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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 17

El Emperador la miró. Sus ojos dorados se entrecerraron ligeramente. Evelyn sintió que él sopesaba la pregunta, evaluando si debía ceder o mantener su distancia. El Jardín de las Rosas de Cristal era un lugar especial, un santuario de la difunta Emperatriz, su madre.

Hubo un largo silencio. Evelyn sintió que el corazón le latía con fuerza. Si él se negaba, todo el progreso podría deshacerse.

—El jardín de las rosas de cristal —dijo el Emperador, su voz era baja, un murmullo casi inaudible. Había una sombra de algo en sus ojos, una melancolía fugaz que Evelyn no había visto antes. —Sí, Princesa. Es real. Fue el lugar favorito de tu madre.

La mención de su madre, la primera vez que la escuchaba de sus labios, era un detalle crucial. Evelyn se mantuvo en silencio, respetando la solemnidad del momento.

—Es un lugar de gran belleza —continuó el Emperador, su mirada se perdió en la distancia, como si estuviera viendo el jardín en su mente. —Pero es un lugar... particular.

Evelyn sintió una punzada de esperanza. Había una apertura.

—Me gustaría mucho verlo, Padre —dijo Evelyn, su voz era dulce y suplicante, la esencia misma de una niña que anhela una maravilla. —Solo un momento. Me gustaría ver cómo brillan las rosas de cristal.

El Emperador se giró y la miró directamente a los ojos. Su expresión era aún indescifrable, pero Evelyn notó que el hielo en sus ojos había cedido un poco. Había una lucha interna, una batalla entre su distancia impuesta y una chispa de... ¿nostalgia? ¿Curiosidad por su hija?

El crepúsculo envolvía los jardines en una capa de azul profundo y sombras danzantes. El aire se había vuelto frío. Evelyn, con su delgado camisón y sus pies descalzos, sintió un escalofrío. El Emperador lo notó. Su mirada se detuvo en sus pies descalzos, luego en su ropa ligera. Un leve fruncir de ceño, no de irritación, sino de... ¿preocupación? ¿Incomodidad?

—Hace frío, Princesa —dijo el Emperador, su voz era un poco más áspera. —Deberías regresar a tus aposentos.

Evelyn sintió un pánico helado. ¿La estaba despidiendo? ¿Había ido demasiado lejos?

—Sí, Padre —dijo Evelyn, y comenzó a dar media vuelta, la decepción era un amargo sabor en su boca.

Pero antes de que pudiera dar más de un paso, la voz del Emperador la detuvo.

—Mañana por la mañana —dijo el Emperador, su voz era baja, casi inaudible, pero clara en la quietud de la noche. —Después de mis reuniones matutinas. Te acompañaré.

Evelyn se detuvo en seco. Sus ojos azules se abrieron de par en par. Se giró para mirarlo. El Emperador estaba de pie, imponente, sus ojos dorados fijos en ella. Su rostro era aún una máscara, pero Evelyn vio algo. Una pequeña, diminuta fisura en el muro. Un atisbo de algo que no era indiferencia.

—¿De verdad, Padre? —preguntó Evelyn, su voz era un susurro de pura incredulidad y alegría.

El Emperador asintió, su rostro era una tabla. —Pero no esperes... extravagancias. Es solo un jardín.

Evelyn no pudo contener su emoción. Una sonrisa amplia y genuina se extendió por su rostro. La niña en ella se sentía eufórica, la mujer adulta, triunfante.

—Gracias, Padre —dijo Evelyn, su voz era un hilo de alegría, sus ojos brillantes con lágrimas no derramadas. Esta vez, la reverencia fue espontánea, nacida de una gratitud abrumadora.

El Emperador no respondió, pero Evelyn notó que sus ojos dorados se posaron en su rostro, y por un instante, una sombra de algo fugaz, algo parecido a una débil sonrisa, cruzó sus labios antes de que su expresión volviera a ser la de siempre. Era tan fugaz que Evelyn no estaba segura de si lo había imaginado.

—Regresa a tus aposentos, Princesa —dijo el Emperador, su voz era un tono de orden, pero había perdido su frialdad habitual.

Evelyn asintió, y esta vez, se dio la vuelta y se alejó por el sendero, sus pequeños pies casi volando sobre los guijarros. El frío de la noche ya no la afectaba. Su corazón estaba lleno de una calidez inesperada.

Había ganado. Había roto el hielo de una manera que ni la estrategia, ni la lógica, ni la curiosidad por sí solas habrían logrado. Había añadido la dulzura, la vulnerabilidad, la sutil apelación a la conexión. Había logrado que el Emperador hiciera algo que iba más allá de sus deberes como gobernante, algo que tocaba un atisbo de su humanidad.

Llegó a su habitación, el aire oscuro y frío era ahora un refugio de calma. Se dejó caer en la cama, la alegría la invadía. Había logrado lo impensable. No solo había sido vista, sino que su padre había accedido a acompañarla.

Y en ese preciso instante, Evelyn sintió que un hilo invisible, frágil como la telaraña pero inquebrantable en su propósito, se había tendido entre ella y el Emperador. Había ganado una pequeña batalla, un paso crucial en su juego de supervivencia.

Se acurrucó bajo las sábanas, una sonrisa de satisfacción en sus labios. La oscuridad de la habitación ya no parecía tan opresiva. El frío ya no era tan penetrante. En su mente, una imagen brillante comenzaba a tomar forma: las rosas de cristal, brillando bajo el sol, con el Emperador a su lado. Era una visión llena de esperanza.

Y así, mientras la noche envolvía el palacio, Evelyn se durmió con una certeza recién descubierta. Su padre accedió a acompañarla por primera vez al jardín secreto de las rosas de cristal.

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