La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que pasa entre una mujer y su esposo
Eleanor
Cuando mi esposo cierra la puerta de la habitación y quedamos solos, camino hasta el rincón más alejado de él y cierro los ojos.
Imagino que pronto empezarán los golpes.
Es verdad que fue amable en la boda y durante la celebración, pero eso son apariencias. Como las sonrisas amables de papá en público.
Tiemblo.
Después de cada sonrisa vino un castigo.
Trago el nudo en mi garganta y quito el velo de mi cabello.
Mis ojos instintivamente van a la ventana. Estamos en un segundo piso. No es excesivamente alto… Imagino que si las cosas se ponen demasiado violentas podré escapar al establo, como lo hacía en casa.
—Bueno, esta será nuestra habitación —dice mientras se saca la chaqueta—. El baño está a tu derecha y el vestidor a tu izquierda.
Asiento sin atreverme a mirarlo. Además, cuando lo miro mi pecho hace algo extraño… doloroso, y ya estoy harta del dolor.
Acepto que tenga que recibirlo de otros, pero no de mí.
Lo escucho sacarse la ropa y zapatos. Luego, escucho su largo suspiro.
—Mira… pareces aterrada. No tenemos que hacer nada si no quieres.
Levanto mis ojos de inmediato.
—¿Nada? —pregunto esperanzada.
Sonríe. —No. Nada.
Dejo escapar el aire que estaba conteniendo.
—Entonces, ¿los golpes pueden esperar a mañana? —me atrevo a preguntar mientras retuerzo mis dedos.
—¿Golpes?
Asiento sin mirarlo.
—No entiendo —dice después de unos segundos.
—Los golpes… los que debo dejar que me apliques… Mamá dijo que debería obedecer y soportar el dolor… He visto lo que puede hacer un hombre con un bastón o un látigo —susurro—. Yo… Estoy cansada, y si eso puede esperar a mañana, supongo que soportaré sin quejarme.
Mi esposo se acerca lentamente, como si estuviera acercándose a un animal acorralado.
—¿Golpes? ¿Eso crees que pasa entre un hombre y una mujer?
Asiento. —Escuché a mi hermana gritar en su habitación cuando estaba de visita con su esposo… Me dijo que esperaba que mi esposo me hiciera gritar como su marido.
William cubre su rostro con su mano y una risa explota en su pecho, llenando la habitación con ese sonido tan extraño.
Papá nunca reía… Mamá tampoco lo hacía.
Quedo congelada viendo su enorme sonrisa y la forma en que sus musculosos hombros se sacuden.
—Ay, Eleanor —dice entre risas, pero luego se detiene abruptamente. Me encojo ante su cambio de humor—. ¿No sabes lo que pasa entre un esposo y su mujer la noche de bodas?
Arrugo mi ceño. —Lo acabo de decir.
Toma mi mano y me arrastra hasta la cama.
Quedamos uno sentado frente al otro.
—No hay golpes. Lo juro —dice, pero no sé si creerle. Suena demasiado bueno para ser cierto—. Nunca le levantaría la mano a una mujer, mucho menos a mi esposa. Además, mi papá me mataría —agrega con una sonrisa—. Los esposo… hablan —declara—. Solo eso. Hablan por horas y duermen el uno al lado del otro… Al menos unas horas, luego el esposo puede retirarse.
—¿Retirarse?
—Sí. Ya sabes, a ocuparse de los negocios.
Miro su mano que sujeta la mía en un capullo de calor.
—¿Solo hablar?
—Sí.
—¿Sin golpes?
—Ninguno —jura—. Nunca te tocaré, Elanor. Es una promesa.
La primera sonrisa sincera rompe mi rostro cuando el alivio se lleva todo el miedo que he sentido por años.
—¿Lo juras?
—Lo juro —dice y besa mi frente—. Puedes ir a cambiarte. Las criadas subieron tu ropa. Ha sido un día largo.
—¿Puedo ir a dormir?
—Puedes hacer lo que quieras.
Agarro su camisa. —¿Puedo pedirle a mi familia que envíe mis libros y mi caballo?
—Si eso te hace feliz, adelante. Ya saben lo que dicen, ¿no? Esposa feliz, vida feliz.
De mi pecho sale una carcajada del todo feliz. Es una sensación tan extraña como nueva.
—Pero ¿no tenemos que hablar?
—Podemos. Pero una vez que te acuestes en la cama —dice y me da un golpe cariñoso en mi muslo—. Ve a cambiarte.
Asiento y corro al vestidor. Es enorme y toda mi ropa ya está guardada.
Busco mi camisa de dormir y lucho con mi vestido de novia, arrancándolo de mi piel.
Arrugo mi ceño cuando no alcanzo las tiras del corsé en mi espalda.
Maldita sea.
—¿William? —lo llamo nerviosa.
—¿Sí?
—Creo que necesito ayuda.
La puerta se llena con su presencia y siento como mi rostro enrojece cuando puedo ver su torso desnudo. Va descalzo y lleva unos pantalones de lino blanco para dormir.
Es fuerte.
Muy fuerte.
Su pecho tiene un vello oscuro en sus pectorales y luego baja en una línea perfecta que se oculta debajo de sus pantalones.
Es la primera vez que veo el torso de un hombre.
No sabía que fuera así… es hermoso.
Levanto mi vista, avergonzada, solo para descubrir que los ojos antes azules de mi esposo, ahora se han transformado en dos pozos oscuros.
Carraspea antes de volver a mirar mi rostro. —Claro, yo te ayudo.
Levanto mi cabello y le doy la espalda.
El calor de su pecho calienta mi espalda y me siento tan a gusto, que, por unos aterradores segundos, quisiera recostarme en su enorme pecho, pero el sentido común llega justo a tiempo.
No quiero hacer nada que no me permita hacer. No quiero darle motivos para golpearme.
Sé que dijo que no lo haría, pero sé que los hombres siempre rompen sus promesas.
Papá siempre lo hacía.
Cuando el corsé deja de apretarme suelto un suspiro de alivio.
Me giro y le sonrío. —Gracias —digo antes de quitarme el corsé.
—Vas a… está bien… yo… te dejaré sola —dice entre titubeos y carraspeos.
Qué raro.
Me coloco mi camisa y vuelvo a la habitación. Mi esposo ya está acostado mirando el techo, como si todas las respuestas del universo estuvieran escritas ahí arriba.
Me subo a la cama y me acuesto a su lado.
—Estoy lista para hacer lo que una mujer y un hombre hacen en su noche de bodas —digo con entusiasmo mientras me pego a su lado, entusiasmada con la idea.
—¡¿Qué?! —pregunta tenso y desconcertado.
—Lo que dijiste… hablar.
Su rostro se contrae en desilusión y luego en alivio, o al menos eso me parece. No lo conozco tanto aún, pero lo haré.
Todas las noches conoceré algo nuevo de mi esposo.