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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17 — El mentor

El doctor Navarro es un hombre de sesenta años con el pelo completamente blanco, los ojos pequeños y penetrantes detrás de unos lentes de montura plateada, y una reputación que le precede como una onda expansiva. En la Facultad de Farmacia, su nombre se pronuncia con respeto reverencial. Fue quien diseñó el protocolo de desarrollo de fármacos que todo el país utiliza. Publicó más de doscientos artículos en revistas internacionales. Rechazó tres ofertas de universidades europeas porque, según él, «la investigación latinoamericana no necesita imitadores sino creadores.»

No tolera la mediocridad. No tolera la deshonestidad académica. Y no tolera que le levanten la voz en su propia oficina.

Diego lo intenta de todas formas.

—Doctor Navarro, esto es un malentendido. Camila es una investigadora brillante, reconocida por la comunidad académica. Esta mujer está resentida porque...

—¿Usted quién es? —lo interrumpe Navarro, con la cortesía gélida de un profesor que ha expulsado estudiantes de su aula durante cuatro décadas.

—Diego Estrada Carrillo, vicepresidente de Grupo Estrada.

—Señor Estrada, esta es una oficina académica, no una sala de juntas corporativas. Su cargo empresarial no tiene validez alguna entre estas paredes. Y si no es estudiante ni docente de esta facultad, le agradezco que espere afuera.

—Pero Camila es mi...

—No es una sugerencia.

Daniel Torres, que acaba de llegar detrás del doctor Navarro con una carpeta bajo el brazo y los lentes empañados por la caminata, da un paso adelante y le indica la puerta a Diego con un gesto cortés pero inequívoco.

—Por aquí, por favor.

Diego mira a Camila. Camila lo mira a él. Hay pánico en los ojos de ambos, crudo y desprotegido, pero ninguno encuentra las palabras necesarias. Diego abre la boca, la cierra, y finalmente sale del aula con los puños cerrados dentro de los bolsillos de su pantalón de diseñador. Daniel cierra la puerta detrás de él con un clic definitivo.

El doctor Navarro camina hasta su escritorio con pasos lentos y deliberados. Se sienta, coloca las manos sobre la superficie de madera y mira a los estudiantes que quedan.

—Todos afuera. Ahora. Excepto Valentina, Daniel y la señorita Vega.

Los estudiantes recogen sus cuadernos, sus laptops y sus mochilas en silencio absoluto, como ratones que huyen de un gato que acaba de entrar en la habitación. Salen en fila. El último cierra la puerta.

Navarro mira a Camila. Ella está de pie junto a la ventana, con la carpeta todavía apretada contra el pecho, como si pudiera protegerla de lo que viene.

—Señorita Vega —comienza Navarro, y su voz tiene la precisión de un bisturí—. Tengo en mi poder la versión original de la tesis premiada. La que se presentó al comité editorial del Journal de Farmacología Clínica hace catorce meses. También tengo los registros del servidor de la facultad, que documentan la autoría de cada archivo por dirección IP, marca temporal y cuenta de usuario.

Camila abre la boca.

—Doctor, yo puedo explicar lo que sucedió...

—¿Puede explicar cómo los archivos originales, todos los borradores, todas las versiones preliminares y todas las bases de datos de la investigación fueron creados desde la computadora de Valentina Solares, con su cuenta universitaria, meses antes de que usted los presentara como propios?

Silencio. El fluorescente zumba.

—¿Puede explicar por qué los borradores intermedios, los que tienen correcciones manuscritas en los márgenes, llevan la caligrafía de Valentina y no la suya? Porque yo conozco la letra de mis estudiantes, señorita Vega. Y esa letra no es la suya.

Camila baja la mirada. Sus manos tiemblan sobre la carpeta. Las uñas perfectamente pintadas se clavan en el cartón.

—Fue un error —dice, y su voz ha perdido la dulzura ensayada; ahora es pequeña, rasposa, casi inaudible—. Valentina me ayudó con la investigación y yo... se me olvidó mencionarla como coautora. No fue intencional.

—¿La ayudó? —Navarro golpea el escritorio con la palma abierta. El sonido resuena en la oficina como un disparo. Un vaso de lápices vibra sobre la superficie—. Señorita Vega, una cosa es recibir asesoría de un colega y otra muy distinta es firmar con su nombre un trabajo ajeno, presentarlo ante un comité editorial internacional y aceptar un premio que no le corresponde. Eso no es un olvido. Eso se llama fraude académico. Y en mi departamento, el fraude tiene consecuencias.

Se pone de pie.

