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La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: Sangre y Traición

Me desperté con el sabor de sus labios aún en los míos.

La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados. Por un momento, antes de que los recuerdos de la noche anterior me golpearan, me permití flotar en esa niebla cálida entre el sueño y la vigilia. El beso. Sus manos en mi cintura. La forma en que el mundo se había desvanecido.

Luego, todo volvió. La capilla. Kael. El colgante. La verdad sobre mi familia.

Me incorporé de golpe, llevándome una mano al pecho. El colgante seguía allí, oculto bajo el camisón, frío contra mi piel. Suspiré aliviada. No había sido un sueño.

Me levanté y caminé hacia el espejo. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas, el cabello revuelto. Parecía... viva. Diferente. Como si algo hubiera despertado dentro de mí durante la noche.

Mi loba. Podía sentirla ahora, más cerca de la superficie que nunca. Su presencia era un calor en mi pecho, un latido adicional que resonaba con el del bebé. Dos vidas dentro de mí, dos fuerzas que me empujaban hacia adelante.

Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos.

—Señora —llamó Marta desde el otro lado—. El Alfa la espera en el despacho. Dice que es urgente.

Urgente. La palabra me heló la sangre. ¿Habría descubierto mi escapada nocturna? ¿Sospechaba algo?

Me vestí rápidamente, eligiendo un vestido de manga larga color borgoña que ocultaba el colgante bajo la tela. No era mucho, pero me hacía sentir más segura. Como si la tela pudiera protegerme de lo que fuera que me esperaba.

Marta me esperaba en el pasillo, con una expresión que mezclaba curiosidad y preocupación.

—¿Pasa algo? —pregunté, mientras caminábamos hacia el despacho.

—No lo sé, señora —admitió Marta—. Pero el Alfa tiene visita. Su hermano.

Su hermano. Las palabras de Alexander de la noche anterior resonaron en mi mente: Mis hermanos no son mis aliados. Son mis rivales.

—¿Cómo se llama? —pregunté, intentando mantener la calma.

—Dorian Vance —dijo Marta, y su tono dejaba claro que no era una buena noticia—. El segundo hijo del Alfa anterior. El hermano que... —Vaciló.

—¿El hermano que qué? —Insistí.

—El hermano que siempre ha querido el trono —susurró Marta—. Y que no se detendrá ante nada para conseguirlo.

El despacho de Alexander estaba en silencio cuando llegué. La puerta estaba entreabierta, y desde el pasillo podía oír voces. Una era la de Alexander, profunda y controlada. La otra era más aguda, más afilada, con un tono que destilaba veneno.

—...no puedes simplemente casarte con una mestiza y esperar que la manada lo acepte —decía la voz—. Es una vergüenza. Una afrenta a nuestra sangre.

—Mi decisión es final —respondió Alexander, con una calma que no ocultaba la amenaza bajo la superficie—. Elena será mi Luna. Y tú la respetarás.

—¿Respetarla? —La voz soltó una risa amarga—. Hermano, esa mujer es una don nadie. Una humana criada por granjeros. ¿Qué puede ofrecerle a nuestra manada?

—Un heredero —dijo Alexander, y el silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo.

Empujé la puerta y entré.

La habitación estaba cargada de tensión. Alexander estaba de pie detrás de su escritorio, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Frente a él, sentado en el sofá de cuero como si fuera suyo, estaba un hombre que compartía su rostro pero no su esencia.

Dorian Vance era más delgado que Alexander, con el cabello rubio oscuro en lugar de negro, y ojos de un azul glacial que me recorrieron de arriba abajo con un desprecio que no se molestó en ocultar.

—Así que esta es la famosa mestiza —dijo, sin levantarse—. Debo admitir que esperaba... más.

—Dorian —dijo Alexander, con una voz que era puro acero—. Te presento a Elena Reed, mi prometida. Elena, este es mi hermano, Dorian.

—Encantada —dije, sin extender la mano.

Dorian sonrió. Fue una sonrisa fea, llena de dientes.

—La encantada soy yo —dijo, imitando mi tono—. Por fin conozco a la mujer que ha hechizado a mi hermano. Debo decir que no impresiona.

—Dorian —advirtió Alexander.

—¿Qué? —Dorian se levantó, estirándose con la gracia perezosa de un felino—. Solo digo la verdad. Esta mujer no es digna de ser la Luna de la Sangre de Acero. No tiene linaje, no tiene poder, no tiene nada.

—Tiene mi protección —dijo Alexander, y su voz era tan fría que incluso yo sentí un escalofrío.

—Tu protección —repitió Dorian, con desdén—. ¿Y cuánto crees que durará cuando la manada descubra lo que es? Una mestiza. Una impostora. Una...

—Basta —dije, y mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba.

Ambos hermanos me miraron. Alexander con sorpresa. Dorian con algo que podría haber sido diversión.

—La señorita tiene carácter —dijo Dorian—. Qué adorable.

—No soy una señorita —dije, dando un paso hacia él—. Y no soy una impostora. Soy la futura Luna de esta manada, y te sugiero que me trates con el respeto que mi posición merece.

Dorian arqueó una ceja.

—¿Tu posición? —Se giró hacia Alexander—. ¿Le has contado lo que le pasa a las mestizas que intentan ocupar un lugar que no les corresponde?

—Dorian —gruñó Alexander, pero su hermano lo ignoró.

—Se les despoja de todo —continuó Dorian, con una sonrisa cruel—. Se les destierra. O peor. —Se acercó a mí, tan cerca que podía oler su colonia barata—. Algunas simplemente... desaparecen.

—Si alguien va a desaparecer aquí —dije, mirándolo directamente a los ojos—, no seré yo.

El silencio que siguió fue absoluto. Dorian me miró con una mezcla de sorpresa y rabia. Alexander me miró con algo que no supe interpretar.

—Eres interesante —dijo Dorian finalmente, apartándose—. Lo admito. Pero eso no cambiará nada. —Se giró hacia Alexander—. La manada no aceptará esto. El consejo se reunirá. Y cuando lo haga, no podrás protegerla.

—Entonces me aseguraré de que no sea necesario —dijo Alexander—. Ahora vete. Tengo cosas que discutir con mi prometida.

Dorian se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y me miró una última vez.

—Cuídate, Elena —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Los caminos de esta manada están llenos de espinas. Y tú... —Hizo una pausa—. Tú no llevas zapatos.

Y se fue, dejando tras de sí un rastro de hostilidad que impregnaba el aire.

En cuanto la puerta se cerró, Alexander se giró hacia mí.

—¿Estás bien? —preguntó, con una voz más suave de lo que esperaba.

—Estoy bien —dije, aunque mis manos temblaban—. ¿Siempre es así?

—Dorian es... complicado —admitió Alexander, pasándose una mano por el cabello—. Pero no te preocupes por él. No se atreverá a hacer nada mientras yo esté cerca.

—¿Y cuándo no estés cerca? —Pregunté.

Alexander no respondió. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Hay algo que debes entender sobre mi familia —dijo, caminando hacia la ventana—. Los Vance no somos como otras manadas. No hay lealtad entre nosotros. No hay amor. Solo poder. Mi padre nos crió para que nos destruyéramos unos a otros, para que solo el más fuerte sobreviviera.

—¿Y tú sobreviviste? —Pregunté.

—Sobreviví —dijo, con una sonrisa amarga—. Pero no sin costo.

—¿Qué costo?

Alexander se giró, y por un momento, vi algo en sus ojos que nunca había visto antes. Dolor. Dolor puro y crudo, como una herida que nunca había sanado.

—Mi madre —dijo—. La desterré cuando tenía dieciséis años. Mi padre me ordenó hacerlo, y yo... —Tragó saliva—. Yo lo hice. La envié al exilio, sabiendo que no sobreviviría sola. Y nunca volví a verla.

El silencio entre nosotros fue pesado, cargado de años de culpa y arrepentimiento.

—¿Por qué? —Pregunté, con la voz apenas un susurro.

