Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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15. El nombre detrás de la puerta.
La voz volvió a pronunciar su nombre.
—Alma Montenegro.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Inés seguía de pie junto a la mesa, con una mano cubriéndole la boca y los ojos fijos en la puerta. Mateo había palidecido. Gael, en cambio, parecía haber olvidado cómo respirar.
Y yo…
Yo sentía que acababan de arrancarme el último pedazo de suelo que me quedaba.
Alma.
Mi hermana.
La niña de los dibujos, la que aparecía en las fotografías, la que había dejado cartas escondidas y cuyo nombre todos parecían conocer menos yo.
La niña que tal vez había regresado a casa en mi lugar.
—¿Quién está ahí? —pregunté.
Inés negó con la cabeza, casi imperceptiblemente.
—No abras.
—No pensaba hacerlo.
—No lo entendés, Abril. Si ese hombre vino hasta acá, es porque sabe que encontramos la carta.
—¿Y qué tiene de malo que la hayamos encontrado? ¿Qué dice que pueda asustarlo tanto?
Inés miró el sobre que yo todavía sostenía.
—Dice lo suficiente.
Los golpes volvieron a resonar.
Esta vez, más fuertes.
—No voy a repetirlo —dijo el hombre—. Abrí la puerta, Inés.
Gael se acercó a la entrada, pero Mateo lo sujetó del brazo.
—Esperá.
—¿Qué?
Mateo miró hacia la ventana. Después, hacia la puerta trasera.
—Si está solo, no vino a hablar. Y si no está solo, abrirle sería una estupidez.
—Por una vez, estoy de acuerdo con él —murmuró Gael.
—No me importa si están de acuerdo o no —intervine—. Quiero respuestas.
Me acerqué a Inés.
—¿Qué hiciste con la segunda pulsera?
Ella cerró los ojos.
—La guardé.
—¿Dónde?
—En un lugar donde nadie pudiera encontrarla.
—¿Por qué?
—Porque una de las niñas tenía que conservarla.
Miré la pulsera que descansaba sobre la mesa. Era pequeña, hecha con cuentas rojas y un hilo gastado. Parecía una de esas cosas que cualquier madre guardaría en una caja de recuerdos.
Sin embargo, Inés la observaba como si fuera una prueba capaz de condenarla.
—¿Cuál de las dos? —pregunté.
Sus labios temblaron.
—No lo sabía.
—¡Entonces, ¿por qué guardaste una y escondiste la otra?!
—¡Porque me dijeron que una de ustedes estaba en peligro!
Su grito me hizo retroceder.
Inés respiró con dificultad. Se llevó ambas manos al rostro y permaneció así durante varios segundos, intentando recomponerse.
Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.
—La noche del veinte de octubre, Elena llegó a mi casa con una niña. Me dijo que era Abril. Me pidió que no la dejara sola y que, si alguien preguntaba por Alma, respondiera que no la había visto.
—¿Y le creíste?
—Era tu madre.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Le creí porque estaba aterrada. Porque tenía las manos heladas y no dejaba de mirar hacia el camino. Porque cada vez que la niña preguntaba por su hermana, Elena empezaba a llorar.
Sentí una presión insoportable en el pecho.
—¿La niña recordaba algo?
Inés asintió lentamente.
—Recordaba una puerta. Una habitación oscura. Y una voz que le decía que no debía contar lo que había visto.
—¿La voz de quién?
—No lo sé.
—¿Y después?
—Después llegó la mujer del colgante.
Elena me había hablado de aquella mujer sin decir su nombre. Gael la había visto salir de la mansión. Mateo había asegurado que nos encontró cerca del río. Mara también la recordaba.
Siempre aparecía en el momento exacto en que alguien estaba a punto de descubrir algo.
—¿Qué hizo con la niña? —pregunté.
—Quería llevársela.
—¿Y vos la dejaste?
Inés me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—La niña no quería quedarse conmigo. Me decía que tenía que encontrar a alguien. Que había dejado a su hermana en algún lugar y que no podía abandonarla.
Tragué saliva.
—¿Qué hermana?
Inés no contestó.
No necesitaba hacerlo.
La respuesta estaba en todas partes: en las fotografías, en las cartas, en los dibujos y en aquella pulsera que parecía tener más importancia que nuestras propias vidas.
—¿Era Alma? —pregunté—. ¿La niña que estaba con vos era Alma?
Inés abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe seco en la parte trasera de la casa.
Mateo se volvió de inmediato.
Gael apagó la lámpara de la mesa.
La habitación quedó sumida en una penumbra azulada, iluminada apenas por la luz que entraba desde la calle.
—Hay alguien atrás —susurró Mateo.
—¿Cuántas personas conocen esta casa? —preguntó Gael.
—Muy pocas.
—¿Y cuántas saben que estamos acá?
Inés no contestó.
Mateo se acercó a la puerta trasera y miró por una pequeña abertura de la cortina.
Se apartó de golpe.
—Hay un auto.
—¿El de él? —pregunté.
—No. Otro.
Gael se acercó.
—¿Podés ver quién está adentro?
Mateo negó con la cabeza.
—Los vidrios están oscuros.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje nuevo.
Número desconocido.
«No dejes que Inés elija por tercera vez».
Lo leí en silencio.
Después levanté la vista.
—¿Qué significa esto?
Inés se quedó inmóvil.
No miró el teléfono.
No preguntó quién lo había enviado.
Simplemente se sentó en la silla más cercana, como si las piernas hubieran dejado de sostenerla.
—Inés —dije despacio—. ¿Cuántas veces elegiste?
Ella se tapó la boca.
—Una vez creí que estaba salvando a una de ustedes.
—¿Y la segunda?
No respondió.
—¿Qué hiciste la segunda vez?
Inés comenzó a llorar.
Y entonces comprendí que el hombre detrás de la puerta no era el único que había venido a impedir que descubriéramos la verdad.
La verdad también estaba sentada frente a mí.
Y llevaba diez años esperando que le hiciera la pregunta correcta.
—Voy a abrir —dije.
Mateo se interpuso en mi camino.
—Ni se te ocurra.
—No voy a quedarme encerrada acá mientras todos hablan de mí como si no estuviera presente.
—Ese hombre puede ser peligroso.
—¿Y qué querés que haga? ¿Que siga escondiéndome? ¿Que vuelva a mi casa y espere a que alguien me mande otra fotografía?
—Quiero que sigas viva.
Su respuesta me hizo callar.
Mateo no estaba intentando controlarme. Lo conocía lo suficiente para reconocer el miedo en sus ojos.
El mismo miedo que había visto en él la noche en que me confesó que me había llevado a la mansión Valdés.
El mismo miedo que había intentado ocultarme durante años.
—Mateo —susurré—, ¿qué recordás de esa noche?
Él bajó la mirada.
—Ya te lo conté.
—No. Me contaste lo que podías recordar. Quiero saber qué es lo que no querés recordar.
Su expresión cambió.
Gael se quedó quieto junto a la ventana, escuchando.
—Cuando era chico, me despertaba algunas noches creyendo que alguien estaba llamándome desde el jardín —dijo Mateo finalmente—. Mi padre decía que eran pesadillas.
—¿Y qué escuchabas?
—Una niña.
Se me erizó la piel.
—¿Qué decía?
Mateo tardó en responder.
—Mi nombre.
Un silencio incómodo se extendió entre nosotros.
—¿Y nunca saliste a buscarla?
—Una vez.
—¿Qué pasó?
Mateo apretó los puños.
—La encontré junto a la cerca. Estaba descalza y tenía la ropa mojada. Cuando me acerqué, me preguntó dónde estaba su hermana.
La habitación pareció inclinarse a mi alrededor.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—No sé si fue un recuerdo real o una pesadilla. Mi padre me encontró antes de que pudiera responderle. Me llevó adentro y me dijo que no volviera a hablar de esa niña.
—¿La viste bien?
—No.
—¿Por qué?
—Porque tenía el cabello sobre la cara. Pero cuando levantó la cabeza…
Mateo se interrumpió.
—¿Qué?
Me miró directamente.
—Tenía tus ojos.
No supe cómo reaccionar.
Gael apartó la vista de la ventana.
—¿Cuántos años tenías?
—Nueve.
—¿Y tu padre nunca volvió a mencionarlo?
—Nunca.
Me abracé a mí misma.
Una niña descalza junto a la cerca. La ropa mojada. Una pregunta sobre su hermana.