—Voy a iniciar una investigación formal. Hasta que se resuelva, queda suspendida de toda actividad académica, de toda participación en proyectos de investigación y de todo acceso a los laboratorios de la facultad. Si se confirma el plagio, será expulsada y el comité editorial del Journal será notificado para que retire la publicación.

—Puede retirarse.

Camila me mira. En sus ojos hay algo que nunca le había visto en ninguna de mis dos vidas: miedo genuino, sin máscara, sin filtro, sin la dulzura fabricada que usa como escudo. Es el miedo de alguien que ve derrumbarse la estructura completa de su vida y no tiene un plan B.

No siento placer. No siento triunfo. Lo que siento es más parecido al alivio de quien se quita un peso de encima después de cargarlo durante años: la justicia duele, pero pesa menos que la injusticia.

Camila sale de la oficina sin decir una palabra más. Sus tacones resuenan en el pasillo, cada vez más rápidos, hasta que el sonido se pierde en la distancia.

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Cuando la puerta se cierra, el doctor Navarro me mira. Su expresión cambia como si alguien hubiera girado un regulador de intensidad. La severidad se suaviza. No del todo, porque Navarro nunca se suaviza del todo, pero lo suficiente como para que yo reconozca al hombre que me supervisó durante siete años de formación, que me corregía los artículos con tinta roja y luego me invitaba un café en la cafetería del campus para discutir las correcciones.

—Siéntate, Valentina.

Me siento frente a su escritorio. Daniel se recuesta contra la pared, con los brazos cruzados y una media sonrisa que intenta disimular sin éxito.

—¿Cuánto tiempo ibas a esperar antes de venir a verme? —pregunta Navarro—. ¿Un año más? ¿Dos? ¿Ibas a esperar a que Camila ganara un Nobel con tu trabajo antes de decir algo?

—Demasiado tiempo. Lo sé.

—Te ofrecí una beca de investigación en el extranjero. Te ofrecí un puesto en mi laboratorio con financiamiento garantizado. Dijiste que no. Por un hombre.

—Cometí un error.

—Un error monumental.

—Sí.

Navarro abre el cajón central de su escritorio y saca una carpeta gruesa, con tapas de cartón desgastadas por el uso. La pone sobre la mesa y la desliza hacia mí.

—Tu tesis original está aquí. Íntegra. Con todas las correcciones que hicimos juntos durante dos años. Puedo rastrear cada dato hasta su fuente primaria, cada gráfica hasta su archivo de origen, cada conclusión hasta el experimento que la sustenta.

Miro la carpeta. Mi letra en la portada, la caligrafía apretada y regular que he tenido desde la preparatoria. Mi nombre completo. La fecha. El sello del departamento.

Algo se mueve dentro de mi pecho. No es rabia. No es venganza. Es el dolor sordo y constante de lo que perdí, una carrera completa que debió ser mía. Y al mismo tiempo, debajo del dolor, una esperanza feroz y caliente, como metal fundido, que me dice que todavía hay tiempo.

—Doctor, quiero volver.

—¿A la investigación?

—A todo. A su equipo. Al laboratorio. A la vida que debí haber vivido. Quiero recuperar mi trabajo. Quiero terminar lo que empecé.

Navarro me observa durante un largo momento. Sus ojos pequeños me escanean como si pudiera leerme por dentro. Luego asiente.

—Empiezas la próxima semana. Pero esta vez, sin distracciones. Sin novios que te pidan que renuncies a tu carrera. Sin familiares que te roben el trabajo. Sin excusas. ¿Entendido?

—Entendido.

Navarro se recuesta en su silla. Por primera vez desde que entré a su oficina, sonríe. Es una sonrisa breve, casi imperceptible, pero real.

—Bienvenida de vuelta, doctora Solares.

Daniel me da una palmada en el hombro cuando paso junto a él. No dice nada. No hace falta.

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Salgo de la oficina con la espalda más recta que nunca. Los pasillos de la facultad me reciben con su olor familiar a desinfectante y tinta de impresora, a café rancio de la máquina del tercer piso y a los reactivos químicos que se filtran desde los laboratorios del ala norte.

Daniel Torres me alcanza a medio camino del pasillo.

—Oye. El equipo sale a cenar esta noche. Abrieron una parrilla nueva cerca del malecón. ¿Vienes?

Lo miro. Su sonrisa es abierta, sin agenda, sin cálculos, sin doble fondo. Una invitación simple de un compañero a otro.

Es la primera invitación social que recibo como persona. No como la adoptada de los Solares, no como la prometida de Diego Estrada, no como un peón en el juego de alguien más. Como Valentina. Como investigadora. Como alguien que pertenece.

—Sí —digo—. Voy.

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