—Porque era lo que tenía que hacer —dijo Alexander, con amargura—. Porque si no lo hacía, mi padre me habría matado a mí. Y yo era demasiado cobarde para morir.

Me acerqué a él, sin saber qué decir. No había palabras para eso. No había consuelo para un dolor tan antiguo.

—Lo siento —dije finalmente.

—No lo sientas —respondió Alexander, apartando la mirada—. No merezco tu compasión.

—Todos merecemos compasión —dije, tocando su brazo—. Incluso los monstruos.

Alexander me miró, y por un momento, la máscara de Alfa frío y controlado se resquebrajó. Debajo había un hombre roto, un niño asustado que había crecido demasiado rápido en un mundo demasiado cruel.

—¿Por qué me miras así? —Preguntó, con una voz ronca.

—¿Cómo? —Pregunté.

—Como si no fuera un monstruo —dijo—. Como si viera algo en mí que ni yo mismo veo.

—Porque lo veo —dije, con sinceridad—. Veo al hombre que ayudó a los supervivientes de la Luna Plateada a escapar. Veo al hombre que me protegió anoche. Veo al hombre que, a pesar de todo, no quiere hacerme daño.

Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, soltó una risa amarga.

—¿Quién te dijo eso? —Preguntó—. ¿Quién te dijo que ayudé a los supervivientes?

—No importa —dije—. Lo importante es que es verdad. Lo sé.

—No recuerdo haberlo hecho —admitió Alexander, con el ceño fruncido—. Hay... lagunas en mi memoria. Años que no recuerdo. Mi infancia es un borrón, una niebla que no puedo atravesar.

—Quizás sea mejor así —dije—. Quizás tu mente te protege de algo que no estás listo para recordar.

—¿Y si lo que olvidé es peor que lo que recuerdo? —Preguntó, con una vulnerabilidad que me partió el corazón.

—Entonces lo enfrentaremos juntos —dije, sin pensar.

Alexander me miró, y algo en su expresión cambió. Algo se abrió, como una puerta que había estado cerrada durante demasiado tiempo.

—Elena —dijo, y mi nombre en sus labios sonó como una plegaria—. No sé qué está pasando entre nosotros. No sé si es el vínculo de la manada, o el embarazo, o algo más. Pero sé que... —Hizo una pausa, como si le costara encontrar las palabras—. Sé que no quiero perderte.

Antes de que pudiera responder, me atrajo hacia él y me besó.

Fue diferente al primer beso. Más lento, más profundo, más desesperado. Sus manos recorrieron mi espalda, atrayéndome más cerca, y yo me aferré a sus hombros como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

Cuando finalmente se apartó, ambos estábamos sin aliento.

—La boda es en dos días —dijo Alexander, con una voz ronca—. Después de eso, nada volverá a ser igual.

—Lo sé —dije.

—¿Estás lista?

—No —admití—. Pero no creo que alguna vez lo esté.

Alexander sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que le iluminó el rostro.

—Entonces estamos igual —dijo—. Yo tampoco estoy listo.

Esa tarde, mientras me preparaba para la cena, Marta entró en mi habitación con una expresión sombría.

—Señora —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Hay algo que debe saber.

—¿Qué pasa? —Pregunté, con el corazón acelerándose.

—Es sobre la boda —dijo Marta, con la voz baja—. He oído cosas. Cosas que no me gustan.

—¿Qué cosas?

—Los hermanos del Alfa —dijo Marta—. Dorian y los otros. Están planeando algo. Algo que ocurrirá durante la ceremonia.

—¿Qué tipo de cosas? —Insistí.

—No lo sé con certeza —admitió Marta—. Pero he oído rumores. Dicen que planean... —Vaciló, como si le costara decirlo—. Dicen que planean impugnar la boda. Declarar a Elena Reed indigna de ser Luna. Y si eso falla... —Tragó saliva—. Si eso falla, planean algo peor.

—¿Peor? —Repetí, con el estómago encogido.

—Un desafío —dijo Marta—. Un desafío de sangre.

El desafío de sangre. La forma más antigua y brutal de resolver disputas entre lobos. Dos contendientes entraban en un círculo, y solo uno salía con vida.

