Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una propuesta horrible
Hay algunas cosas que una aprende a reconocer con los años.
El sonido de la lluvia antes de que empiece.
La voz de tu madre cuando está a punto de pedirte un favor.
Y la sonrisa de tu madre cuando está a punto de hacer algo que probablemente vas a lamentar.
Yo reconocía perfectamente las tres.
Por eso, cuando entré a casa aquella tarde y vi a mi madre sentada en el sofá junto a su mejor amiga, supe inmediatamente que algo no estaba bien.
No era la presencia de Clara lo que me preocupaba.
Era la sonrisa de ambas.
Demasiado amplia.
Demasiado inocente.
Demasiado sospechosa.
Me quedé parada junto a la puerta, todavía con el bolso colgado del hombro.
—¿Qué hicieron?
Mi madre frunció el ceño.
—¿Por qué supones que hicimos algo?
—Porque están sonriendo.
—¿Y?
—Mamá, tú nunca sonríes así cuando no hiciste nada.
Clara soltó una carcajada.
—Te conoce demasiado bien.
—Lamentablemente —murmuré.
Dejé el bolso sobre una silla y me quité la campera.
Entonces escuché una voz desde el otro lado de la sala.
—Qué recibimiento tan cariñoso.
Me quedé inmóvil.
No.
No podía ser.
Giré lentamente la cabeza.
Y ahí estaba.
Knox
Sentado en el sillón como si aquella fuera su casa.
Una pierna estirada sobre la mesa de centro, los brazos cruzados y esa expresión tranquila que llevaba años perfeccionando exclusivamente para sacarme de quicio.
Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado, como si hubiera pasado una mano por él sin preocuparse demasiado por el resultado. Siempre había sido así. Demasiado relajado. Demasiado seguro de sí mismo.
Y, por supuesto, demasiado consciente de que era guapo.
Lo peor era que lo sabía.
Mi día acababa de empeorar.
—¿Qué hace él aquí?
Knox arqueó una ceja.
—También me alegra verte, Blair .
—No estaba hablando contigo.
—Pero yo sí estaba hablando contigo.
—Qué desgracia.
—La desgracia eres tú.
Su tono era tan tranquilo que daban ganas de golpearlo.
Ese era su talento.
Podía insultarte sin levantar la voz, sin perder la sonrisa y sin parecer mínimamente alterado.
Yo, en cambio, tenía la mala costumbre de dejar que todo se me notara en la cara.
Y él disfrutaba demasiado de eso.
Mi madre suspiró.
—¿Podrían comportarse como adultos?
Nos miramos.
—No —respondimos al mismo tiempo.
Clara volvió a reírse.
Aquello no tenía ninguna gracia.
Me senté en el extremo opuesto del sofá, lo más lejos posible de Knox.
Él me observó durante unos segundos.
—Sigues siendo dramática.
Giré la cabeza.
—Y tú sigues siendo insoportable.
—Qué alivio. Pensé que habías cambiado.
—No todos tenemos la necesidad de empeorar con los años.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Ahí estás.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Entonces deja de sonreír.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque te enojas muy fácil.
Apreté la mandíbula.
Clara miró a mi madre.
—Definitivamente siguen igual.
—No somos iguales —dije.
—Nunca fuimos iguales —añadió Knox.
Lo miré.
—Por una vez dijiste algo inteligente.
—No te emociones.
Mi madre se llevó una mano a la frente.
—Dios mío.
Me crucé de brazos.
—¿Para qué me llamaste?
Mi madre intercambió una mirada con Clara.
Ahí estaba otra vez.
La sonrisa.
La misma sonrisa que había visto desde la puerta.
—Queríamos hablar con ustedes.
—¿Sobre qué?
—Sobre sus vidas.
Entrecerré los ojos.
—Mi vida está perfectamente bien.
—La mía también —añadió Knox.
Lo miré.
—Nadie te preguntó.
—Tú tampoco preguntaste si quería hablar.
—Porque no me interesa.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Por una vez.
Mi madre suspiró.
Clara, en cambio, parecía estar disfrutando muchísimo de aquello.
—Son exactamente iguales a cuando eran niños.
—No somos iguales —dijimos nuevamente al mismo tiempo.
Nos miramos.
Knox sonrió.
—Eso fue incómodo.
—Cállate.
—Hazme callar.
—¿Quieres que lo haga?
—Inténtalo.
Me incorporé un poco.
Mi madre dio una palmada.
—¡Basta!
Los dos nos quedamos callados.
Por unos segundos.
—Bien —continuó ella—. Ahora que tengo su atención…
Algo dentro de mí comenzó a sospechar.
—No me gusta cómo suena eso.
—A mí tampoco —dijo Knox.
Mi madre ignoró ambos comentarios.
—Clara y yo estuvimos hablando.
—Eso nunca termina bien —murmuré.
—Y pensamos que sería bueno que ustedes dos…
Hizo una pausa.
Demasiado larga.
La miré fijamente.
—¿Qué?
Mi madre sonrió.
—Tuvieran una cita.
Silencio.
Creo que incluso el reloj de la sala dejó de funcionar durante unos segundos.
Parpadeé.
Una vez.
Dos.
Miré a mi madre.
Después a Clara.
Después a Knox.
Él parecía tan confundido como yo.
—¿Una qué? —pregunté.
—Una cita.
—Escuché perfectamente la palabra. Estoy preguntando si estás bien.
