Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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LA ENFERMEDAD Y MI INDIFERENCIA
La semana transcurrió tranquila, en una calma que Dante no creyó posible. Lía seguía yendo a la universidad, estudiaba en la biblioteca de la mansión, cocinaba cenas que olían a hogar, y lo recibía cada tarde con esa sonrisa suave que le derretía la dureza por dentro. Todo parecía en su lugar. Hasta que el teléfono sonó.
Era su tía. La madre de Mateo. La mujer que, junto con su esposo, siempre había vivido a costa de la familia Valero, pidiendo dinero, favores, puestos… y que él había tolerado por lástima. Ahora lloraba al otro lado de la línea, desesperada, dramática, exagerada como siempre.
— ¡Dante! ¡Por favor, ven! ¡Es Mateo! ¡Se ha puesto mal! ¡Muy mal! ¡La fiebre no baja! ¡No sabemos qué hacer! ¡Si no vienes, si no mandas al médico privado, se muere! ¡Es tu primo! ¡Es sangre de tu sangre! ¡No puedes abandonarlo ahora!
Dante escuchó en silencio, de pie junto a la ventana, mirando hacia el jardín donde Lía leía sentada en el césped. No sintió nada. Ni culpa, ni lástima, ni prisa. Solo… indiferencia. Una indiferencia fría, limpia, absoluta.
— ¿Terminaste? —le dijo, cuando ella dejó de gritar para tomar aire—. ¿Ya terminaste de dramatizar?
— ¡¿Cómo puedes decir eso?! —gritó ella, horrorizada—. ¡Tu primo está muriendo! ¡Nosotros te criamos! ¡Siempre estuvimos ahí! ¡Te debemos esto! ¡Ven ahora mismo!
Dante soltó una risa breve, seca, sin una pizca de calidez.
— Escúchame bien. No te debo nada. Y si Mateo está enfermo… llévalo a un hospital público. Ahí atienden a todo el mundo. O ¿acaso ya no tienen dinero para pagar ni una consulta? Qué lástima. Deberían haber pensado en eso antes de gastar lo que no era suyo.
— ¡Eres un monstruo! ¡Un desalmado! —sollozó ella—. ¡Sangre de tu propia sangre y no te importa! ¡Te lo ruego, Dante! ¡Mándanos el médico! ¡Solo eso! ¡No te pedimos más!
Dante miró hacia Lía, que levantó la vista, lo vio, y le sonrió con dulzura, sin saber de qué hablaba esa llamada. Y entonces respondió, con voz tan fría que heló hasta el auricular:
— ¿Y a mí qué me importa?
El silencio al otro lado fue total. Ella se quedó sin palabras, sin gritos, sin súplicas. Como si esas cuatro palabras hubieran borrado todo el poder que creía tener sobre él.
— ¿Me oíste bien? —repitió Dante, lento y cortante—. ¿A mí qué me importa? Durante años vivieron de mí. Me chuparon la sangre como garrapatas. Se aprovecharon de mi bondad, de mi lástima, de mi tolerancia. Y el día que más los necesitaba… ¿dónde estaban? ¿Eh? En mi boda, humillándome, poniendo a tu hijo enfermo antes que a mí. Pues ahora que está enfermo… cúrenlo ustedes. Con su amor, con sus ruegos, con sus lágrimas. Que eso es lo que siempre usaron para todo. No me busquen más. No llamen. No vengan. Porque no voy a abrir. No voy a ayudar. Y si vuelven a molestarme… mando a la policía para que los eche. ¿Quedó claro?
— Dante… por favor… —alcanzó a susurrar ella, rota.
— Adiós —dijo él, y colgó.
Dejó el teléfono sobre la mesa, se frotó la nuca como si nada, y salió al jardín. Lía se levantó al verlo acercarse.
— ¿Todo bien? —preguntó ella, notando su expresión seria—. ¿Pasó algo malo?
Dante se detuvo frente a ella, le acarició una mejilla con suavidad, y negó con la cabeza.
— Nada que te preocupe, pequeña. Familiares que creen que tienen derechos que ya no existen. Pero eso se terminó. Ya no me molestarán más.
Se sentó a su lado, la atrajo contra sí, y miró hacia el horizonte. No sentía remordimiento. No sentía crueldad. Simplemente… ya no les debía nada. Mateo, su tía, su tío… ellos eligieron su camino. Y él eligió el suyo. Y su camino tenía nombre: Lía. Y nada ni nadie se interpondría.
— ¿Estás seguro? —insistió ella, con esa dulzura que lo desarmaba—. Si necesitas ir… yo te entiendo. La familia es importante.
Dante la miró a los ojos, serio y firme.
— Tú eres mi familia ahora. Ellos… ellos ya no son nada para mí. Y si creen que su enfermedad, sus lágrimas o sus reclamos van a conmoverme… se equivocaron de hombre. Que se cuiden solos. Yo ya hice demasiado. Y ya basta.
La besó despacio, sellando con ese beso cualquier vínculo que quedara con su pasado. Y en ese momento, supo que no había vuelta atrás. El rey había cortado la rama podrida de una vez por todas. Y su trono, ahora limpio, solo tenía lugar para una reina.