Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
NovelToon tiene autorización de Kiary Valverde para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: Una nueva enemiga
El Rey
La embajada del Reino del Sol Naciente no traía intenciones de paz, traía un troyano envuelto en seda.
Su llegada al palacio fue anunciada con trompetas de plata y una comitiva de más de cien guardias. A la cabeza marchaba la princesa Sora, una mujer de belleza fría y pulida como el jade, cuyos ojos calculadores revelaban una ambición demasiado familiar. La nobleza del imperio, desesperada por encontrar una vía de escape tras la purga de los ministros de Comercio y Justicia, vio en ella su última tabla de salvación.
Los ministros supervivientes, reunidos en las sombras, habían cerrado un pacto con el reino lejano: si la princesa lograba ingresar al harén como concubina de alto rango, el Consejo utilizaría la influencia de su ejército extranjero para acorralar mi autoridad desde adentro.
Sora no venía a ser una esposa; venía a ser el caballo de Troya de la nobleza.
En la reunión a puerta cerrada en mi despacho, las cuatro mujeres y Felipe observaban el mapa del imperio vecino.
—Es una estrategia burda, pero peligrosa —analizó Amira, cruzada de brazos frente al ventanal—. Si rechazamos la propuesta de matrimonio político de forma abierta, el reino vecino tendrá la excusa perfecta para declararnos la guerra en las fronteras mientras el Consejo inicia una rebelión interna.
—Déjenla entrar —propuso Lyra con una sonrisa felina, agitando su abanico con gracia—. Un enemigo dentro del palacio es mucho más fácil de vigilar que un ejército en la frontera. Permítanle creer que su belleza y sus artes de seducción están surtiendo efecto. Yo me encargaré de filtrarle información falsa para que crea que está manipulando la corte.
—Aceptaremos la alianza —sentencié, mirando a las cuatro—. Que los ministros celebren su 'victoria'.
A partir de ese día, el palacio se convirtió en un escenario de teatro.
Frente al Consejo y las damas de la corte, fingí un interés desmedido por la princesa Sora.
Le concedí audiencias privadas en los jardines, le envié regalos de la tesorería y permití que caminara a mi lado durante las recepciones oficiales. Los ministros sonreían en los pasillos, convencidos de que el 'rey tirano' finalmente había caído bajo el hechizo de una mujer extranjera y que el harén estaba perdiendo su poder.
Para la nobleza era un triunfo categórico. Para ellas cuatro y para mí, solo era un movimiento más en el tablero.
Sin embargo, interpretar este papel requería un precio que me quemaba el pecho por dentro.
Cada vez que la princesa Sora se acercaba a mí, intentando rozar mi brazo o buscando mi mirada con coquetería ensayada, un peso aplastante se me instalaba en el estómago.
Sentía que le estaba fallando a la única mujer que habitaba en mis recuerdos más profundos. A aquella muchacha sin rostro cuyo recuerdo me había mantenido con vida en la penumbra de las mazmorras; la razón por la que libraba esta guerra sanguinaria.
En más de una ocasión, mientras Sora me hablaba con voz melosa sobre las virtudes de su reino, me resultaba casi imposible sostenerle la mirada. Tenía que desviar los ojos hacia los ventanales o mantener el rostro frío, luchando por no apartarla de un empujón.
Mi mente rechazaba cada segundo de ese teatro, pero el deber hacia el imperio y el plan de mis aliadas me obligaban a mantener la máscara.
El día de la ceremonia llegó.
El Gran Salón de los Espejos estaba decorado con los estandartes dorados del Reino del Sol Naciente y la seda roja del imperio. La nobleza asistió en pleno, vistiendo sus mejores galas, convencida de que esa noche marcaba el principio del fin para el reinado absoluto del monarca.
La princesa Sora avanzó por la alfombra ceremonial vistiendo un majestuoso túnico de bodas. Aceptó el juramento de fidelidad a la corona y, mediante el decreto imperial, fue nombrada oficialmente Concubina Real, situada jerárquicamente solo un peldaño por debajo de la Reina Consorte, Amira.
Los aplausos de los ministros resonaron en la nave central del salón, ebrios de una falsa sensación de triunfo. Creían que habían colocado a su peón en el corazón del palacio.
Al lado del trono, paradas en silencio como sombras imperiales, las cuatro mujeres observaban la escena.
Amira mantenía la cabeza en alto con la altivez impecable de una verdadera soberana, sin inmutarse ante la presencia de la recién llegada.
Alessia, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada, no perdía de vista los movimientos de los guardias extranjeros de la princesa.
Lyra intercambiaba miradas de complicidad con Daría, quien ya tomaba nota mental de las arcas y dotes que la comitiva de la princesa había traído consigo.
Para la corte, la llegada de la nueva concubina era el quiebre de la guardia del rey.
Para nosotros, la trampa acababa de cerrarse. La princesa Sora acababa de cruzar las puertas del palacio, sin saber que había entrado directamente al matadero.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado