus asanas son una inspiración!"
"Ana", dijo Max, saliendo de su tienda, con una taza de café humeante en la mano (café de su barista personal, por supuesto). "Pensé que te gustaría una compañía más... sofisticada. La soledad es tan del siglo pasado."
Silas se acercó a ella, con su tablet. "El nivel de humedad es del 78%, lo que es óptimo para la hidratación de la piel. He calculado que tu patrón de sueño mejoró un 15% anoche, presumiblemente debido a la ausencia de estímulos urbanos y una menor densidad poblacional. Sin embargo, hemos detectado una fluctuación en la presión barométrica. Puede indicar un cambio climático. O una perturbación. Posiblemente un felino." Silas miró con recelo el bosque.
Nico, por su parte, ya estaba preparando el desayuno. El aroma a panqueques caseros y bacon ahumado flotaba en el aire. "Ana, mi amor, un retiro en la montaña no está completo sin una buena comida. Te preparé un desayuno digno de una reina de la naturaleza."
Y Rocky, que ya había desplegado una red de trampas de movimiento y cámaras por todo el perímetro, se acercó a ella. "Señorita, su cabaña es vulnerable por el flanco este. He reforzado el perímetro. No se preocupe, no hay rastros de actividad felina. Por ahora."
Ana se sentó en el porche, con la cabeza entre las manos. "¿Cómo... cómo me encontraron?"
Max sonrió. "Ana, mi asistente tiene acceso a todos los itinerarios de viajes del país. Un pequeño algoritmo. Y tú eres una persona importante. Necesitas protección. Y compañía. Y arte. Y ciencia. Y buena comida."
Silas añadió: "Además, tu patrón de uso de transporte público cambió. Y la transacción para la cabaña dejó un rastro digital. Con un poco de ingeniería inversa y análisis de datos, tu ubicación era predecible con un 99.9% de certeza."
Ana suspiró. Ni un rincón del mundo estaba a salvo de ellos.
El "retiro" se convirtió en una serie de "lecciones de supervivencia" con un toque muy peculiar.
Max, en lugar de enseñarle a encender un fuego con piedras, intentó comprar un sistema de calefacción geotérmica para la cabaña de Ana, y organizó un servicio de catering de alta cocina para las comidas al aire libre.
Caleb, por su parte, insistió en que el verdadero "arte de la supervivencia" estaba en la conexión con la naturaleza. Le dio clases de cómo "comunicarse" con los árboles a través del dibujo, y cómo "capturar la angustia existencial de la mariposa monarca" con un pincel. Intentó que Ana modelara como una "ninfa del bosque" junto a una cascada, lo que terminó con Ana resbalando y Caleb intentando capturar "la caída trágica" en su lienzo.
Silas organizó un "curso intensivo de botánica molecular", donde Ana tuvo que identificar plantas comestibles y medicinales analizando su composición química con un pequeño espectrómetro de masas portátil. También creó un "sistema de alerta temprana para osos" basado en patrones de viento y huellas, que resultó ser un sistema de alerta temprana para los conejos, causando falsas alarmas y mucha frustración.
Nico, el chef, llevó la "cocina de supervivencia gourmet" a otro nivel. Le enseñó a Ana a cocinar con ingredientes silvestres, pero de una manera que los transformaba en platos dignos de estrellas Michelin. Su "pescado de río a la brasa con salsa de moras silvestres y reducción de balsámico" era tan delicioso que Ana casi olvidó el caos a su alrededor. Sin embargo, cuando intentó enseñarle a Ana a "cazar" trufas con un cerdo entrenado, Rocky se negó rotundamente a que el cerdo se acercara a la cabaña, ya que "parecía sospechosamente felino".
Y Rocky... Rocky, por supuesto, se obsesionó con la seguridad. Instaló cámaras ocultas, sensores de movimiento y trampas de sonido. Constantemente patrullaba el perímetro, con su mirada aguda escaneando el bosque en busca de amenazas. Su mayor desafío, por supuesto, seguía siendo la "amenaza felina". Ana descubrió que Rocky había construido una pequeña fortificación alrededor de la cabaña, hecha de ramas y hojas, diseñada para "desviar" a los gatos. Un día, un mapache se coló en la fortificación, desatando una alarma y una persecución cómica que terminó con Rocky atrapado en su propia trampa, creyendo que el mapache era un "super-gato ninja".
Ana intentó escapar. Lo juró. Intentó salir a caminar sola, pero siempre se encontraba con Max, que había organizado una "expedición de senderismo con champagne", o con Caleb, que la seguía con su cuaderno, o con Silas, que le pedía que midiera la velocidad del viento con un anemómetro portátil, o con Nico, que le ofrecía un "snack energético" hecho con bayas silvestres. O con Rocky, que saltaba de detrás de un árbol con un "¡Perímetro asegurado, señorita!"
En un momento de desesperación, Ana se sentó en una roca, contemplando el absurdo de la situación. Su supuesto "retiro" se había convertido en un campamento de batalla, un laboratorio a cielo abierto, un estudio de arte al aire libre y un restaurante de cinco estrellas, todo a la vez. Y ella, la solitaria buscadora de paz, era el centro de todo.
Max se acercó a ella. "Ana, ¿hay algo que te falte? ¿Un jacuzzi? ¿Un chef de sushi?"
Ana lo miró. "Max, lo que me falta es un momento de silencio. Y quizás... un momento en el que no me sienta como la pieza central de un experimento o una obra de arte o un menú."
Max sonrió. "Ah, silencio. Entiendo. Te lo compro. Te ofrezco una isla privada. Sin conexión. Sin nadie. Solo tú y el océano. Y mi jet privado te llevará allí, por supuesto."
Ana suspiró. Una isla privada. La idea era tentadora. Pero, después de esta experiencia, sospechaba que, de alguna manera, ellos encontrarían la manera de aterrizar en su isla, con sus tiendas glamping, sus caballetes, sus espectrómetros de masas y sus trampas para gatos.
Miró el campamento improvisado. A pesar del caos, de la invasión de su espacio personal y de la destrucción de su retiro, no pudo evitar sentirse un poco... conmovida. Estos hombres, en su intento desesperado de "conquistarla" o "protegerla" o "impresionarla", habían revelado algo de sí mismos. Max, con su deseo de darle el mundo. Caleb, con su necesidad de encontrar la belleza en todo. Silas, con su búsqueda de la lógica en la emoción. Nico, con su pasión por nutrir. Y Rocky, con su vulnerabilidad oculta detrás de su fachada de dureza.
Quizás, pensó Ana, el verdadero retiro no era la soledad, sino aprender a encontrar la paz en medio del caos. Y con esos pensamientos, se levantó y se dirigió hacia la barbacoa de Nico. Al menos, el desayuno prometía ser espectacular.
¿Cómo crees que Ana y su singular harén podrían manejar un evento social formal, como una gala o una inauguración, donde sus excentricidades se expondrían al público en general?.