Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 18
Mariana intentó perderse entre la gente, pero Diego apareció una y otra vez, como si supiera exactamente dónde encontrarla. No era casualidad; él la buscaba a propósito. Se acercó mientras ella intentaba hablar con otra de sus amigas y cortó la conversación con su presencia imponente.
—Te me escapas muy fácil, Mariana —dijo él con esa voz suave que ya empezaba a ponerla nerviosa—. Pareces con prisa. ¿Es que no te diviertes conmigo?
—Sí me divierto, gracias —respondió ella, secándose las manos en el vestido—. Pero estoy con mis amigas y prefiero estar con ellas.
—Pueden esperar —dijo él, sin moverse—. Cuéntame algo más. ¿Dónde vives? No reconozco tu cara por aquí.
Mariana se tensó.
—Vivo en la ciudad. No es importante dónde exactamente.
—Todo es importante cuando alguien te interesa —insistió él, dando un paso hacia ella—. ¿Y quién te trajo? ¿Vienes sola o te acompañó alguien? Un novio, tal vez?
—No vengo con nadie —respondió ella con firmeza—. Y no creo que eso sea de tu incumbencia.
Diego sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa.
—Solo me preocupo por ti. Una chica tan bonita no debería andar sin compañía.
Mariana sintió que ya era suficiente. Se despidió de su amiga con la mirada y dijo con claridad:
—Me tengo que ir. Es tarde. Con permiso.
Giró sobre sus talones y caminó hacia la salida, pero él se movió rápido y se colocó delante de ella, bloqueando el paso. Su cuerpo estaba demasiado cerca, demasiado imponente. Ella dio un paso atrás, sintiéndose acorralada.
—¿Tan rápido te vas? —dijo él, inclinándose un poco hacia ella—. Apenas empezamos a conocernos. No seas maleducada.
—Déjame pasar, por favor —pidió ella, con voz más firme de lo que sentía—. Quiero irme.
Él no se apartó. Siguió sonriendo, pero sus ojos estaban serios y oscuros.
—No hay razón para tener miedo, Mariana. Solo quiero que nos entendamos mejor. ¿O es que te asusta alguien que realmente te valora?
—No me asustas —dijo ella, aunque el corazón le latía a toda prisa—. Pero necesito irme. Ahora mismo.
Se quedaron unos segundos en silencio, él bloqueando la puerta, ella buscando una salida sin saber qué hacer. Por primera vez en toda la noche, pensó intensamente en Valentino. Si estuviera aquí… él sabría qué hacer.
Mariana respiró hondo, intentando mantener la calma aunque las manos le temblaban ligeramente. Alzó la barbilla y lo miró directamente a los ojos:
—No tengo miedo, pero sí tengo derecho a irme cuando quiera. Nadie tiene que darme permiso para salir de una fiesta.
Diego rio suavemente, pero el sonido no llegó a sus ojos.
—Qué carácter tan fuerte. Me gusta. Pero vamos, no seas así. La noche es joven. ¿Qué te cuesta quedarte un ratito más? Te prometo que te divertirás. Conmigo lo harías.
—No te lo estoy pidiendo como un favor —dijo ella con claridad—. Te lo estoy diciendo como algo definitivo. Me voy. Y necesito que te apartes.
Él no se movió ni un centímetro. Al contrario, se inclinó un poco más hacia ella, y Mariana pudo sentir su aliento cerca de su rostro.
—Eres terca, ¿sabes? Pero eso no es malo. A las mujeres difíciles son las que más vale la pena conquistar.
—Yo no soy ningún premio que tengas que conquistar —replicó ella, sintiendo cómo la indignación le daba más valor—. Soy una persona que quiere irse a casa. Y si no te apartas, llamaré a alguien para que nos ayude a entender.
—¿Llamar a quién? —preguntó él, con una media sonrisa que empezaba a parecerle amenazante—. ¿A tus amigas? Ya se fueron a buscar bebidas. Estás sola, Mariana. Sería mucho más fácil si cooperaras.
Esa frase la heló por completo. Estás sola. Sus palabras cayeron como un cubo de agua fría sobre ella. Pero justo en ese momento, recordó lo que Valentino le había dicho una noche: Si necesitas que vaya por ti, no importa la hora ni dónde estés. Solo llámame.
Sacó el teléfono de su bolso con dedos temblorosos y lo sostuvo en alto.
—No estoy sola. Tengo a alguien que viene por mí ahora mismo si no me dejas pasar. Y no creo que quieras estar aquí cuando llegue.
Diego la miró fijamente, evaluando si decía la verdad. Por un instante, vio algo cambiar en su expresión: una sombra de duda, o tal vez de precaución. Finalmente, soltó una risa seca y dio un paso atrás, justo lo suficiente para dejarle el camino libre.
—Muy bien, muy bien. No me gusta que te enfades. Ve con cuidado, Mariana. No todos los que dicen cuidar de ti lo hacen de verdad. A veces quien crees que es tu refugio… termina siendo tu prisión.
Mariana no esperó a que terminara de hablar. Cruzó la puerta rápido, con el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho, y no se detuvo hasta que estuvo fuera de su vista. Solo entonces se dio cuenta de que le temblaban las piernas. Miró el teléfono en su mano. La pantalla estaba en blanco. No había llamado a nadie. Pero sabía exactamente a quién necesitaba escuchar en ese momento.