Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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La Orden del Soberano
El golpe constante y destemplado contra la madera pesada de la puerta interrumpió la penumbra de la habitación imperial. Al otro lado del corredor, la voz temblorosa del sirviente de palacio resonó intentando transmitir el mensaje con la mayor prudencia y respeto posibles.
—Zar... ya llegó el momento del brindis oficial por su cumpleaños. Todos los invitados, los embajadores y la alta aristocracia lo reclaman en el gran salón principal para rendirle honores.
El Zar Alejandro II se incorporó levemente de la cama, con la mirada encendida por la rabia ciega de ser interrumpido en pleno acto de posesión y conquista. Giró el rostro con furia hacia la puerta cerrada y rugió con una autoridad tan feroz y desmedida que hizo retumbar las paredes de la estancia.
—¿Es que acaso no se dan cuenta de que estoy ocupado con mi nueva amante? —bramó el soberano sin ocultar nada—. ¡Dejen de molestar ahora mismo! Sigan ustedes con las celebraciones en el piso inferior y manden a buscar a Ivanov inmediatamente.
Afuera se escucharon los pasos alborotados del sirviente, quien huyó a toda prisa por el pasillo atemorizado por la furia del monarca. El Zar volvió la mirada hacia el lecho, donde Ana yació sobre las sábanas de lino con el rostro descompuesto por una fragilidad y una vergüenza cuidadosamente ensayadas. Alejandro se inclinó sobre ella, acariciando la curva pálida de su espalda con una devoción febril y desmedida, mientras le repetía al oído lo hermosa, suave, cálida y perfecta que resultaba para todos sus sentidos.
—Esto está terriblemente mal, Señor... Esto es un pecado y una indecencia absoluta ante Dios, ante la corte y ante mi propio esposo —murmuró Ana entre sollozos ficticios, escondiendo la cara contra la almohada suave.
—Amar jamás es ser indecente, mi hermosa Ana —le respondió el Zar con una voz profunda, grave y sumamente posesiva, llenándole los hombros de besos ardientes—. Te amo, te deseo, y a partir de esta misma noche nadie en todo este vasto Imperio Ruso se interpondrá entre nosotros dos.
Ana no respondió con palabras. Cerró los ojos despacio, bajó progresivamente el ritmo de su respiración y fingió quedarse profundamente dormida bajo el peso del agotamiento y de la rendición emocional. El Zar la observó durante varios minutos en completo silencio, contemplando la finura de sus facciones y dibujando en sus labios una amplia sonrisa de satisfacción y orgullo imperial. Se levantó de la cama con parsimonia, se ciñó su elegante bata de seda sobre el cuerpo desnudo y caminó hacia la salida de la habitación.
Al abrir la puerta, encontró a Ivanov, su asistente personal y hombre de máxima confianza, de pie en el pasillo en penumbra, aguardando con la cabeza gacha y la actitud más servil.
—Señor... ¿me mandó a llamar? —preguntó el funcionario bajando la voz con extrema reverencia.
—Sí, Ivanov —respondió Alejandro II con un tono helado, categórico y sin espacio para vacilaciones—. Dile a Alexéi Karénin que hoy día mismo parte inmediatamente hacia una de las ciudades más lejanas del Imperio a realizar una inspección exhaustiva de impuestos. Quiero resultados minuciosos y perfectos. Que revise las finanzas y los impuestos de los últimos cinco años enteros, y no regresará bajo ningún motivo a la capital hasta no haber terminado absolutamente toda la labor asignada.
Ivanov pestañeó descolocado por unos instantes, intentando asimilar el rigor desmedido de aquella orden repentina.
—Señor... ¿hoy en la noche? —preguntó el asistente vacilando en la voz—. ¿Hoy mismo debe partir el señor Karénin?
—Sí, hoy mismo, sin perder un solo segundo —sentenció el Zar clavando una mirada tenebrosa en su colaborador—. Y adviértele claramente que si no cumple la orden de inmediato o si presenta la menor objeción, lo ejecutaré a él y a toda su familia por traición al trono.
Alejandro II guardó silencio por unos instanTes, cruzando los brazos sobre el pecho mientras una chispa de ambición oscura cruzaba sus ojos.
—Lo cual sería bastante bueno, si me pongo a pensarlo bien... —reflexionó el monarca en voz alta, hablando para sí mismo en el corredor. Si lo ejecuto públicamente, Ana se volvería viuda de inmediato y ya no tendría que ser solo mi amante secreta; podría pasar directamente a ser mi mujer oficial y elevarse ante toda la nación. Pero no, no... eso resultaría demasiado apresurado para la corte en este momento. Mándalo muy lejos ahora mismo. Así tendré la excusa perfecta para seguir disfrutando del cuerpo y de la compañía de Ana todos los días mientras su estúpido esposo permanezca lejos de la capital.
Ivanov observó fijamente al soberano y simplemente inclinó la cabeza con reverencia para acatar la disposición imperial. El funcionario conocía de sobra esa expresión en el rostro del soberano: era la mirada febril e inflexible del Zar cada vez que algo o alguien despertaba su atención de forma destructiva. Cuando Alejandro II se obsesionaba de esa manera, absolutamente nada ni nadie en el mundo poseía el poder de hacerlo cambiar de parecer o frenar sus impulsos más primarios.
Antes de dar la vuelta para ir a buscar inmediatamente a Alexéi Karénin en el salón de fiesta, Ivanov echó una mirada discreta hacia el interior de la recámara por la rendija de la puerta entreabierta. Solo alcanzó a ver el perfil pálido de la mujer recostada suavemente sobre el lecho, simulando un descanso apacible y sereno en medio de la penumbra.
El experimentado asistente sacudió la cabeza en silencio con profunda lástima y murmuró para sí mismo con verdadera consternación mientras caminaba por las alfombras del pasillo solitario:
—Pobre de ti, señora Ana... Te acabas de convertir en la obsesión personal de un hombre todopoderoso que jamás conoció la piedad.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa