Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 18
Mateo abrazó a Vale con más fuerza, todavía refunfuñando.
—Te digo que vengas y vienes. Eres necia de verdad. ¿Tengo que hacer esto para que me hagas caso?
El cuerpo de Vale se puso rígido unos segundos. El rubor de su rostro fue apagándose hasta convertirse en una mueca sombría. Agachó la cabeza y los dedos se le aferraron a la camisa de Mateo.
—Mateo... —su voz era un hilo, tembloroso—. ¡Ay!
—¿Qué te pasa? —Mateo dejó de regañarla.
—La pierna... me duele.
Se le frunció el ceño de inmediato. —¿Te duele?
Vale asintió; la expresión se le tornó pálida. Hizo una mueca de dolor, los hombros le temblaban ligeramente. —Cuando me tambaleé... creo que me golpeé. Ahora me punza mucho.
Mateo se asustó al instante. Las manos que un momento antes jugueteaban ahora le temblaban.
—Ya Allah, Vale... No fue mi intención lastimarte. Solo estaba jugando porque no me obedeciste. —La examinó de arriba abajo y le tanteó la pierna adolorida.
—¿Dónde te duele? ¿Aquí? —Mateo iba a tocarle la pierna—. ¿Dónde más?
Vale retrajo la pierna por reflejo, con una mueca más profunda. —No me presiones ahí...
—Dios mío. —Mateo se pasó la mano por el cabello; el rostro se le crispó—. Vamos al hospital ahora mismo. No puedo dejarte así.
—Mateo, no...
—Sin peros —la cortó Mateo—. No quiero que tu pierna empeore. Fue mi culpa. Perdóname.
Mateo la levantó en brazos y caminó a paso rápido.
—Mateo... yo...
Vale se alarmó aún más. Los ojos se le abrieron de par en par.
—Ay, tu jilbab. —Mateo la sentó con cuidado, regresó por el jilbab que le había quitado antes y se lo colocó.
Ahora era Vale quien se sentía culpable al ver el rostro descompuesto de Mateo, lleno de pánico y preocupación.
—Mateo, yo...
—No tienes que perdonarme ahora. ¡Aaaargh! ¿Por qué siempre termino haciéndote sufrir? —Mateo estaba cada vez más frustrado. Y eso multiplicaba la culpa de Vale.
Porque la verdad era que no le dolía en absoluto. Vale solo había querido hacerle una travesura al travieso de Mateo. Jamás imaginó que reaccionaría de esa manera.
—Mateo... de verdad... estoy bien.
—¿Cómo que estás bien? ¡Te estás retorciendo de dolor y me dices que estás bien! —Mateo se enojó, convencido de que Vale siempre se contenía.
Vale se mordió el labio. Agachó la cabeza, dudó, y al fin habló en voz baja.
—No me duele nada...
Mateo la miró; el remordimiento le carcomía. Sin decir palabra, la cargó. Ella soltó un gritito.
—¡Mateo! En realidad...
Vale tragó saliva con dificultad.
—En realidad... solo estaba enojada. ¡No me duele la pierna!
Mateo se quedó petrificado. —¿Qué?
Vale levantó el rostro despacio. —Es que... hiciste lo que quisiste. Me tiraste la muleta y luego me regañaste. Me dio coraje. Así que... mentí.
Silencio.
—No pensé que reaccionarías así...
Vale hundió más la cabeza.
Mateo la observó largo rato, sin parpadear.
—O sea que... ¿me engañaste?
Vale se encogió todavía más. —Sí...
Al segundo siguiente, Mateo soltó un suspiro largo, mezcla de molestia y alivio. La bajó de sus brazos, aunque siguió sosteniéndola porque la muleta había quedado en la cocina. Ya estaban en la sala.
—Ya Allah, Vale... —Se restregó la cara—. Casi me da un infarto.
—Perdón... —Vale agachó la cabeza, llena de culpa.
De pronto, Mateo la levantó como si nada.
—¡Mateo! —Vale se sorprendió y por reflejo le rodeó el cuello con los brazos.
—Mereces un castigo —dijo Mateo con firmeza, aunque los ojos le brillaban con picardía—. Mentirme y hacerme entrar en pánico.
—¿Qué vas a hacerme...?
Antes de que terminara la frase, Mateo ya la había llevado a la habitación. La recostó en la cama con cuidado y se colocó sobre ella.
—¿Sabes? —susurró Mateo—. Me aterra perderte. Me aterra que te pase algo por mi culpa.
Vale bajó la mirada. —Entonces no seas travieso... —susurró.
—No juegues con mi miedo.
Vale tragó saliva. —Perdóname...
—Yo también te pido perdón. —Mateo sonrió apenas—. Ahora... el castigo.
—¿Qué castigo? —susurró Vale.
Mateo inclinó el rostro; su nariz rozó la mejilla de Vale. —Niu-niu-niu.
La cara de Vale se encendió de golpe. —¡Mateo!
Pero la protesta se disolvió entre risas pequeñas y susurros cálidos. La mañana avanzó sin que ninguno de los dos lo notara.
Mateo despertó por la vibración del teléfono.
El nombre de Bastián parpadeaba furioso en la pantalla.
—Assalamu'alaikum —contestó Mateo medio dormido.
—¿¡Assalamu'alaikum qué!? —la voz de Bastián explotó al otro lado—. ¿¡Dónde estás!?
—En casa...
—¿¡Cómo que en casa!? —la voz de Bastián se volvió aún más agresiva—. ¡Mira qué hora es! ¡Y sigues en casa! ¿Estás loco?
Mateo miró el reloj. Los ojos se le desorbitaron. —Astaghfirullah (que Dios me perdone)...
—¡No me pidas perdón a mí! ¡Eso no te quita la culpa conmigo!
—Oye, ¿por qué tan agresivo?
Mateo volteó hacia un lado. Vale dormía profundamente, el cabello suelto, el rostro en paz. El pecho le subía y bajaba con suavidad. Mateo sonrió y le besó los labios.
—¡Oye! —bramó Bastián—. ¡Estás besando a tu esposa! ¡Estás demente!
Mateo alejó el teléfono de la oreja. La voz de Bastián le retumbaba en la cabeza.
—¡Dejas el trabajo por andar de romántico! ¡Ven a la oficina ya!
Clic.
Mateo miró la pantalla apagada con asombro. —Oye, ¿quién es el jefe aquí? Ya anda dando órdenes.
Se cambió de ropa a toda prisa, echó un último vistazo a Vale.
—Ya me voy —le susurró.
En la oficina, Bastián lo recibió con cara de pocos amigos.
—¿Sabes cuántas juntas cubrí hoy por ti? —se quejó—. Tres. ¡TRES!
Mateo inclinó la cabeza. —Perdón.
—Perdón, dice. Yo cargo con tu trabajo y tú andas de romántico —bufó Bastián—. ¡Súbeme el sueldo!
Mateo lo miró con expresión extraña.
—¿Qué? ¿No te parece?
—¡Oye! Yo soy tu jefe. —Mateo le señaló la cara.
—¡Eres el hijo del jefe! ¡No te pongas creativo! ¿Qué? ¿Me vas a despedir? —Bastián chasqueó la lengua y se adelantó caminando.
—¡Desgraciado! —soltó Mateo, aunque los labios se le curvaban en una sonrisa. Así de disparatada era su relación con Bastián. ¿Cómo iba a deshacerse de la persona que siempre estaba de su lado?
—Haaa...
Eduardo contemplaba el exterior a través del gran ventanal de su oficina. Al poco rato, Mateo entró. El joven inclinó la cabeza con respeto. Ahí, seguía siendo el subordinado de su padre.
—Siéntate —dijo Eduardo secamente.
Mateo obedeció. Por dentro, el corazón le latía con fuerza. Tal vez el presidente directivo iba a reprenderlo por llegar tarde.
—¿Usted me mandó llamar?
Eduardo giró, se acercó y se sentó en el sofá de visitas, frente a Mateo.
—¿Cuándo vas a traer a esa mujer a la casa principal?
Mateo se sobresaltó. —Papá... ¿lo sabes?
Eduardo esbozó una sonrisa breve. —¿Hay algo que papá no sepa? Incluso la razón por la que te casaste con ella, o...
Eduardo clavó la mirada; Mateo tragó saliva.
—...la razón por la que alquilaste esa casa.
—Papá...
—Tráela a casa pronto.
Mateo bajó la cabeza. —La traeré, pero no de inmediato.
Se puso de pie, hizo una reverencia y se marchó.