Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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La verdad oculta entre las rocas
El sol no entró de golpe en la cueva. Primero fue un resplandor pálido que tiñó de gris la entrada, luego una luz más clara que reveló las paredes de piedra húmeda y el suelo cubierto de hojas secas. Lucy despertó despacio, sintiendo un peso cálido sobre su cintura y una respiración suave en su nuca. Por unos instantes, no recordó dónde estaba. No había paredes de su habitación, ni el sonido del tráfico en la calle, ni la voz de su madre llamándola desde la cocina. Solo estaba el silencio del bosque, el frío de la mañana y el abrazo firme de Wonho.
Se quedó quieta, disfrutando de esa sensación de protección, de sentirse completa en los brazos de alguien que la amaba más allá del tiempo. Pero poco a poco, la realidad regresó. Estaban en medio del viaje. Los Recolectores los seguían. Y aún les quedaba un largo camino hasta el norte.
Wonho se movió levemente detrás de ella, y luego sintió cómo se tensaba un instante antes de relajarse al reconocerla. Le dio un beso suave en el hombro descubierto.
—¿Cuánto tiempo llevas despierta? —preguntó con voz ronca por el sueño.
—Un rato —respondió Lucy, girándose entre sus brazos para mirarlo a los ojos—. Me gusta despertar así. Contigo.
Wonho le acarició la mejilla con la yema de los dedos, pero su mirada no tenía la misma alegría que sus palabras. Había algo en ella: una mezcla de ternura y profunda tristeza.
—Yo también —dijo en un susurro—. Y por eso mismo, cada mañana temo que sea la última vez. Porque cuanto más tenemos que perder, más nos duele pensar en lo que podría pasar.
Lucy tomó su mano y la apretó contra su pecho, justo donde la marca del árbol latía al mismo ritmo que su corazón.
—No va a ser la última —dijo con firmeza—. Vamos a llegar al norte. Vamos a encontrar a Elías. Vamos a terminar con esto. Y luego… luego tendremos muchas mañanas como esta. ¿Me lo prometes?
Wonho la miró largo rato, y asintió despacio, aunque sus ojos seguían cargados de una pesadumbre que no lograba ocultar del todo.
—Te lo prometo —dijo, aunque Lucy sintió que había algo más en sus palabras, algo que no decía.
Se levantaron, guardaron todo en silencio y salieron de la cueva. El día era claro y frío, con un viento cortante que agitaba las copas de los pinos. El paisaje se había transformado: ahora las montañas eran más altas, más oscuras, y la vegetación se volvía más densa y salvaje. Caminaron durante horas, subiendo por senderos que apenas se distinguían entre las piedras, sin cruzarse con nadie. Wonho no hablaba mucho. Iba delante, con la mirada atenta a cada rincón, pero Lucy notaba que su mente estaba en otro lugar.
—¿Qué te pasa? —le preguntó cuando se detuvieron a mediodía junto a un arroyo para beber agua y descansar—. Estás distante. Más de lo normal.
Wonho se arrodilló junto al agua y se mojó la cara. Cuando se giró hacia ella, su expresión era seria, casi sombría.
—Hay algo que debes saber —dijo, y su voz sonó pesada, como si cada palabra le costara salir—. Algo que debería haberte dicho desde el principio, pero que no me atrevía a pronunciar por miedo a perderte antes de que fuera realmente tuya.
Lucy sintió cómo el corazón se le encogía en el pecho. Dejó la cantimplora en el suelo y se sentó frente a él, preparándose para escuchar cualquier cosa.
—Dime —dijo simplemente—. Lo que sea, lo soportaré. Estamos juntos.
Wonho asintió, mirando el agua correr entre las piedras como si en ella buscara la fuerza para hablar.
—Te conté de las vidas pasadas —empezó—. De cómo nos hemos encontrado y separado una y otra vez a lo largo de los siglos. Pero nunca te dije cuál fue el final de todas esas vidas.
Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad.
—En cada una de ellas, Lucy… tú moriste. Siempre fuiste tú quien dio la vida para protegerme, para proteger el libro, para proteger lo que amabas. Y yo… yo me quedé. Siempre me quedé solo, cargando con el dolor y la inmortalidad que me fue concedida para cuidarte vida tras vida.
Lucy se quedó sin aliento. Las palabras cayeron entre ellos como piedras pesadas.
—¿Inmortalidad? —repitió con voz temblorosa—. Tú… no envejeces.
—No como tú —respondió él con amargura—. Paso por los años, pero no envejezco. No envejezco mientras tú renaces y creces y vives y mueres. Y yo tengo que verte partir una y otra vez. He vivido mil muertes tuyas sin poder hacer nada para evitarlas. Y esta vez… tengo miedo de que la historia se repita. Tengo miedo de que al final, sea yo quien se quede de nuevo solo.
Lucy sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Todo cambiaba. Todo lo que creía entender sobre ellos, sobre su destino, sobre su futuro… se desmoronaba. Pero en lugar de alejarse, se acercó más a él, tomando sus manos entre las suyas.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó con suavidad, sin reproche, solo con inmensa tristeza por todo lo que él había cargado en soledad.
—Porque quería que me amaras por mí —respondió él, con los ojos brillantes de lágrimas que rara vez dejaba salir—. No por compasión, no por lástima, no por un destino escrito. Quería que me amaras porque yo te hacía sentir viva. Y lo haces. Dios sabe cuánto lo haces. Pero el miedo de perderte… me consume.
Lucy levantó una mano y le acarició el rostro, limpiando una lágrima que había escapado y rodaba por su mejilla.
—Escúchame bien —le dijo, mirándolo fijamente a los ojos—. No me voy a morir. No esta vez. No vamos a dejar que el destino se cumpla tal como lo ha hecho siempre. Porque esta vez no estamos solos. Esta vez sabemos lo que viene. Y vamos a luchar contra ello. Juntos.
—Pero si el precio de salvarte es perderte… —empezó él con voz quebrada.
—El precio no es mi vida —lo interrumpió ella con firmeza—. El precio es luchar. Y si hemos de pagar algo, lo pagaremos los dos. No aceptaré que te quedes solo, Wonho. No aceptaré que vivas siglos sin mí. Si hemos de estar juntos, será en esta vida, en la siguiente y en todas las que vengan. No hay destino que pueda separarnos para siempre. ¿Me oyes? Ninguno.
Wonho cerró los ojos y se inclinó hacia ella, apoyando la frente contra la suya, dejando que su aliento se mezclara con el de ella. Por primera vez le había mostrado su herida más profunda, su miedo más antiguo. Y en lugar de alejarlo, ella lo había abrazado aún más fuerte.
—No merezco que me ames tanto —susurró.
—Te mereces todo —respondió Lucy—. Y me merezco ser feliz contigo. Merecemos un final diferente.
Se quedaron así un largo rato, en silencio, dejando que la verdad se asentara entre ellos. Wonho era inmortal. Había vivido siglos viéndola morir. Y aun así, había vuelto a buscarla, la había amado en cada vida, la había protegido con todo lo que tenía. Eso no era una maldición. Era la prueba más grande de amor que alguien hubiera podido darle.
Cuando retomaron el camino, algo había cambiado entre ellos. No era miedo lo que los unía ahora, ni tampoco la simple emoción del reencuentro. Era algo más profundo: la aceptación completa de quién era el otro, con sus luces y sus sombras, sus alegrías y sus demonios. Wonho no era perfecto. Cargaba con siglos de dolor. Y Lucy no era una heroína destinada a triunfar siempre. Era una chica que elegía luchar cada día. Pero juntos, eran más fuertes que cualquier destino.
A media tarde, el paisaje se transformó de nuevo. Las montañas se abrieron en un valle amplio cubierto de nieve que brillaba bajo el sol, y en la distancia, recortado contra un cielo azul intenso y frío, vieron por fin lo que llevaban buscando todo ese tiempo: una construcción de piedra blanca y antigua, asentada en lo alto de una colina rodeada de bosque de pinos oscuros. El refugio del norte. El hogar de Elías.
Wonho se detuvo en seco, y Lucy notó cómo su respiración se entrecortaba. Había vuelto al lugar donde había sido formado como guardián. Al lugar al que juró no volver sin esperanza.
—Llegamos —dijo ella en voz baja, apretando su mano.
Wonho asintió, pero no se movió. Lo miró a los ojos y vio algo que le heló la sangre: no había alegría en su mirada. Había despedida.
—Sí —respondió él en un susurro que parecía perderse en el viento—. Llegamos. Pero ahora empieza lo difícil.