Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 20
Capítulo 20. Lucía ha desaparecido
—¿Ya no me amas?
Nicolás lo preguntó en voz baja e intentó tomarle la mano.
Elena le apartó la suya de un manotazo seco.
—Señor Rivas, respétame —dijo con frialdad.
—¿Sigues enfadada?
—No estoy enfadada. Me das asco.
Tomó a Lucía de la mano y echó a andar. Nicolás volvió a cerrarle el paso.
—Quítate de en medio —le espetó.
Él intentó armarse de paciencia.
—Aquel día malinterpretaste lo que pasó entre Valeria y yo. Las cosas no fueron como tú...
—¿Lo malinterpreté? —lo cortó Elena—. ¡Te vi besarla con mis propios ojos y todavía me dices que lo malinterpreté! ¡Nicolás, ¿me crees idiota?!
—¡No paraba de llorar y por eso la besé! Fue un accidente, nada más.
Sin darse cuenta había alzado la voz. Se le notaba la impaciencia.
—¿Un accidente?
Elena no podía creer que hubiera pronunciado esas palabras.
Si al menos hubiera tenido el valor de admitir que la había engañado, habría conservado un poco de respeto por él.
Ahora solo sentía asco.
—Fuera un accidente o no, lo nuestro terminó.
Lo apartó de un empujón y se dispuso a salir.
En ese momento entró de golpe un grupo de hombres y mujeres. Alguien le dio un empujón brutal. Elena trastabilló hacia delante y cayó al suelo con un golpe sordo.
—¿Estás bien?
Nicolás se acercó deprisa, preocupado.
Ella lo ignoró. Se levantó soportando el dolor y se miró el brazo. Se había abierto la piel al caer. Empezaban a brotar pequeñas gotas de sangre.
—Voy a pedir una curita en la barra. Espérame aquí.
Él se alejó rápidamente, nervioso.
Elena no tenía intención de esperarlo.
Además, comparada con lo que había soportado, aquella herida no era nada.
Para evitar que siguiera molestándola, decidió marcharse con Lucía.
Pero cuando miró al lugar donde había estado la niña, ya no la vio.
¡Lucía había desaparecido!
—¡Lucía! ¡Luci!
Elena empezó a buscarla por toda la cafetería mientras la llamaba a gritos.
No la encontró por ninguna parte. Era como si se hubiera desvanecido en el aire.
—¿Qué pasa?
Nicolás había oído los gritos y se acercó deprisa.
—Cuando entró ese grupo de gente, ¿viste adónde se fue la niña que estaba conmigo? —preguntó Elena con urgencia.
—No. Seguramente se fue a jugar a algún sitio. Déjame atenderte el brazo primero.
No había la menor preocupación en su voz. Para Elena, en cambio, era como si el cielo se hubiera desplomado.
Lo agarró del cuello de la camisa con las dos manos.
—Si le pasa algo a Lucía, no te lo voy a perdonar.
—¿Y qué tengo que ver yo si le pasa algo?
—Si no hubieras insistido en retenerme, ya nos habríamos ido. ¡Así que vas a responder por todo!
Lo soltó con furia y salió corriendo de la cafetería.
Nicolás miró cómo se alejaba y estrujó la curita en la mano, rabioso.
Elena, ¿me hablas así por la hija de un guardaespaldas? ¿Acaso yo te importo menos que ella? ¡Te vas a arrepentir!
—¡Lucía ha desaparecido!
Elena irrumpió en la calle y les gritó a los guardaespaldas, que estaban fumando junto a la acera.
Sus expresiones cambiaron al instante. Se acercaron rápidamente.
—Señora, ¿qué ocurrió? —preguntó con respeto Martín León, el responsable del grupo.
—Íbamos a salir cuando entró un grupo de personas. Me empujaron y caí al suelo. Cuando me levanté, Lucía ya no estaba.
Elena relató lo ocurrido con calma. Martín dio órdenes de inmediato:
—Ustedes dos, revisen las cámaras de los alrededores. Ustedes dos, quédense en la entrada. Ustedes dos, busquen dentro. Y ustedes dos, vengan conmigo a revisar la grabación del local.
Elena volvió a entrar con él. Nicolás ya no estaba en la sala. No sabía adónde había ido ni tenía tiempo para averiguarlo.
Martín le explicó la situación al dueño. El hombre los condujo a la sala de vigilancia.
El guardaespaldas se sentó ante los monitores y buscó las imágenes de los momentos previos a la desaparición.
Los demás se agruparon detrás, con los ojos clavados en la pantalla.
Primero vieron a un hombre que no dejaba de cerrarle el paso a Elena. Después entró el grupo de hombres y mujeres. Luego, Elena cayó al suelo tras el empujón.
Y justo después...
¡Un hombre con gorra y cubrebocas se llevó a Lucía en brazos!
Elena miró la escena con tanto miedo que no se atrevía a respirar. Cuando Martín se levantó, preguntó con urgencia:
—¿Qué hacemos ahora?
—Déjenos esto a nosotros, señora. Enviaré a alguien para que la lleve a casa.
—¡No voy a volver! —se negó al instante—. ¡No me iré hasta que encontremos a Lucía!
No era por miedo a que los Montenegro la atacaran al regresar. La niña había desaparecido mientras estaba a su cargo. Tenía la responsabilidad y la obligación de encontrarla y llevarla de vuelta ella misma.
—Voy a informar al señor Montenegro. Si ordena que la llevemos por la fuerza, tendré que obedecer.
Martín marcó el número de Alejandro.
Elena lo observó sin apartar los ojos. Sentía el corazón en la garganta.
Alejandro era el tío menor de Lucía, pero desde la muerte de Adrián la trataba como a una hija propia.
No se atrevía a imaginar qué expresión tomaría aquel rostro siempre imperturbable cuando supiera que ella había perdido a la niña.
Seguro que sería aterradora.
—¿Sí?
La voz grave de Alejandro llegó en medio de aquella angustia.
A Elena le temblaron las pestañas.
Entonces oyó a Martín decir:
—Señor, la pequeña ha desaparecido.