Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.
En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.
Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.
A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.
No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.
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CAPÍTULO 16: El reloj que no funciona
El bus llegó a las once de la mañana y mi ciudad olía igual que siempre, a tierra mojada y a panadería y a leña.
No había nieve, había barro. Me había acostumbrado a la nieve de Montreal y el barro me dio asco.
Caminé desde el terminal hasta mi casa vieja. No, hasta la casa que era de mi papá y que ahora era de Colette. Conocía cada grieta de la vereda.
La casa estaba vacía. Había un cartel de VENDIDA pegado en la ventana de mi pieza vieja, la grande que me quitaron.
La puerta estaba abierta. Entré y olía a limpiador barato, el mismo que usaba yo cuando limpiaba depas para ella.
Colette estaba en la cocina, sentada en la mesa donde mi papá comía. Tenía el pelo teñido más rubio que antes y un polerón rosado. Estaba tomando té.
Margot estaba parada al lado del refri, con los brazos cruzados y con cara de que había llorado.
Me vio y no se paró. Me dijo, ah, llegaste. Pensé que no ibas a venir porque ahora vives con un riche à Montréal.
Así, al tiro, con veneno.
Le dije, vine porque dijiste que te debo plata.
Me mostró el cuaderno que yo ya conocía. El mismo donde anotaba mis deudas inventadas. Me dijo, 2400, más los intereses porque te fuiste sin pagar.
Le dije que no le debía nada, que esa era mi casa, que mi papá la compró antes de conocerla.
Me dijo, tu père me l'a donnée. Tu papá me la dio. J'ai les papiers. Tengo los papeles.
Le dije que sí, que tenía los papeles porque mi papá estaba enfermo y firmó lo que ella le puso adelante.
Se rió. Me dijo que yo siempre había sido un mal agradecido, que me había dado techo y comida y que me había ido sin decir gracias.
Margot la interrumpió. Le dijo, maman, arrête, tu sais que c'est pas vrai. Mamá, para, sabes que no es verdad.
Colette le gritó a Margot que se callara, que ella era su hija y que tenía que estar de su lado.
Yo miré la cocina. La cocina donde mi papá me hacía pan con mantequilla cuando era chico. Donde me enseñó a arreglar el reloj malo que tengo en mi bolsa.
Saqué de mi bolsa el reloj malo. El que me dejó mi papá en el testamento. Nunca funcionó, se para a las 3:15 siempre.
Lo puse en la mesa frente a Colette.
Le dije, esto es lo único que me dejó mi papá y no funciona. Como todo lo que me dejaste tú.
Le dije que no le iba a pagar nada. Que si quería me demandara, que yo tenía el número de un abogado en Montreal y que tenía pruebas de que ella me cobraba por dormir en el escritorio del pasillo.
Le dije que se quedara con la plata de la casa, que no la quería, que solo quería que me dejara tranquilo y que dejara tranquila a Margot.
Colette se paró y me gritó que me fuera, que era un petit Beta inutile, un Beta chico inútil que nadie quería y que por eso me había tenido que ir a Montreal a buscar un Alfa viejo con plata.
Cuando dijo lo de Alfa viejo me dio rabia. Mucha rabia. No por mí, por Julien.
Le dije, il s'appelle Julien et il m'a appris à dormir sans parka. Se llama Julien y me enseñó a dormir sin parka. Toi tu m'as appris à avoir peur dans ma propre maison. Tú me enseñaste a tener miedo en mi propia casa.
Agarré el cuaderno de deudas de la mesa y lo rompí en dos frente a ella. Lo rompí despacito, con las dos manos, mirándola.
Le dije, ya no debo nada.
Margot lloró. No fuerte, bajito.
Colette me dijo que me fuera y que no volviera nunca.
Le dije que no iba a volver nunca, que ya tenía una casa donde la calefacción no tose y donde el refri está lleno y donde me esperan despierto.
Salí de la cocina y fui a mi pieza vieja, la chica del escritorio del pasillo. Estaba vacía. Solo había una mancha en la pared donde yo pegaba dibujos.
Toqué la mancha y me despedí.
Margot me siguió hasta la puerta. Me abrazó y me dijo perdón. Me dijo que ella también se iba a ir pronto, que se iba a ir a vivir con una amiga.
Le dejé los 100 dólares que Julien me había dado para comer. Se los puse en la mano y le dije, pour toi, para ti, no para elle.
Me dijo merci y me abrazó fuerte.
Salí de la casa vieja por última vez y no miré atrás como la primera vez. Esta vez miré adelante, hacia la calle con barro y hacia el terminal donde tenía el bus de vuelta a Montreal a las tres.
En el terminal me compré un café de 3 dólares y me senté a esperar. Saqué mi celular y le mandé un mensaje a Julien: c'est fini, je rentre. Se acabó, vuelvo.
Me contestó al tiro: je t'attends à la gare, petit, avec ta écharpe grise. Te espero en la terminal, chico, con tu bufanda gris.
Me puse a llorar en el terminal, pero no de pena, de alivio, porque por primera vez no le debía nada a nadie.