Una niña que podría haber sido Alma.
O yo.
—¿Y si una de nosotras nunca llegó a casa? —pregunté—. ¿Y si la que volvió estuvo viviendo con una familia que no era la suya?
—Entonces alguien tuvo que organizarlo —dijo Gael—. Alguien tuvo que cambiar documentos, ocultar información y convencer a todos de que no hicieran preguntas.
—La doctora Ferrer —murmuré.
—O alguien que utilizó su nombre.
Antes de que pudiera contestar, el hombre del otro lado de la puerta volvió a hablar.
—Última oportunidad, Inés.
Su voz ya no sonaba paciente.
—Sé que la carta está con ustedes. Sé que la niña encontró la pulsera. Y sé que Elena no les contó lo que ocurrió después del hospital.
Inés se puso de pie tan rápido que golpeó la mesa.
—¡Callate!
Todos nos volvimos hacia ella.
Nunca la había escuchado gritar de aquella manera.
Se acercó a la puerta, pero Gael la detuvo antes de que llegara.
—No le abra —le advirtió.
—¡No tenés idea de lo que estás haciendo!
—Entonces explicanos.
Inés intentó soltarse.
—¡No puedo!
—¿Por qué? —pregunté.
Ella me miró.
Durante un instante, vi algo distinto en sus ojos. No era solamente miedo.
Era culpa.
—Porque si digo la verdad, ustedes van a entender por qué una de las dos tuvo que desaparecer.
Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que apenas pude escuchar lo que vino después.
—¿Desaparecer? —repetí—. ¿De qué estás hablando?
Inés miró la caja de metal.
—La noche del diecisiete de octubre no fue la primera vez que intentaron separar a esas niñas. Antes de que Mara desapareciera, alguien ya había decidido que una de ustedes no debía existir.
Mateo se quedó inmóvil.
Gael soltó lentamente el brazo de Inés.
Yo sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Quién?
Inés abrió la boca.
Pero el sonido de un cristal rompiéndose en la cocina nos obligó a volvernos.
Una sombra cruzó el pasillo.
Después escuchamos pasos.
Rápidos.
Muy cerca.
Gael me sujetó del brazo y me apartó de la entrada. Mateo tomó la caja con los documentos mientras Inés corría hacia la cocina.
—¡No vayan por ahí! —gritó ella.
Demasiado tarde.
Una figura apareció al final del pasillo.
Llevaba ropa oscura y guantes. Su rostro estaba oculto por una capucha.
Pero cuando levantó la mano, vi algo que reconocí de inmediato.
Un anillo plateado en el dedo índice.
El mismo que llevaba el hombre que había visitado mi casa.
El mismo que había aparecido en el reflejo de las fotografías de la mansión.
—Dame la carta —ordenó.
Gael se colocó delante de mí.
—Vas a tener que explicar muchas cosas antes.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Vos no sos parte de esto, Ferrer.
Gael se tensó.
—¿Cómo sabés mi apellido?
El desconocido soltó una risa breve.
—Porque tu padre fue quien me presentó a la doctora.
Gael perdió el color del rostro.
Aproveché ese instante para retroceder hacia la sala, apretando la carta contra mi pecho. Mateo me siguió, pero antes de que llegáramos a la puerta, escuchamos la voz de Inés.
—¡No la toques!
Un ruido brusco.
Después, silencio.
Me volví.
Inés estaba en el suelo de la cocina, apoyada contra un mueble. No parecía gravemente herida, pero se sujetaba un brazo y tenía los ojos cerrados.
El hombre había desaparecido del pasillo.
La puerta trasera estaba abierta.
—¡Inés!
Corrí hacia ella.
Mateo me alcanzó y se arrodilló a mi lado. Gael salió al patio para comprobar si el desconocido seguía cerca.
Inés abrió los ojos.
—La carta… —murmuró.
La miré.
—La tengo.
—No. La otra.
Fruncí el ceño.
—¿Qué otra carta?
Inés intentó incorporarse.
—La que Alma dejó antes de irse.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—¿Alma estuvo acá esa noche?
Inés asintió débilmente.
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
Me agarró de la muñeca con una fuerza inesperada.
—Me pidió que te encontrara.
—¿A mí?
—A la verdadera Abril.
Dejé de respirar.
Inés abrió la boca para continuar, pero una vibración interrumpió el silencio.
Era su teléfono.
En la pantalla apareció una llamada entrante.
ELENA MONTENEGRO.
Mi madre.
Me quedé mirando el nombre, incapaz de moverme.
Mateo fue el primero en reaccionar.
—Atendé.
Deslicé el dedo sobre la pantalla y acerqué el teléfono al oído.
—¿Mamá?
Durante unos segundos solo escuché respiraciones.
Después, la voz de Elena llegó entrecortada, débil y urgente.
—Abril, escuchame con atención. No tengo mucho tiempo.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
—¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Quién te hizo esto?
—No importa. Tenés que salir de esa casa.
Miré a Inés.
—¿Por qué?
—Porque él ya llegó.
—¿Quién?
Mi madre guardó silencio.
Al fondo se escuchó una puerta cerrándose y una voz masculina que no logré reconocer.
—Mamá, por favor.
Elena volvió a hablar.
—Encontraste la carta, ¿verdad?
—Sí.
Su respiración se quebró.
—Entonces ya sabés que una de ustedes volvió a casa.
—No sé cuál soy.
Hubo una pausa.
Una pausa tan larga que pensé que la comunicación se había cortado.
Finalmente, mi madre susurró:
—Yo sí lo sé.
Me aferré al teléfono.
—Entonces decímelo.
—No puedo.
—¡Mamá, necesito saber quién soy!
Su voz se quebró.
—Sos mi hija, Abril. Siempre vas a ser mi hija.
—¡Eso no responde a mi pregunta!
Escuché un golpe al otro lado de la línea.
Después, mi madre pronunció unas palabras que nunca voy a olvidar.
—La niña que volvió a casa llevaba tu pulsera. Pero la niña que yo enterré…
Se interrumpió.
Una voz masculina gritó algo en segundo plano.
—Mamá, ¿qué pasó con la niña que enterraste?
Elena comenzó a llorar.
—No había nadie dentro del ataúd.
El mundo se detuvo.
No había habido ningún cuerpo.
No habían enterrado a Alma.
O quizá no habían enterrado a ninguna de las dos.
—Mamá…
—Buscá la segunda pulsera —susurró—. La verdadera Abril la dejó donde nadie se atrevería a mirar.
—¿Dónde?
Antes de responder, mi madre pronunció una última frase.
—En el lugar donde empezó todo.
La llamada se cortó.
Me quedé inmóvil, con el teléfono pegado al oído.
Mateo fue el primero en hablar.
—¿Qué quiso decir?
No pude responder.
Porque, de pronto, recordé el dibujo del cuaderno.
Dos niñas frente a una puerta negra.
Una estrella plateada.
Y una frase escrita con mi propia letra:
«Si una de nosotras sale, la otra tiene que quedarse».
El lugar donde empezó todo no era el hospital.
Tampoco la casa de Inés.
Era la mansión Valdés.
El sótano.
La puerta que nunca debimos abrir.
Gael regresó del patio con el rostro desencajado.
—El auto desapareció —dijo—. Pero dejó algo en la entrada.
Extendió la mano.
Sobre su palma descansaba una pequeña pulsera de cuentas rojas.
La segunda.
Y entre las cuentas había una etiqueta de papel con dos palabras escritas a mano.
«ABRIL. VERDADERA».
Miré la pulsera.
Después miré a Mateo.
Él estaba pálido, observándola como si acabara de reconocer algo que llevaba años intentando olvidar.
—Mateo —susurré—. ¿Qué pasa?
No contestó.
—¿La reconocés?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Finalmente, asintió.
—Sí.
—¿De quién era?
Mateo tragó saliva.
Y su respuesta terminó de destruir todo lo que creía saber.
—La llevaba la niña que encontré junto al río aquella noche.
Hizo una pausa.
—La que me preguntó dónde estaba su hermana.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Alma?
Mateo negó lentamente con la cabeza.
Me miró con una tristeza que jamás había visto en él.
—No, Abril.
Apretó la pulsera entre sus dedos.
—Esa niña eras vos.
Y entonces comprendí que quizá no había pasado diez años intentando recordar a mi hermana.
Quizá había pasado diez años intentando recordar mo había regresado yo.
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