Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 15: Hermandad y la hora de la verdad
La reunión en lo de Alessia había terminado hacía casi una hora, pero la ebullición del champán y las risas complicas se disipó apenas Valeria cruzó el umbral de su propio departamento. El silencio del lugar, amplio y decorado con un gusto impecable pero frío, le cayó encima como una losa de concreto.
Se quitó los tacos altos en la entrada y caminó con la copa de agua en la mano hacia el ventanal del living, observando la marea de luces de la ciudad. El eco de los consejos de sus amigos —las tácticas de seducción, el juego de ajedrez corporativo, la idea de volver loco a Dante— sonaba fascinante en teoría, pero en la soledad de su casa, la realidad era mucho más cruda.
El timbre del departamento sonó con dos toques cortos y suaves.
Valeria se sobresaltó. Caminó hacia la puerta, miró por el visor óptico y reconoció la figura de Alexis. Le abrió de inmediato.
—Pensé que te habías ido a dormir —dijo ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.
—No podía —respondió Alexis, entrando con las manos en los bolsillos de su saco. Tenía la corbata floja y la mirada seria, despojada por completo del tono festivo que había tenido en lo de Alessia—. Estuve dando vueltas en el auto diez minutos antes de subir. Necesitaba hablar vos a solas, Vale. Sin copas de por medio, sin Pablo y sin Alessia inflándote la cabeza.
Valeria cerró la puerta y lo miró con curiosidad, notando el cambio drástico en la energía de su hermano.
—¿Pasó algo?
—No pasó nada nuevo, pero va a pasar si no ponés un freno ahora —dijo Alexis, caminando hacia el centro del living y girándose hacia ella—. Toda esa charlita picante del ajedrez erótico y de hacer rabiar al ruso suena muy lindo para una novela, Vale. Pero la realidad es que estás parada arriba de una bomba de tiempo y la mecha se está consumiendo.
Valeria suspiró, cruzándose de brazos y bajando la mirada.
—Alexis, ya sé lo que me vas a decir...
—No, no sabés —la interrumpió él con firmeza, pero con una calidez fraternal que le ablandó la postura—. Escuchame bien, enana. Te banco en todas. Te bancaba cuando te desahogaste llorando en tu oficina y te banco en las decisiones que tomes con tu vida. Pero hay algo que no podés estirar más: es la hora de dejar ir a Martín.
El nombre de su novio resonó en el living con el peso de una sentencia inevitable. Valeria sintió un nudo opresivo en la garganta.
—Alexis, estoy buscando el momento...
—No hay un momento perfecto para romperle el corazón a alguien, Valeria —le dijo él, acercándose y tomándola suavemente por los hombros—. Mirá... Martín puede ser un tipo aburrido, puede ser predecible y un desastre en la cama comparado con la locura que te despierta el ruso. Todo lo que me contaste hoy es verdad. Pero Martín es un buen hombre. Es un tipo noble, leal, que te cuida, que te respeta y que te ama de verdad. No es un villano en esta historia.
Las palabras de su hermano cayeron sobre la conciencia de Valeria como gotas de ácido.
—Lo sé... —susurró ella, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas—. Sé que es un buen tipo.
—Por eso mismo, Vale —insistió Alexis, mirándola directo a los ojos—. Martín no se merece el papel de cornudo. No se merece la humillación de andar abrazándote en un almuerzo de negocios mientras todos los hombres de la mesa saben que el ruso te arrinconó en un pasillo diez minutos antes. Tampoco se merece ser la sombra de Dante Volkov ni la ficha de cambio de tus juegos de seducción. Si te quedás al lado de Martín mientras tu cabeza y tu cuerpo le pertenecen a otro, te estás convirtiendo en una persona que vos misma vas a odiar.
Valeria cerró los ojos, dejando que dos lágrimas gruesas le resbalaran por las mejillas. La verdad era incontestable. La culpa, esa sombra negra que venía arrastrando desde la noche del boliche, se volvió una carga insoportable. Tenía razón Alexis: usar a Martín como escudo para provocar a Dante no era una jugada astuta, era una cobardía que lastimaba a un hombre inocente.
—Tengo tanto miedo de romperle el corazón... —articuló ella con la voz quebrada.
—Le vas a romper el corazón de todas formas —le respondió Alexis con madurez y ternura, secándole las lágrimas con el pulgar—. Pero es preferible que se lo rompas hoy con la verdad, dándole la oportunidad de rehacer su vida con la dignidad intacta, a que lo sigas destruyendo a cuentagotas con mentiras y ausencias. Sé limpia, Vale. Cerrá esa puerta de una vez.
Valeria respiró hondo, sintiendo cómo una resolución amarga pero necesaria se abría paso en su pecho. Miró a su hermano y asintió lentamente.
—Tenés razón. Tengo que terminar esto hoy mismo.
—¿Querés que me quede? —se ofreció Alexis.
—No. Esto tengo que hacerlo sola —contestó ella, buscando su teléfono móvil sobre la mesa ratona—. Es mi responsabilidad.
Alexis le dio un beso cariñoso en la frente y le apretó la mano con firmeza antes de caminar hacia la salida.
—Sos una mujer fuerte, enana. Hacé lo correcto. Nos vemos mañana en la oficina.
Cuando la puerta se cerró tras la salida de su hermano, el departamento volvió a quedar en un silencio absoluto. A Valeria le temblaban los dedos mientras buscaba el contacto de Martín en la pantalla. Sabía que la conversación que estaba a punto de tener cambiaría el rumbo de su vida para siempre, destruyendo el futuro ordenado y seguro que había construido durante tres años.
Oprimió el botón de llamada. El tono sonó tres veces antes de que la voz pausada y afectuosa de Martín respondiera del otro lado de la línea.
—¿Hola? ¿Vale? ¿Pasó algo, mi amor? Son casi las once...
Valeria tragó saliva, apretando el teléfono con fuerza contra su oreja, intentando que la voz no se le fuera en un sollozo.
—Martín... hola —articuló con la mayor firmeza posible—. Perdón por la hora. Necesito que vengas a mi departamento. Ahora, por favor.
—¿Estás bien? Te noto rara... —preguntó él con preocupación inmediata—. ¿Te sentís mal?
—Estoy bien, pero necesito que hablemos —contestó ella, sintiendo que el corazón le martillaba las costillas—. Es muy importante, Martín. Por favor, vení.
—Está bien, mi vida. Dame quince minutos y estoy allá.
Valeria cortó la llamada. Dejó el teléfono sobre la mesa, caminó hacia el espejo del pasillo y se miró fijamente. La piel le ardía, el pecho le pesaba, pero la determinación estaba tomada. Iba a enfrentarse a la hora de la verdad, a liberar a Martín de la trampa en la que lo había metido y a asumir de una vez por todas las consecuencias del fuego devastador que Dante Volkov había encendido en su vida.