A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
NovelToon tiene autorización de R Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
23. No voy a irme a ningún lado (+21)
...⚠️ 🔞**Advertencia: Este capítulo contiene relatos para mayores de edad**...🔞⚠️...
Fabricio permaneció inmóvil sobre el sofá, la respiración entrecortada, los dedos aún húmedos por el orgasmo de Marjorie. Su camisa colgaba abierta en el respaldo cercano.
Marjorie se incorporó lentamente, su espalda desnuda se curvó mientras recogía el vestido caído a sus pies, pero no se lo volvió a poner. Su piel brillaba bajo la luz tenue que entraba por las ventanas, ese resplandor anaranjado de Milán al anochecer.
Fabricio la observó, intentó reconstruir su máscara habitual, aquella de hombre calculador que nada lo sorprende, pero los músculos faciales no respondieron con la precisión acostumbrada. Sus manos que firmaban contratos millonarios y destruían competidores con un gesto, temblaban levemente sobre sus muslos.
Marjorie caminó hacia el pasillo. Sus pies descalzos apenas hacían ruido. Se detuvo en el umbral, donde la luz del salón se diluía en la penumbra del dormitorio. No habló, se limitó a girar el rostro, a encontrar sus ojos, y en esa mirada no había orden ni desafío. Había algo más peligroso, una invitación abierta a seguirla.
Fabricio permaneció sentado un instante más de lo razonable. Su mente, acostumbrada a procesar variables y resultados, se negaba a funcionar con la claridad habitual. Calculó las implicaciones de seguirla, de cruzar ese umbral, de permitir que esta mujer accediera a espacios que nunca había compartido. No el dormitorio en sí sino esa vulnerabilidad que ella parecía exigir como precio de entrada.
Él se levantó y sus rodillas, sorprendentemente, cedieron ligeramente al enderezarse. Cruzó el salón recogiendo lo que quedaba de su dignidad junto con los restos de su ropa. La camisa colgaba de su mano como un estandarte derrotado.
El dormitorio de Marjorie era diferente al resto del apartamento, menos moderno más cálido, con tonalidades más suaves. Marjorie había dejado caer el vestido. Estaba sentada en el borde de la cama, las piernas recogidas contra el pecho, los brazos rodeando las rodillas. Esta postura, infantil y protectora, contrastaba violentamente con la mujer que minutos antes le había ordenado darle placer, todo seguía según el plan, pero en el fondo hubiera querido tener esa seguridad antes, quizás así jamás no la hubieran engañado, y arrebatado lo que le daba sentido a su vida.
- “Cierra la puerta”, dijo Marjorie casi ronca, necesitaba volverlo adicto a ella, y no se podía detener.
Fabricio obedeció y se quedó de pie junto a la puerta, incómodo en no ser quien marcara el ritmo, en no estar en su propio territorio.
- “Ven aquí”, continuó ella, y esta vez no sonó a una orden, sino a una petición, y eso lo confundió más.
Caminó hacia la cama, Marjorie extendió una mano. Sus dedos encontraron los de él, entrelazándose con una naturalidad que Fabricio no supo procesar. Lo tiró suavemente, y él cedió, sentándose en el borde de la cama junto a ella. El colchón se hundió bajo su peso, inclinándolos el uno hacia el otro.
Segundos después se tendieron sobre la cama, cara a cara. La distancia entre sus cuerpos era mínima, apenas el espacio necesario para respirar. Fabricio podía sentir el calor que irradiaba ella, esa temperatura superior que parecía caracterizarla.
- “No quiero que me controles, ya alguien lo hizo y no resultó nada bien, tampoco quiero controlarte, solo deseo que estemos los dos aquí, porque queremos, sin que nadie gane o pierda”, dijo Marjorie, y sus dedos trazaron la línea de su mandíbula con cierta ternura; como si después de despertado el deseo, ahorita quisiera llegar a su corazón, en un terreno que sabía sería muy peligroso.
La mano de Fabricio se movió por voluntad propia, encontrando la curva de su cadera. La piel bajo sus dedos era satinada, cálida, real de una manera que sus transacciones comerciales nunca habían sido.
- “No sé hacer eso”, admitió Fabricio.
Marjorie sonrió. No la sonrisa desafiante que había aprendido a esperar, sino algo más suave, casi triste.
- “Yo tampoco, pero podemos intentarlo”, manifestó Marjorie.
El espacio entre ellos se redujo sin prisa, como si el aire mismo los empujara. Cuando sus labios se encontraron, fue diferente a los besos anteriores. No había urgencia ni dominación, solo una exploración lenta, como si ambos estuvieran redescubriendo el sabor del otro en un contexto nuevo. Las lenguas se rozaron con curiosidad, sin prisa, sin demanda.
Marjorie gimió bajito contra su boca, un sonido que vibró directamente en su entrepierna, pero no hubo prisa en sus manos cuando recorrieron su torso. Sus dedos acariciaron los músculos tensos de su abdomen con una atención que parecía más memorizar que exigir, como si estuviera aprendiendo un mapa que luego quisiera trazar de memoria. Fabricio respondió con la misma lentitud, recorriendo la espalda de ella, la curva de su cintura, la suavidad interna de sus muslos. Cada centímetro de piel que tocaba era una revelación, una contradicción a todo lo que había creído saber sobre el deseo.
Antes de que las cosas avanzaran más, Marjorie se separó lo justo para alcanzar la mesita de noche. Cuando se giró de nuevo, tenía tres preservativos entre los dedos, su envoltorio dorado brillando bajo la luz tenue. Se los tendió sin palabras, con una sonrisa que no era triunfal, sino cómplice.
Fabricio los tomó, sintiendo el peso de lo que aquellos pequeños cuadrados representaban, ella había planeado esto desde el principio. Desde la cena, desde el momento en que había aceptado su invitación. Y a Fabricio no le importó no haber sido quien llevara la delantera porque, mientras desgarraba el primer envoltorio, mientras la miraba a los ojos y veía su propia excitación reflejada allí, supo que, fuera lo que fuera esto, no era un entretenimiento. Y eso, más que nada, era lo que lo aterraba.
Marjorie no apartó la vista mientras él se lo ajustaba, sus ojos avellanas siguiendo cada movimiento con una calma que lo desestabilizaba. No había prisa en su mirada, ni impaciencia, solo una atención tan intensa preguntándose si podría con tanto.
Fabricio se inclinó hacia ella como si el mundo entero lo estuviera empujando, pero deteniendo el movimiento justo antes de que sus labios se encontraran con su piel. El aliento le quemaba en los pulmones.
- “Joder, Marjorie”, susurró contra su piel, y el nombre le sabía a derrota y a libertad al mismo tiempo.
Entonces sí, finalmente, la tocó. Sus labios rozaron la base de su garganta, donde el pulso era un tambor frenético bajo la superficie. No fue un beso. Fue algo más primitivo, un saboreo, lento y húmedo, como si quisiera memorizar la sal de su piel. Ella contuvo el aire, pero no se apartó. Sus manos, que antes habían estado relajadas sobre sus muslos, se alzaron ahora y se clavaron en sus hombros, no para empujarlo, sino para sostenerse. Las uñas le hundieron en la carne justo lo suficiente para que supiera que estaba allí, lo que hizo que él supiera que eso real, que no era otro de sus sueños húmedos en los que perdía el control.
Las manos de Fabricio se deslizaban por los costados de ella, siguiendo la línea de sus costillas como si estuvieran trazando un mapa. La piel de Marjorie era cálida y tersa bajo sus palmas.
- “¿Te gusta esto?”, observó Marjorie, más para sí misma que para él. “Tocarme como si ya no fuera un sueño”, añadió cuando volvió a regresar a lo planeado.
Fabricio no respondió con palabras. En lugar de eso, deslizó una mano hacia su espalda y la atrajo contra él, eliminando el último centímetro de distancia entre sus cuerpos. El contacto fue eléctrico, su pecho contra el de ella, su erección aprisionada entre sus vientres, el latex del preservativo una barrera delgada e irritante que, irónicamente, hacía que todo fuera más intenso.
Sus labios abandonaron su cuello y encontraron los de ella en un beso que no era suave, pero tampoco violento. Era hambriento, un choque de dientes y lenguas, un intercambio de alientos calientes y gemidos ahogados. Marjorie abrió la boca para él sin resistencia, y cuando la lengua de Fabricio se enlazó con la suya, ella gimió, un sonido gutural que vibró directamente en su entrepierna. Sus manos, que antes estaban quietas, ahora recorrían su espalda, sus uñas arañando la piel cada vez que él mordisqueaba su labio inferior.
- “Más”, exigió ella contra su boca, y la palabra fue un disparo directo a su cerebro.
Fabricio la empujó hacia atrás, no con fuerza, pero con suficiente firmeza para que ella cayera sobre el colchón, sus piernas abiertas alrededor de sus caderas. Se cernió sobre ella, apoyando una mano junto a su cabeza, la otra deslizándose por su costado hasta su cadera, donde se aferró con posesión. Marjorie arqueó la espalda, ofreciéndose, y él no pudo resistirse, bajó la cabeza y capturó uno de sus botones entre sus labios, chupando con una presión que hizo que ella jadeara y se retorciera bajo él.
Sus caderas se movieron instintivamente, buscando fricción, y Fabricio maldijo entre dientes al sentir cómo el latex se ajustaba aún más a su longitud. Quería estar dentro de ella. Necesitaba estar dentro de ella.
Fabricio no pudo aguantar más. Con un movimiento fluido, se posicionó entre sus piernas, la punta de su masculinidad rozando su entrada. No empujó, esperó; y cuando Marjorie envolvió sus piernas alrededor de su cintura y lo atrajo hacia ella con un gemido desesperado, finalmente cedió.
El primer empujón fue lento, el preservativo hacía que todo se sintiera más ajustado, más presente. Marjorie exhaló bruscamente, sus uñas clavándose en sus hombros mientras él se hundía en ella centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron y quedó completamente envuelto en su calor. Por un segundo, se quedó quieto, saboreando la sensación de estar dentro, de ser aceptado, de no tener que luchar por esto.
Entonces comenzó a moverse. Podía sentirla alrededor de él, apretada y caliente, cada pequeño espasmo de sus paredes internas como un susurro. Marjorie inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello, y Fabricio no pudo resistirse: bajó la boca hasta su garganta, saboreando el sabor salado de su piel, el latido acelerado de su venas bajo sus labios.
- “Dios, Fabricio”, gimió ella, y sus manos se enlazaron detrás de su cuello, arrastrándolo más cerca. “Así. Justo así”.
Él no sabía si se refería a la velocidad, a la profundidad o a la manera en que sus cuerpos parecían fundirse el uno con el otro. Pero no importaba. Por primera vez, no necesitaba entenderlo todo. Bastaba con sentir el peso de ella bajo él, el modo en que sus respiraciones se sincronizaban, el calor que se extendía desde su entrepierna hasta su pecho, como si algo dentro de él se estuviera derritiendo.
Marjorie alzó las caderas para encontrarlo, y el cambio de ángulo lo hizo ver estrellas. Un gruñido le escapó, primitivo y desesperado, y sus manos buscaron las de ella, entrelazando sus dedos como si se ahogara. Ella lo recibió con un gemido largo, quebrado, y Fabricio sintió cómo su cuerpo se tensaba alrededor del suyo, como si intentara retenerlo dentro para siempre.
- “No pa…”, empezó Marjorie a decir, pero se perdió en un jadeo cuando él rozó ese punto dentro de ella que la hacía temblar.
- “No voy a irme a ningún lado”, prometió Fabricio, y las palabras lo sorprendieron, porque eran ciertas. No era una línea ensayada, ni un juego. Era la verdad, cruda y simple.
Se movió más rápido, no por urgencia, sino porque ya no podía contenerse. Cada embestida era más profunda, más segura, como si supiera exactamente cómo hacerla gemir, cómo hacer que sus uñas le arañaran la espalda. Marjorie jadeaba su nombre entre dientes, y cada sílaba era un latigazo de placer que lo acercaba más al borde.
- “Sigo aquí”, repitió Fabricio, más para sí mismo que para ella, mientras sentía el orgasmo acercarse, inevitable. “Joder, Marjorie, sigo aquí”.
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, sus piernas se apretaron alrededor de sus caderas con una fuerza casi dolorosa, y su cuerpo se arqueó bajo el suyo, tenso como un arco a punto de disparar. Fabricio sintió el momento exacto en que ella se vino, cómo sus paredes internas lo apretaron en oleadas rítmicas, arrastrándolo con ella. No pudo resistirse. Con un gemido gutural, se dejó caer, enterrando el rostro en el hueco de su cuello mientras el placer lo recorría como un incendio, quemando todo a su paso, el miedo, la duda, esa necesidad enfermiza de control.
Quedaron así, jadeantes y sudorosos, con los cuerpos aún unidos y los corazones golpeando el uno contra el otro como si quisieran fusionarse. Fabricio no se movió. No se apartó. Solo respiró, inhalando el aroma de su piel, de su perfume, de ese algo indescriptible que era ella. Marjorie le acarició el pelo con movimientos lentos, casi distraídos, como si no quisiera romper el silencio.
Finalmente, cuando el mundo dejó de girar tan rápido, Fabricio alzó la cabeza lo justo para mirarla. No había triunfo en su expresión, ni esa sonrisa burlona que solía poner cuando creía haber ganado algo. Solo estaba él. Desnudo en todos los sentidos.
- “Esto es nuevo”, admitió Fabricio, y su voz sonó áspera, como si no la hubiera usado en años.
Marjorie esbozó una sonrisa pequeña, casi tímida, y le pasó el pulgar por el labio inferior, como si limpiara algo invisible; no sabía si ella lo había hecho perder el control, o ella lo había disfrutado tanto, como nunca en su vida.