Clara se rio.
—Estamos hablando en serio.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Mamá, ¿te golpeaste la cabeza?
Knox se aclaró la garganta.
—Yo también quiero dejar constancia de que considero esto una pésima idea.
—Gracias —dije—. Por fin dijiste algo inteligente.
Él me miró con esa calma irritante.
—No te emociones.
Mi madre nos observó con una paciencia que no entendía de dónde sacaba.
—Solo una cita.
—No.
—Una cena —añadió Clara.
—No.
—Un café.
—No.
—Una salida corta.
—No.
—Dos horas.
—No.
Mi madre me miró.
—¿Podrías dejar de decir que no antes de que terminemos?
—Podría.
—Gracias.
—No.
Nicolás soltó una risa.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Te estás riendo.
—Porque por una vez no soy el único que está sufriendo.
—Puedo hacer que seas el único.
—Ahí está.
Mi madre suspiró.
—Escuchen. No estamos intentando obligarlos a casarse.
—Qué alivio —murmuré.
—Solo queremos que salgan una vez.
Clara asintió.
—Hace años que se conocen.
—Precisamente —respondí.
Knox inclinó ligeramente la cabeza.
—Ese es un argumento bastante malo.
Lo miré.
—¿Tú de qué lado estás?
—Del mío.
—Cobarde.
—Práctico.
Mi madre volvió a hablar.
—Y quizá podrían descubrir que…
Hizo una pausa.
—¿Qué?
—Que no se odian tanto como creen.
Knox soltó una carcajada.
Yo lo miré.
—¿Qué te causa tanta gracia?
—La idea de que tú y yo no nos odiamos.
—Nos odiamos.
—Muchísimo.
—Perfecto.
—Gracias por confirmarlo.
Me volví hacia nuestras madres.
—¿Ven? No funciona.
Mi madre no parecía convencida.
—Una sola cita.
—No.
—Una.
—No.
—Y si después de esa cita siguen queriendo mantenerse alejados, no volveremos a mencionarlo.
Eso consiguió que me quedara pensando.
Una cita.
Solo una.
Podía soportarlo.
Podía pasar dos horas con Knox.
Después volvería a mi vida normal.
Además, había algo que me molestaba.
Él estaba demasiado tranquilo.
Como si estuviera convencido de que yo iba a rechazarlo.
No iba a darle ese gusto.
Me crucé de brazos.
—Bien.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Bien?
—Una cita.
Knox giró la cabeza hacia mí.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Conmigo?
—No te emociones. No es por ti.
—Perfecto. Porque yo tampoco lo hago por ti.
—Excelente.
—Excelente.
Nos quedamos mirándonos.
Él tenía una pequeña sonrisa en los labios.
Esa sonrisa.
La odiaba.
Porque normalmente significaba que estaba a punto de hacer algo que me iba a molestar.
Mi madre sonrió.
Clara también.
Demasiado.
—Entonces está decidido —dijo mi madre.
—Una cita —repitió Clara.
Yo asentí.
—Una.
Knox levantó un dedo.
—Una.
—Y después cada uno sigue con su vida.
—Exactamente.
Mi madre parecía estar intentando esconder una sonrisa.
—Claro.
La miré.
—¿Por qué sonríes?
—Por nada.
—Mamá.
—Solo estoy feliz.
—No deberías.
Ella se levantó y caminó hacia la cocina.
—La cena puede ser el viernes.
Me quedé mirándola.
—¿La cena?
—Sí.
—¿Ya elegiste el día?
—Por supuesto.
—¿Y el restaurante?
—También.
Me giré lentamente hacia Knox.
—Esto estaba planeado.
Él sonrió.
—Te dije que era una mala idea.
—No te hagas el inteligente.
—Nunca dije que fuera inteligente.
—Eso sí te lo creo.
Knox se levantó del sillón.
Era un poco más alto que yo, algo que siempre había aprovechado para molestarme cuando éramos niños. Ahora seguía haciéndolo, aunque ya no necesitaba agacharse para hablarme.
Pasó junto a mí y se detuvo.
—Viernes, entonces.
—Viernes.
—No llegues tarde.
Lo miré con incredulidad.
—¿Perdón?
—No pienso esperarte.
—Yo nunca llego tarde.
Sonrió.
—Claro.
—¿Qué significa ese “claro”?
—Nada.
—Dilo.
—Nos vemos el viernes.
Se alejó antes de que pudiera responderle.
Lo observé salir por la puerta.
—Idiota —murmuré.
—Te escuché —gritó desde afuera.
—Era la intención.
Mi madre apareció detrás de mí.
—¿Ves? No fue tan difícil.
Me giré.
—Mamá.
—¿Sí?
—Si esta cita sale mal, será tu culpa.
Ella sonrió.
—¿Y si sale bien?
Me quedé callada.
Porque, por alguna razón, esa posibilidad me molestó mucho más.
—No va a salir bien.
Mi madre no respondió.
Solo sonrió.
Y en ese momento comprendí algo.
Había aceptado una cita con el único hombre del planeta al que llevaba diez años asegurando que no soportaba.
Knox.
El idiota que conocía desde los diez años.
El mismo que podía hacerme perder la paciencia con una sola mirada.
El mismo al que había jurado no volver a soportar jamás.
Y lo peor de todo…
él parecía demasiado tranquilo al respecto.
Eso nunca era una buena señal.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono