Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 16
Regresaron a Thornley en silencio. Rebecca tenía mucho en qué pensar pues ese día habló con el médico de cabecera de su madre.
-Aunque la enferma se recuperaba, le explicó a Rebecca que jamás volvería a ser igual que antes. - La pulmonía le debilité el pecho -asentó-. En resumen, señorita Shaw, la salud de su madre se dañó bastante por la cadena de acontecimientos. Necesitará que la cuiden; no debe trabajar, ni vivir sola.
-Esta noche no cenaré contigo -le dijo Jay de pronto, sobresaltándola porque el silencio se había prolongado demasiado-. Tengo una cena de negocios que no pude cancelar.
-No te preocupes - contestó, seca-. No me quedo contigo como invitada, así que no necesitas acompañarme.
-Quizás prefería acompañarte -murmuro, observándola.
Ella apartó la vista, con perfecta compostura. Pero los latidos que desató ese comentario, en tono ronco, carecían de compostura. Capto el significado oculto y quiso rechazarlo de antemano. Pero no pudo porque Jay empezaba a afectarla de la misma manera que afectaba donde más le dolía, en la cicatriz que guardaba su corazón...
Las redondeces de sus senos se levantaron, con un suspiro pesado deseó no estar con él. Quería que esa peligrosa situación jamás se hubiera presentado.
-Si tú y tu madre logran reconciliarse, Rebecca -propuso en voz baja-. ¿No crees que nosotros también deberíamos intentarlo?
No, pensó nunca sería igual. Lo contempló: un hombre en extremo atractivo, un hombre que portaba su madurez de cuerpo y espíritu como el manto de poder que heredó de su padre.
El otro, el joven Jay, era insensato y excitante, siempre listo para aplaudir las travesuras que ella inventaba en ese momento; amaba su naturaleza impulsiva, y el ansia de vivir que la caracterizara.
Conoció el emocionante poder de su sexualidad y se mostró ansiosa de entregarse a la batalla sensual entre un hombre y una mujer; vio su cuerpo musculoso desnudo, brillando bajo la luz de la luna llena, despertándola a una pasión profunda que creía imposible, con sólo que darse allí, mirándola, haciéndole el amor con los ojos, sin necesidad de tocarla.
Sus sentidos se agitaron, rogando que les concediera la libertad de expresarse, de un modo que ni siquiera imaginé en esos diez largos años. Pero los dominó con mano de hierro. Así como la moldearon en la mujer de apariencia tranquila que ahora era, a él lo convirtieron en un hombre controlado, más peligroso que antes porque parecía poder inquietarla por medio de sus recuerdos. -
-No lo creo, Jay -contestó, sin modulaciones-. A diferencia de mi madre y yo, nosotros no tenemos ya nada que ofrecernos.
- ¿Realmente lo crees? -Sus manos apretaron por un momento el volante- Yo no -musité, dé mal humor-. ¡Maldición, yo no!
Ella se sorprendió por la rudeza de su voz. Lo miró durante un segundo y eso basté para que supiera a lo que se refería.
Había recibido esa mirada mil veces, antes. ¡Todavía la deseaba! el calor y la pasión de hacía diez años, sin pensar en las consecuencias o convenciones que rompía o a dónde podía conducirlo esa conducta.
-Olvídalo, Jay -le ordenó, en un tono muerto y, confusa, se volvió, apretó los labios de miedo y asco-. Ya no soy la estúpida e ingenua adolescente de antaño… ¡crecí! -le informó con tristeza-. Con rapidez gracias a las lecciones amargas que me diste.
El coche se detuvo frente a la casa y Rebecca se bajó, con rapidez. Y una furia y desprecio que la impulsaron a casi correr hasta la casa. El la atrapó en el vestíbulo y la obligó a volverse, rabioso, con una ira que la perturbó.
-Empiezo a hartarme de estos comentarios que me lanzas -le escupió. Tú me abandonaste hace diez años, Rebecca, y me parece que ya es tiempo de que reconozcas ese maldito hecho.
Lo contempló, alelada por la hondura en que fue capaz de enterrar la verdad.
-Piensa lo que quieras -exclamó, tan indignada que el aire salía de sus pulmones en jadeos-. ¡Pero suéltame! No soy una muñeca de trapo para que me zarandees cada vez que se te pega la gana.
-No -aceptó-. Eres una mujer dura y amargada que, por una razón torcida que sólo tú conoces, decides que lo que pasó aquí hace diez años fue culpa de todos, excepto tuya.
-Exacto-reconoció, tirando sin ningún resultado de su brazo-Dura, amargada y que no está disponible para nadie. . . ni para ti ni para que otro hombre me use de nuevo.
- ¿Y Kit? -insertó, seco-. ¿Dónde dejas al querido Kit? -se mofó.
-Lo dejo en el lugar que le corresponde -respondió, helada, con los ojos atormentados. - La excepción a una regla inquebrantable. Le pertenezco en cuerpo, corazón y alma. Y no a ti, ni a ti. . . ni a tus antiguos atractivos-afirmó, burlándose-. Esa relación jamás, jamás la echarás a perder.
Tiró otra vez de su brazo y él la soltó para que se aparten de su lado, temblando a tal grado, que apenas podía poner un pie frente al otro, al dirigirse hacia las escaleras.
-Sin embargo, al igual que yo, no necesitó casarse contigo para convertirte en su esclava incondicional... -se mofó Jay a espaldas de la joven y la profundidad del desprecio la obligó a volverse, sacudida por la crueldad que le demostraba-. Y, también al igual que yo, supongo, descubrió que podía tomar lo que se le antojaba sin molestarse por cumplir con convencionalismos absurdos, como una licencia de matrimonio.
-Correcto -concordó, sin aclararle nada y, no obstante, accediendo - a todo la que él quisiera creer-. Idéntico a ti, de muchas formas... excepto en la más importante -lo cubrió con su desdén-. Verás, Kit me ama. Para él soy la única persona en el mundo que importa y ni él, ni yo necesitamos pruebas, escritas o sociales, de que eso es verdad.
Algo se removió dentro de él y ella le sostuvo la mirada por un instante antes de seguir subiendo las escaleras.
- ¿Y este... este parangón de virtud sabe que abortaste?
Rebecca se quedó inmóvil, como si Jay le hubiera enterrado un puñal en la espalda.
- ¿O preferiste ocultar ese jugoso detalle de tu pasado? Pocos hombres disculpan la destrucción del ser humano, Rebecca. No concuerda con la visión en rosa que les gusta mantener de sus compañeras.
-Tú debes saberlo, Jay -se obligó a continuar ascendiendo, negándose -a mirarlo, en caso de que su control se quebrara y le enterrara las uñas en la cara-. Se supone que eres un hombre, después de todo.