«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 5
No pegué un ojo en toda la noche.
Cada vez que el sueño amenazaba con vencerme, el recuerdo del pecho de Li Yan bajo mis dedos y el destello de su cuerpo cubriéndome en la cama me sacudían como un latigazo. Pasé las horas sentada en el diván rígido, contando los latidos lentos y acompasados que salían de tras el dosel de gasa carmesí. Dormía. El temido carnicero del imperio roncaba en calma, mientras yo me consumía en un rincón como una prisionera a la espera del verdugo.
El primer rayo de sol atravesó las celosías de la ventana, pintando rayas doradas sobre el suelo de ébano.
Apenas la luz tocó el pie de la cama, Li Yan abrió los ojos. No hubo desperezo ni lentitud en sus movimientos; se incorporó de golpe, con la agilidad letal de un tigre alerta. Su mirada recorrió la habitación hasta clavarse en mí. Sus ojos ya no estaban inyectados en sangre, ni tenía la mandíbula crispada por las jaquecas. Se veía descansado, imponente y peligrosamente lúcido.
Se puso en pie sin decir una sola palabra. Se vistió con una túnica sencilla de seda negra ajustada con un fajín de cuero, ignorando mi presencia como si yo fuera parte del mobiliario.
Poco después, tres toques secos sonaron contra las puertas principales.
—Adelante —ordenó Li Yan, con una voz potente y despejada.
Las pesadas hojas de madera se abrieron. Dos guardias imperiales entraron primero, seguidos por un sirviente joven de cabeza gacha que vestía una túnica de seda azul pálido. Llevaba entre las manos una bandeja de madera lacada sobre la que descansaba una tetera humeante y un cáliz de plata reluciente.
Se me heló la sangre. El aire se volvió de plomo en mis pulmones.
Era él. El de la visión.
El sirviente avanzó con pasos medidos hasta la mesa baja, arrodillándose con devoción exagerada.
—El té matutino de hierbas amargas para Su Majestad —anunció el sirviente con voz temblorosa—. Preparado por la cocina imperial para aliviar el dolor de su espíritu.
Li Yan caminó despacio hacia la mesa. No miró al criado. Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, evaluándome, esperando ver si me delataba el pánico o la mentira. Su mano grande bajó lentamente hacia el cáliz de plata, extendiendo los dedos para tomarlo.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Si no hacía nada y el hombre moría, los guardias me despedazarían en ese mismo instante por sospechosa. Pero si la profecía se cumplía y Li Yan sobrevivía, yo me convertiría en su juguete predilecto, atrapada en su jaula para siempre.
La vida de un tirano contra mi propia libertad.
Los dedos de Li Yan rozaron el metal plateado.
—¡No! —el grito me salió de las entrañas antes de que pudiera frenar mi cuerpo.
Me levanté del diván de un salto, crucé la estancia a zancadas y, antes de que los guardias pudieran desenfundar sus hojas, me abalancé sobre la mesa baja. Estiré el brazo y le arrebaté el cáliz de un manotazo violento.
—¡Insolente! —rugió uno de los guardias, desenvainando la espada con un crujido metálico.
No me detuve. Con un giro brusco de muñeca, estrellé el cáliz de plata contra el suelo de mármol.
El líquido ámbar salpicó las baldosas oscuras. Durante un segundo, reinó un silencio sepulcral, cargado de una tensión a punto de estallar. Pero de pronto, el suelo empezó a silbar. Una espuma verdosa y espesa comenzó a burbujear donde el té había caído, desprendiendo un humo agrio y gris que carcomió el barniz de la piedra en cuestión de segundos.
El veneno era tan potente que habría deshecho las entrañas de un toro en tres latidos.
El sirviente de túnica azul abrió los ojos con terror desquiciado. Intentó ponerse en pie para huir hacia la puerta, pero Li Yan se movió con una velocidad sobrehumana. Sin siquiera sacar su espada, el emperador le cruzó la bota contra el pecho. El impacto fue tan brutal que el criado salió disparado contra los pilares de madera, escupiendo un chorro de sangre antes de caer inerte al suelo.
—Llévenselo a las mazmorras —ordenó Li Yan. Su voz no tembló, pero el frío en sus palabras era capaz de congelar el fuego—. No lo dejen morir hasta que me dé cada nombre de los que pagaron por ese veneno.
—¡Sí, Majestad! —los guardias arrastraron el cuerpo casi inconsciente del sirviente y salieron a toda prisa, cerrando las puertas tras de sí.
El eco de los cerrojos de bronce volvió a caer con fuerza.
Nos quedamos solos.
El vapor tóxico del veneno aún flotaba entre nosotros, mezclándose con el olor a sándalo. Tenía el pecho agitado, la respiración corta y las manos crispadas en puños a los costados.
Li Yan no miró el charco corrosivo. No miró la mancha de sangre en el pilar. Lentamente, giró su cuerpo alto y se encaró hacia mí.
Había una furia contenida en sus facciones, pero debajo de la cólera ardía algo mucho más oscuro. Una fascinación voraz, primitiva, desprovista de cualquier control cortesano. Avanzó hacia mí con pasos pesados, acorralándome contra la mesa baja.
—Tuviste razón —dijo en un susurro áspero que me raspó los nervios—. Salvaste mi vida, vidente.
—Se lo advertí anoche —respondí, retrocediendo un paso hasta que el borde de la mesa me chocó en los muslos—. Ya tiene lo que quería. Comprobó que no mentía. Ahora déjeme volver a mi aldea.
Li Yan soltó una carcajada baja, ronca, que me erizó cada vello de la piel. Se inclinó sobre mí, apoyando una mano a cada lado de mi cuerpo sobre la mesa, atrapándome por completo entre sus brazos y su pecho ancho.
—¿Volver? —repitió, y su boca quedó a un suspiro de mi oído—. Arrojaste mi copa al suelo delante de mi guardia imperial. Rompiste el protocolo. Me diste una orden a viva voz en mis propios aposentos. Nadie desafía al emperador y sale caminando de este salón, Lian.
—¡Le acabo de salvar la vida de morir envenenado! —le espeté con rabia, levantando la vista para enfrentarlo cara a cara—. ¿Y así me lo paga? ¿Hablando de protocolos?
—Te lo pago manteniéndote con vida —murmuró él, y sus ojos oscuros bajaron lentamente hacia mis labios, deteniéndose en el temblor que intentaba ocultar—. Pero toda insolencia tiene un precio en mi palacio. Me salvaste de un veneno... pero esta noche me vas a pagar por tu atrevimiento.
Su mano derecha se despegó de la mesa y subió lentamente por mi costado. Sus dedos largos y ásperos se cerraron sobre mi cintura, apretando la tela de mi túnica de lino con una posesividad que me cortó la respiración.
—Esta noche no habrá diván para ti —susurró Li Yan contra mi cuello, y sentí el roce ardiente de sus labios rozándome la piel justo debajo de la oreja—. Esta noche vas a aprender a quién le pertenece tu cuerpo y tu destino.