—¿Quién sería el contendiente? —Pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Dorian —dijo Marta—. Ha desafiado a Alexander por el liderazgo de la manada. Y si Alexander acepta... —Hizo una pausa—. Si Alexander acepta, lucharán a muerte. Y si Alexander muere...

—Yo quedaría sola —terminé, con un nudo en la garganta.

—Sí, señora —dijo Marta, con los ojos brillantes de lágrimas—. Y sin la protección del Alfa, usted y su hijo... —No terminó la frase. No hacía falta.

Me senté en la cama, con las piernas temblando. Todo mi plan, toda mi estrategia, se desmoronaba ante mis ojos. No podía permitir que Alexander muriera. No solo porque lo necesitaba para sobrevivir, sino porque... porque algo dentro de mí se retorcía ante la idea de perderlo.

—¿Cuándo? —Pregunté finalmente.

—El día de la boda —dijo Marta—. Después de la ceremonia. Dorian hará su movimiento entonces.

—¿Y Alexander lo sabe?

—No lo sé, señora. Pero... —Marta me miró con una intensidad que me sorprendió—. Debe advertirle. Si no lo hace, todo estará perdido.

Me levanté, con el corazón latiéndome desbocado.

—¿Dónde está Alexander? —Pregunté.

—En el despacho, señora. Pero...

No esperé a que terminara. Salí de la habitación y corrí por los pasillos, con la determinación ardiente en el pecho.

Tenía que advertirle. Tenía que salvarlo.

Porque, por primera vez en años, tenía algo que perder.

Y no iba a permitir que se lo llevaran sin luchar.

Llegué al despacho de Alexander con el corazón en la garganta y las manos temblando. No me molesté en llamar. Empujé la puerta y entré, encontrándolo de pie junto a la ventana, con un vaso de whiskey en la mano y la mirada perdida en los bosques.

Se giró sobresaltado al oírme, y su expresión pasó de sorpresa a preocupación en un instante.

—Elena —dijo, dejando el vaso sobre el escritorio—. ¿Qué pasa? Estás pálida.

—Tengo que decirte algo —jadeé, intentando recuperar el aliento—. Algo importante.

Alexander se acercó a mí y me tomó por los hombros, sus ojos grises escaneándome con intensidad.

—¿Qué ha pasado? ¿Te ha hecho algo alguien?

—No, no es eso —dije, negando con la cabeza—. Es sobre Dorian. Sobre la boda. Está planeando algo.

La expresión de Alexander se endureció.

—¿Qué tipo de cosas?

—Un desafío —dije, mirándolo a los ojos—. Un desafío de sangre. Durante la boda. Después de la ceremonia.

El silencio que siguió fue tan denso que podía oír el latido de mi propio corazón. Alexander me soltó lentamente, y su rostro se convirtió en una máscara de hielo.

—¿Quién te lo dijo? —Preguntó, con una voz peligrosamente calmada.

—Marta —admití—. Lo oyó de uno de los guardias. Los hermanos están conspirando. Dorian quiere desafiarte por el liderazgo de la manada.

Alexander se giró y caminó hacia su escritorio, apoyando ambas manos sobre la superficie de madera. Sus hombros estaban tensos, su respiración pesada.

—Lo sabía —murmuró—. Sabía que algo tramaban. Pero no esperaba que fuera tan pronto.

—¿Qué vas a hacer? —Pregunté, acercándome a él.

—No puedo rechazar un desafío —dijo, sin volverse—. Si lo hago, pareceré débil. La manada me dará la espalda. Y entonces... —Hizo una pausa—. Entonces estarás en peligro.

—¿Y si aceptas? —Pregunté, con el estómago encogido.

—Si acepto, lucharé contra mi propio hermano. A muerte. —Finalmente se giró, y vi algo en sus ojos que me heló la sangre: miedo—. Y no estoy seguro de poder ganar.

—¿Por qué no? —Pregunté—. Eres el Alfa. Eres más fuerte.

—Dorian no es un luchador ordinario —dijo Alexander, con amargura—. Ha estado entrenando en secreto durante años. Tiene aliados entre los ancianos de la manada. Y conoce mis puntos débiles.

—¿Tus puntos débiles? —Repetí, incrédula—. ¿Cuáles?

Alexander me miró largamente. Luego, con una voz apenas un susurro, dijo:

—Tú.

El mundo se detuvo.

—¿Qué? —La palabra escapó de mis labios como un suspiro.

—Tú eres mi punto débil, Elena —dijo Alexander, con una sinceridad que me partió el corazón—. Dorian lo sabe. Por eso quiere desafiarme ahora, antes de que la boda se consume. Porque sabe que si te conviertes en mi Luna, el vínculo nos hará más fuertes. Pero si me mata antes... —Hizo una pausa—. Entonces tú quedarás sin protección. Y él podrá hacer contigo lo que quiera.

—No permitiré que te mate —dije, con una determinación que me sorprendió a mí misma.

—No puedes evitarlo —dijo Alexander, con una sonrisa triste—. Un desafío de sangre es sagrado. Solo puede resolverse entre los dos contendientes. Nadie más puede intervenir.

—Entonces entrénate —dije—. Prepárate. Si Dorian ha estado entrenando en secreto, tú también puedes hacerlo.

—No tengo tiempo —dijo Alexander, negando con la cabeza—. La boda es en dos días.

—Entonces haremos tiempo —insistí—. Yo te ayudaré.

Alexander me miró con una mezcla de sorpresa y algo más. Algo que no supe interpretar.

—¿Por qué? —Preguntó—. ¿Por qué quieres ayudarme? Podrías dejarme morir y reclamar tu libertad.

—Porque no soy como tú crees —dije, con sinceridad—. No soy una víctima. No soy una impostora. Soy... —Tragué saliva—. Soy alguien que ha pasado toda su vida huyendo. Huyendo de mi pasado, de mi naturaleza, de quién soy realmente. Pero ya no quiero huir más.

Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, soltó una risa amarga.

—Eres la mujer más extraña que he conocido —dijo—. Firmaste un contrato para salvarte, y ahora quieres luchar a mi lado.

—No es por el contrato —dije, dando un paso hacia él—. Es porque... —Hice una pausa, buscando las palabras correctas—. Es porque creo que hay algo en ti que vale la pena salvar.

Alexander me miró, y por un momento, vi algo en sus ojos que nunca había visto antes. Vulnerabilidad. Esperanza. Miedo.

—Elena —dijo, y mi nombre en sus labios sonó como una plegaria—. No sé qué va a pasar. No sé si sobreviviré al desafío. Pero sé que... —Hizo una pausa—. Sé que no quiero morir sin saber qué es esto que siento por ti.

Antes de que pudiera responder, me atrajo hacia él y me besó.

Fue un beso diferente a todos los anteriores. Más desesperado, más urgente, como si ambos supiéramos que podría ser el último. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mi cabello, y yo me aferré a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

Cuando finalmente se apartó, ambos estábamos sin aliento.

—Entrenaremos —dijo Alexander, con una voz ronca—. Mañana al amanecer. En los bosques, donde nadie pueda vernos.

—Estaré allí —dije.

Esa noche, mientras me acostaba, un pensamiento me asaltó: Quizás el amor y la venganza no eran tan diferentes después de todo.

Ambos requerían sacrificio. Ambos requerían coraje.

Y ambos, tarde o temprano, requerirían sangre.

Pero mientras cerraba los ojos, no pude evitar pensar en Alexander. En sus manos. En sus labios. En la forma en que me había mirado cuando me dijo que no quería perderme.

Y entonces, lo oí de nuevo.

El susurro. La voz. La advertencia.

No confíes en él. No confíes en nadie.

Cerré los ojos con fuerza. Respiré hondo. Y me obligué a dormir.

Pero en algún lugar de la mansión, alguien más estaba despierto. Alguien que había estado escuchando. Alguien que había estado esperando.

Y esa persona sonrió.

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Carola Ortiz Macías
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