El Refugio de las Ciudades Muertas,
El apocalipsis zombi no fue el fin del mundo, sino su reorganización.
Décadas después del brote, la civilización humana ha resurgido, no en la superficie infestada, sino bajo tierra.
Los sobrevivientes han adaptado las redes de metro, túneles de servicio y viejas minas para crear vastas ciudades subterráneas, a salvo de los zombis que merodean en la superficie.
La superficie, conocida como "Las Tierras Vivas", está repleta de los no-muertos, mientras que el subsuelo es un laberinto de civilización.
NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: La Sobrecarga
Elías sentía que el tiempo en la superficie se había vuelto líquido, una masa espesa de miedo y adrenalina que se le escurría entre los dedos. Cada segundo bajo el cielo plomizo de la ciudad muerta era una invitación a no volver. A pocos metros, uno de sus compañeros luchaba por mantener la posición, agitando la lámpara de musgo como un náufrago desesperado. El haz de luz verde cortaba la penumbra, chocando contra las formas espasmódicas de los zombis que se mantenían al acecho, siseando ante la frecuencia repulsiva.
— ¡No dejes que se acerquen más, aguanta el pulso!
—gritó Elías, aunque el rugido del generador de gasolina devoraba sus palabras.
Él y su otro explorador se arrastraron por el asfalto, sintiendo cómo los vidrios rotos y el polvo metálico se incrustaban en las juntas de sus trajes de sigilo. El generador era una bestia de hierro viejo que tosía humo negro, un sonido que en el silencio de la superficie resultaba obsceno, casi un insulto. En la ruina cercana, el seguidor de Kael que habían capturado sollozaba, un sonido pequeño y patético que se perdía entre el estruendo mecánico. Nadie lo miraba; en ese momento, el hombre era solo una pieza de información que aún no habían usado.
Kael estaba a menos de cincuenta metros, de pie sobre una plataforma improvisada, bañado por el resplandor de las hogueras. Sus hombres reían, celebrando el inicio de la señal que ya empezaba a hacer vibrar la estructura de la torre. Creían que habían ganado. Esa arrogancia fue la que le dio a Elías el hueco que necesitaba.
— Ahí está el circuito de enfriamiento
—susurró Elías, señalando una manguera reforzada que vibraba con el paso del líquido
—. Si la cortamos ahora, el núcleo no aguantará ni treinta segundos la presión de la frecuencia.
Sin esperar respuesta, sacó su cuchillo de combate. El acero brilló un instante antes de hundirse en el caucho. Elías tuvo que usar las dos manos, tirando con un gruñido sordo mientras sentía la resistencia del material. De repente, la manguera estalló.
Un chorro de vapor y líquido hirviendo brotó con una fuerza violenta, golpeando a Elías en el pecho y los brazos. El dolor fue un incendio instantáneo bajo su traje, pero no soltó el arma. El generador empezó a soltar chispas, un chirrido metálico que sonó como una sierra eléctrica contra piedra, y luego, con un último suspiro de humo denso, se apagó.
El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido. La torre de comunicaciones se quedó a oscuras, y la señal de amplificación, ese zumbido que les hacía sangrar los oídos, desapareció.
Kael se giró. Su rostro, que antes mostraba una calma fanática, se transformó en una máscara de rabia pura. Sus ojos buscaron entre las sombras hasta dar con el equipo de exploración.
— ¡Malditos sean!
—rugió Kael, y su voz no sonaba a la de un hombre, sino a la de algo que ha olvidado cómo hablar
—. ¡A ellos! ¡No dejen que uno solo de esos topos regrese al agujero!
La tregua, si es que alguna vez existió, voló por los aires. Los hombres de Kael abrieron fuego con armas que parecían sacadas de un museo de horrores: rifles remendados y pistolas oxidadas que, sin embargo, escupían plomo de verdad. Las balas rebotaban contra los restos de los coches y el hormigón, levantando nubes de polvo tóxico. Elías sintió el impacto de una bala en su hombro, una quemadura que le recordó que seguía vivo.
— ¡Estamos rodeados, son demasiados!
—gritó el explorador a su lado, disparando su ballesta contra un seguidor de la Hermandad que intentaba flanquearlos.
Por si fuera poco, los zombis, libres ahora de la señal que los mantenía en un trance coordinado, recuperaron su instinto básico de caza. Atraídos por los disparos y los gritos humanos, empezaron a converger sobre la plaza. El equipo de Alexia estaba atrapado entre el fanatismo de Kael y el hambre de los muertos.
— ¡Usen el último pulso en su posición, es nuestra única salida!
—ordenó Elías, apretando los dientes por el dolor del hombro.
El explorador que llevaba el dispositivo lo activó, pero no para repeler, sino para atraer. Apuntó la frecuencia magnética directamente hacia la posición de Kael y sus hombres. El efecto fue como arrojar carne fresca a una fosa de lobos. Los zombis que se abalanzaban sobre Elías se detuvieron, sus cabezas girando al unísono hacia el nuevo epicentro de la señal. Con un rugido colectivo, la marea de carne podrida se desvió, lanzándose contra la Hermandad.
— ¡Ahora! ¡Al túnel, muévanse!
—rugió Elías.
Cargaron con el prisionero, que gritaba de puro terror mientras lo arrastraban por el suelo. Corrieron por las escaleras mecánicas detenidas de la estación de metro, sintiendo el aliento de los no-muertos en la nuca. Al llegar a la esclusa de seguridad, Elías activó el cierre manual. El estruendo del acero sellándose fue la música más hermosa que había escuchado en su vida.
Estaban en casa. Estaban en la oscuridad del subsuelo, donde el aire sabía a metal y a encierro, pero estaban vivos.
El Interrogatorio a la Luz del Musgo
El regreso al centro de mando fue un desfile de espectros. Alexia los esperaba con los puños apretados, caminando de un lado a otro. Cuando vio aparecer a Elías, cojeando y cubierto de una mezcla de hollín y sangre, sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Pero el alivio fue breve. Escuchó el informe en silencio, con la mirada fija en las placas de Marco que brillaban en su vitrina.
— Lo retrasamos, Alexia
—dijo Elías, mientras una médica empezaba a cortarle el traje para curar la herida del hombro
—. Pero él no se va a rendir. Lo vi en sus ojos. Kael ya no pelea por una idea; pelea por venganza.
Alexia asintió con una gravedad que le hacía parecer mucho mayor de lo que era. — — Tenemos al prisionero. Es nuestra única ventaja.
Bajó sola a la celda de interrogación. El lugar era un cubo de hormigón frío, iluminado apenas por un par de lámparas de musgo que bañaban todo de un tono verde enfermizo. El seguidor de Kael estaba encogido en una esquina, temblando de forma incontrolable. Alexia no entró con guardias ni con instrumentos de tortura. Entró con los diarios de su madre.
Se sentó frente a él, dejando el libro sobre la pequeña mesa de metal. El silencio se prolongó durante minutos, roto solo por la respiración entrecortada del hombre.
— Sé quién eres, Mateo
—dijo Alexia, y su voz no tenía rastro de odio, solo una tristeza profunda
—. Antes de todo esto, trabajabas en el sector de reciclaje de agua. Tenías un hermano, ¿verdad? Se llamaba Luis.
El hombre levantó la cabeza, sorprendido de que ella supiera su nombre.
—¿Cómo...?
—Kael les prometió un mundo purificado
—continuó ella, ignorando la pregunta y abriendo el diario por una página marcada
—. Les habló de un paraíso donde no habría que racionar el aire ni vivir bajo luces artificiales. Habló de la Hermandad como una familia. Pero dime, Mateo... ¿dónde estaba tu familia cuando el generador estalló? ¿Dónde estaba Kael cuando los zombis empezaron a rodearte?
Mateo bajó la mirada, y sus hombros empezaron a sacudirse por el llanto. La culpa, ese veneno que el fanatismo suele ocultar, estaba empezando a aflorar.
— Él... él dice que el sacrificio es necesario
—balbuceó el hombre
—. Dice que el refugio es una herida que hay que cauterizar.
— No es una herida, Mateo. Son personas. Es tu hermano, son tus amigos. Kael os está usando como piezas de ajedrez en un tablero que él ni siquiera comprende
—Alexia se inclinó hacia delante, y la luz del musgo iluminó sus ojos decididos
—. Dime dónde está. Dime qué es lo que planea de verdad. Si lo haces, puedo garantizar que el Consejo no te entregará a la superficie. Podrás volver a ser parte de nosotros.
El hombre guardó silencio un momento, debatiéndose entre el miedo a Kael y el asco de sí mismo. Finalmente, su voz salió como un susurro roto.
— La estación de bombeo... la vieja planta de tratamiento de aguas residuales en el Sector Delta
—dijo Mateo, y cada palabra parecía arrancarle un pedazo de piel
—. Es el centro neurálgico. Kael la eligió porque desde allí puede acceder a las venas del refugio.
Alexia sintió que el corazón le daba un vuelco. El Sector Delta era el punto más vulnerable de la infraestructura hidráulica. Pero el rostro del prisionero se tornó aún más pálido, y sus ojos reflejaron un terror que Alexia nunca había visto.
— Pero hay algo más, doctora. Kael no solo quiere despertar a los zombis... ha encontrado una forma de que el hongo se comunique con el soporte vital. Dice que si el refugio no abre las puertas por las buenas, él hará que el aire mismo se vuelva sólido. Planea invertir el flujo de la ventilación para bombear esporas directamente a los niveles residenciales. Quiere convertir el refugio en un invernadero para el hongo.
Alexia se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el hormigón. El plan de Kael no era una invasión militar; era una transformación biológica total. Quería obligarlos a evolucionar o morir en el intento, convirtiendo su santuario en su propia tumba.
— ¿Cuándo?
—preguntó Alexia, con la mano ya en el comunicador.
— Pronto
—respondió Mateo, cubriéndose la cara con las manos
—. Dice que el latido ya es lo suficientemente fuerte. Solo necesita que alguien le abra la válvula principal desde dentro. Y tiene gente en los niveles bajos, Alexia. Gente que cree que el hongo es la salvación.
Alexia salió de la celda sintiendo que las paredes del refugio, esas que siempre la habían protegido, ahora se sentían como las costillas de una trampa que estaba a punto de cerrarse.
¿Cómo detendrá Alexia la infiltración en los niveles bajos antes de que Kael active el bombeo de esporas, y quién es el traidor que está dispuesto a abrirle la puerta desde dentro?
¿Qué te parece si ahora profundizamos en la paranoia de Alexia mientras intenta descubrir quién de su propio equipo de técnicos podría estar ayudando a Kael en secreto?