Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
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Cuatro corazones bajo la luna...
La primera señal llegó durante una noche de tormenta. Luna despertó con una presión profunda en el vientre y un calor distinto al que la había acompañado durante los últimos meses. Se quedó quieta, escuchando. A su lado, Soren dormía, Vaelorian descansaba cerca, bajo una manta. Los otros machos estaban cerca, durmiendo junto a los tres cachorros. Otra oleada la hizo incorporarse.
—Soren —susurró. Él abrió los ojos al instante.
—¿Qué ocurre?–
—Creo que ha llegado el momento.–
Soren se levantó y llamó a Vaelorian, luegoa los demás. En pocos minutos, todos estaban junto a ella, preocupados, pero tratando de no dejar que el miedo tomara el control. La sanadora del clan llegó poco después, acompañada por dos ayudantes. Habían preparado una habitación cálida y tranquila para el parto, con mantas limpias y agua.
—Respira despacio —le indicó la sanadora—. No estás sola. Vamos a ayudarte–.
Afuera, el viento sacudía los árboles. Adentro, Soren sostuvo una mano de Luna y Vaelorian la otra. Ella se aferró a ambos mientras las horas pasaban. Hubo momentos en que el cansancio parecía vencerla, pero siempre encontraba una voz cerca, recordándole que podía continuar.
—Estoy aquí —le decía Soren, con una calma que le servía de ancla.
—Y yo también —añadía Vaelorian—. Cada paso, contigo.– Luna respiró hondo, una y otra vez.
—Hay algo diferente —murmuró una de las ayudantes. La sanadora asintió, pero no apartó la mirada de Luna.
—La magia está tomando su propia forma. Confía en tu cuerpo y en el vínculo que los une.–
El cansancio y la tensión fueron dando paso a un silencio expectante. Entonces, entre las manos cuidadosas de la sanadora, apareció el primer huevo.
Era pequeño y de cáscara firme, tibio al tacto. Una veta dorada lo recorría desde la punta hasta la base. Soren soltó el aire que había estado conteniendo.
—Es mío —dijo en voz baja, con incredulidad y emoción. La sanadora colocó el huevo sobre una manta acolchada, dentro de un nido preparado junto al fuego. El resplandor dorado se intensificó apenas cuando Soren se acercó.
No hubo tiempo para detenerse. Al cabo de unos minutos, llegó el segundo huevo. Su cáscara tenía un tono azul profundo, atravesado por líneas claras que recordaban el brillo de las estrellas sobre el agua. Vaelorian se llevó una mano al pecho.
—Este lleva mi magia. Luna estaba agotada, pero al verlos tan cerca del nido, una sonrisa cansada se abrió paso en su rostro.
—Dos —murmuró—. Ya tenemos dos.– La sanadora la animó a seguir respirando. El trabajo aún no había terminado. Luna sintió otra oleada de fuerza. Soren y Vaelorian regresaron a sus lados sin soltarle las manos. Sus otros machos estaban angustiados. El tercer huevo llegó envuelto en un resplandor dorado. Era casi igual al primero, aunque una pequeña marca azulada brillaba en uno de sus extremos.
—Otro de Soren. —dijo la sanadora, examinándolo con delicadeza— Pero también ha heredado una huella de Vaelorian–. Soren contempló el huevo con los ojos húmedos. Vaelorian apoyó una mano sobre su hombro.
—Parece que ya empiezan a mezclarlo todo —dijo, intentando sonreír. Luna soltó una risa débil. La última parte del parto fue la más difícil. Estaba rendida y le costaba imaginar que aún tuviera fuerzas para continuar. Pero la sanadora la guio con paciencia y sus compañeros permanecieron junto a ella, hablándole con ternura. Por fin, el cuarto huevo llegó al nido.
Su cáscara era azul, como la del segundo, pero una línea dorada serpenteaba por uno de sus costados. Cuando Vaelorian se acercó, la veta brilló, al hacerlo Soren, un destello dorado respondió desde la cáscara. La habitación quedó en silencio.
Cuatro huevos descansaban juntos bajo mantas suaves, dos con la magia de Soren y dos con la de Vaelorian. Cada uno llevaba, además, rastros del vínculo compartido que había unido a los tres en aquel río. La sanadora cubrió el nido con una tela ligera y comprobó que los huevos estuvieran estables.
—Están bien. —dijo— Los cuatro. Ahora necesitarán calor, cuidado y tiempo. No podemos saber aún cuándo eclosionarán, pero responderán a la presencia de ustedes.—
Luna cerró los ojos, exhausta. Soren se inclinó y le besó la frente. Vaelorian le acomodó el cabello detrás de la oreja. Los demás solo observaban.
—¿Puedo verlos? —preguntó ella.
La sanadora acercó el nido a su cama. Luna alargó una mano y rozó con los dedos las cuatro cáscaras. Sintió una vibración diminuta bajo la superficie, como el eco de un latido lejano.
—Hola. —susurró— Estamos aquí–.
Una luz tenue respondió desde el nido. Primero se encendieron las vetas doradas; enseguida, las azules. Los cuatro huevos brillaron juntos, y en la habitación se extendió una calidez serena.
Soren se sentó junto a Luna, sin apartar la mirada de aquel pequeño nido. Vaelorian se acomodó al otro lado, sus demás compañeros la rodearon, formando un refugio contra el frío de la tormenta.
Ninguno sabía cómo sería el día en que los huevos se abrieran. No sabían qué aspecto tendrían las criaturas ni qué desafíos les esperaban como familia. Por ahora, solo tenían que cuidarlos y aprender a esperar.
Luna apoyó la cabeza en la almohada. Entre el cansancio, el alivio y la felicidad, sintió que por fin podía respirar con calma.
Afuera, la tormenta se alejaba del valle. Y junto al fuego, cuatro huevos resplandecían con destellos dorados y azules, guardando en su interior el comienzo de una historia nueva.