Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.
Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.
Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.
Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.
Un falso heredero ocupa su lugar.
Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.
Antiguas familias empiezan a perseguirlo.
Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.
Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.
Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.
Pero existe un problema todavía mayor:
Su identidad no fue simplemente robada.
Fue dividida.
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El Portador
A las nueve y doce de la mañana, Shen Yuchen regresó a Vanguard.
No había dormido.
Gu Meilin permaneció unas horas más en la Casa Gu bajo supervisión de su abuelo.
Jian Mo se quedó con ella.
Wei Kuan había desaparecido apenas terminó el conflicto, llevándose una cantidad peligrosa de información.
Shen Guangdao regresó a la Casa Shen con demasiadas preguntas.
Yuchen llegó solo.
Tang Lian lo vio entrar.
—Pareces muerto.
—Todavía no.
—Eso no era un diagnóstico.
Xu Ke estaba frente a Meridian.
—Tenemos señal.
Yuchen se acercó.
La pantalla mostraba una línea que se desplazaba lentamente.
La porción de la llave extraída de Meilin no había desaparecido.
Meridian la rastreaba.
—¿Destino?
—No fijo.
—¿Entonces?
—Se está moviendo.
Yuchen frunció el ceño.
—¿Persona?
—Probablemente.
La señal estaba al norte.
Luego giró oeste.
Velocidad aproximada.
Treinta kilómetros por hora.
—Vehículo.
Tang asintió.
—O tren lento.
Yuchen observó.
—¿Podemos seguirlo?
—Mientras conserve esta intensidad.
—Hazlo.
El teléfono sonó.
Chen Bo.
—Tenemos cliente.
Yuchen tardó un segundo en recordar que Vanguard también era una empresa.
—¿Cuál?
—Hospital Qingyuan.
—¿Qué quieren?
—Optimización logística.
—Precio.
—Ciento ochenta mil.
—Acepta.
—Quieren descuento.
—No.
—Podemos perderlo.
—Entonces ofréceles implementación inicial sin costo, pero precio completo si logramos reducción de desperdicio superior al siete por ciento.
Chen guardó silencio.
—Eso podría funcionar.
—Hazlo.
Colgó.
Tang lo miró.
—¿Cómo puedes hablar de contratos ahora?
—Porque la deuda no desaparece cuando alguien intenta abrir una Puerta.
Ella sonrió.
—Extrañamente sensato.
Yuchen miró Vanguard.
Por primera vez desde que entró allí, sintió que aquello podía convertirse en algo real.
No un legado.
No un secreto.
Una estructura.
Pequeña.
Frágil.
Pero propia.
La señal se detuvo a las once.
Estación de carga norte.
Yuchen llamó a Jian.
—Encontramos al Portador.
—¿Seguro?
—No.
—Eso suena mejor.
—Ven.
Meilin habló al fondo.
—Yo también.
—No.
Silencio.
—¿Qué?
—Acabas de sobrevivir a una extracción.
—No eres mi médico.
—Tang sí.
Tang levantó la mano.
—Estoy de acuerdo con él.
Meilin respondió algo que Yuchen decidió no repetir.
—Descansa.
—Yuchen.
—Si la llave intenta volver a ti, necesitamos saber qué pasa lejos.
Eso la detuvo.
—Bien.
—Llama si tu cicatriz cambia.
—Sí.
La estación de carga estaba casi vacía.
Jian llegó primero.
Yuchen después.
Meridian en un dispositivo portátil.
La señal regresó.
Cien metros.
Ochenta.
Cincuenta.
Un autobús interurbano entró.
Personas bajaron.
Anciana.
Pareja.
Trabajador.
Una mujer con bebé.
Después un niño.
Once años, quizá.
Mochila roja.
Solo.
La señal aumentó.
Yuchen miró a Jian.
—Él.
—Demasiado joven.
El niño caminó directamente hacia ellos.
—¿Shen Yuchen?
Yuchen sintió la Segunda Resonancia golpear.
La fuerza casi le dobló las piernas.
Jian sacó media espada.
—¿Quién eres?
El niño miró la hoja.
—Mi maestro dijo que no confiara en hombres que sacan espada antes de preguntar.
Jian guardó lentamente.
—Ya me cae mal.
Yuchen se arrodilló ligeramente.
—Nombre.
—He Jun.
—¿Quién es tu maestro?
—He Qingsong.
Jian palideció.
Yuchen lo notó.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿De dónde?
—Luoshui.
El niño abrió la mochila.
Sacó una campana de bronce.
Vieja.
Grabada con círculos.
Jian dio un paso.
—Campana Luoshui.
He Jun se la entregó a Yuchen.
—El maestro dijo que sería tuya.
Yuchen no la tocó inmediatamente.
—¿Dónde está él?
El niño bajó la mirada.
—Murió ayer.
Otro muerto.
Otro hombre conectado con su pasado.
Yuchen sintió cansancio.
—¿Cómo?
—Dormido.
—¿Natural?
He Jun se encogió de hombros.
—Era viejo.
Jian respondió:
—He Qingsong sobrevivió a tres guerras de clanes.
El niño lo miró.
—También decía que eso no evita morir viejo.
Yuchen casi sonrió.
—¿Por qué te envió?
He Jun sacó una nota.
Escrita a mano.
Shen Yuchen:
Si recibes la campana, significa que ya encontraron la segunda llave.
No vengas a Luoshui.
El muchacho que buscas ya no está allí.
Encuentra primero a quien lleva la tercera resonancia.
Yuchen leyó otra vez.
—Tercera resonancia.
Jian miró.
—Eso contradice todo.
—No necesariamente.
He Jun señaló la nota.
—Hay más detrás.
Yuchen giró.
NO CONFÍES EN EL POZO SHEN.
Silencio.
Jian soltó una maldición.
—Ahora también el Pozo miente.
Yuchen negó.
—No necesariamente.
—¿Entonces?
—Puede mostrar verdad incompleta.
Recordó:
Tres portadores.
Una sangre.
Dos resonancias.
Quizá interpretaron “tres portadores” como tres hombres vinculados a sangre Shen.
Tal vez no.
—He Jun.
—¿Sí?
—¿Vivías con alguien más?
El niño asintió.
—Mi hermano.
—¿Nombre?
—He Liang.
—¿Hermano de sangre?
—No.
—Edad.
—Dieciocho.
Yuchen y Jian se miraron.
—¿Dónde está?
—Desapareció hace seis meses.
La fecha.
La misma época de la carta de Shen Jianhong.
—¿Tu maestro dijo por qué?
—No.
—¿Dejó algo?
He Jun volvió a la mochila.
Sacó una fotografía.
Un joven delgado.
Dieciocho años.
Rostro desconocido.
Detrás, montañas.
Y un hombre.
Yuchen sintió que el mundo se detenía.
Shen Jianhong.
Su padre.
Jian tomó la fotografía.
Sus manos temblaron apenas.
—Es él.
—¿Cuándo?
He Jun respondió:
—Hace seis meses.
La imagen era reciente.
Mucho más reciente que cualquier prueba anterior.
Yuchen dio vuelta.
Una frase.
Yuchen:
Si ves esto, ya no puedo proteger a He Liang.
Encuéntralo antes de abrir la Segunda Puerta.
No permitas que las tres resonancias se reúnan.
—Jianhong
Yuchen sintió un frío profundo.
Tres resonancias.
No dos.
—Jian.
—Lo veo.
—Todo lo que sabemos sobre Doble Umbral dice dos.
—Entonces alguien mintió.
—O algo cambió.
He Jun habló:
—Mi maestro decía que eran tres.
Ambos lo miraron.
—¿Qué exactamente?
—Tres niños.
Yuchen sintió que el aire se detenía.
—¿Tres?
—Sí.
—¿He Liang estaba allí cuando éramos niños?
—No sé.
—¿Qué te dijo He Qingsong?
El niño trató de recordar.
—Que dos niños tenían nombres.
El tercero no.
El Portador Sin Nombre.
Yuchen recordó el dibujo.
Nueve figuras.
Una posición central.
—¿He Liang es el Portador?
He Jun negó.
—El maestro nunca lo llamaba así.
—¿Cómo?
—La Llave.
Jian exhaló.
—Esto empeora.
Yuchen pensó.
Guardiana.
Portador.
Llave.
No eran la misma función.
Habían mezclado términos.
Alguien había hecho que parecieran lo mismo.
—He Jun.
—¿Sí?
—¿Tienes dónde quedarte?
—No.
—Entonces vienes conmigo.
Jian lo miró.
—¿A Vanguard?
—Sí.
—¿Convertiremos la empresa en orfanato?
—Solo uno.
El niño preguntó:
—¿Hay comida?
Yuchen respondió:
—Sí.
—Entonces voy.
En Vanguard, He Jun devoró dos platos de comida.
Tang Lian lo examinó.
No encontró nada anormal.
Hasta que Meridian lo escaneó.
La pantalla se llenó de señales.
Tang se quedó inmóvil.
—Eso no es posible.
Yuchen se acercó.
—Esa frase vuelve demasiado.
—Mira.
Patrón principal.
No coincidía con Yuchen.
Ni Meilin.
Ni ninguna de las nueve firmas almacenadas.
—¿Qué es?
Tang amplió.
—Parece almacenamiento.
—¿De qué?
—No sé.
La campana Luoshui reaccionó.
Una onda salió.
Meridian dibujó una silueta.
Puerta blanca.
He Jun se agarró al pecho.
—Otra vez.
Yuchen se arrodilló.
—¿Qué?
—El sueño.
—¿Qué sueño?
—La mujer.
—¿Qué mujer?
—La que está detrás de la puerta.
—¿Habla?
—Sí.
—¿Qué dice?
He Jun miró directamente a Yuchen.
—Que la saques.
La sala quedó en silencio.
—¿De dónde?
El niño señaló su pecho.
La campana volvió a sonar.
Una sola vez.
Yuchen sintió la Segunda Resonancia.
Pero no hacia He Jun.
Hacia algo dentro de él.
La pantalla mostró:
PATRÓN DE LLAVE SECUNDARIA DETECTADO.
Tang dijo:
—No es el Portador.
—¿Entonces?
—Es un recipiente.
Jian entendió.
—He Qingsong escondió algo dentro del niño.
Yuchen apretó mandíbula.
Otra vez utilizando niños.
—¿Podemos sacarlo sin dañarlo?
Tang dudó.
—No sé.
He Jun escuchó.
—¿Me van a matar?
Yuchen respondió sin pensarlo.
—No.
El niño lo observó.
—Mi maestro dijo que algunas personas dirían eso antes de intentarlo.
Yuchen no supo qué responder.
Finalmente:
—Entonces tendrás que decidir si me crees por lo que haga, no por lo que diga.
He Jun asintió.
Eso parecía suficiente.
Horas después, Gu Meilin llegó.
Vio al niño.
La cicatriz de su muñeca reaccionó.
He Jun también.
La porción faltante de la llave no había ido a él directamente.
Había despertado algo que ya estaba almacenado.
Meilin se acercó.
—¿Qué sientes?
—Frío.
—¿Desde cuándo?
—Ayer.
Yuchen recordó la extracción.
Exacto.
La transferencia incompleta había activado al niño.
Pero si He Jun no era He Liang...
¿por qué tenía algo?
—Tu maestro —preguntó Meilin—, ¿te hizo algún procedimiento?
—Cuando era pequeño.
—¿Qué edad?
—No sé. Cinco.
Yuchen y Meilin se miraron.
Cinco.
La edad de Yuchen cuando murió Shen Lihua.
Demasiadas cosas ocurrían a los cinco.
He Jun añadió:
—Me hizo prometer que nunca aprendería cultivación.
Yuchen sintió un eco de sí mismo.
No abrir.
No entrenar.
No ser encontrado.
—¿Por qué?
—Dijo que si algo dentro de mí despertaba, alguien sabría dónde estaba.
Silencio.
Yuchen miró Meridian.
—Alguien.
No las Puertas.
No una Casa.
Alguien.
El sistema lanzó alerta.
Una señal externa.
No de He Jun.
No de Meilin.
Otra.
Similar.
A unos cuarenta kilómetros.
Xu Ke amplió.
—Es la misma clase de patrón.
—¿He Liang?
—Tal vez.
La ubicación se movía.
Hacia el centro de Lóngchéng.
Yuchen sintió algo.
El teléfono de He Jun vibró.
Un aparato viejo.
Nadie sabía que lo tenía.
Mensaje.
Una foto.
He Liang.
De pie frente a un edificio.
Sobre la entrada:
Nueve estrellas alrededor de una corona vacía.
El símbolo que había aparecido desde el primer día.
El remitente escribió:
TRAIGAN A SHEN YUCHEN.
Segundo mensaje:
SOLO.
Tercero:
O LA TERCERA LLAVE SERÁ ABIERTA SIN ÉL.
Yuchen miró la fotografía.
Por primera vez el enemigo oculto dejaba de observar.
Había hecho una invitación.
Jian Mo preguntó:
—¿Irás?
Yuchen guardó el teléfono.
—Sí.
Meilin abrió la boca.
Él añadió:
—Pero no solo.
Jian sonrió.
—Ahora sí estás aprendiendo.
Yuchen observó el símbolo.
Durante ocho años alguien había esperado.
Han había muerto.
He Qingsong también.
Su padre estaba vivo pero oculto.
La Casa Yu había sido borrada.
Y un joven de dieciocho años que posiblemente llevaba la tercera resonancia estaba en manos de quienes habían iniciado todo.
El contador seguía:
97 DÍAS.
Pero Yuchen comprendió que ya no importaba.
El enemigo había decidido acelerar el juego.