La gravedad del pasado vs. El presente:
Él vive atrapado en la órbita de la muerte de su esposa.
Clara Monasterio, luminosa y dedicada a salvar vidas infantiles, representa una fuerza opuesta que lo empuja a sanar, aunque su mente paranoica tema que acercarse a ella ponga en peligro a los que ama.
El filtro del niño: El hijo de 6 años actúa como el "sensor" de la novela. Al aceptar inmediatamente a Clara, rompe las defensas del padre.
El misterio de fondo: El asesinato de la exesposa no fue un simple asalto de compras. A medida que Clara y el magnate interactúan, la teniente Samantha Blake comienza a notar inconsistencias en el caso que la policía dio por cerrado, vinculando el peligro al estatus tecnológico del protagonista.
Clara es la hija de la doctora en eminencia en cardiología Diana Monasterio. De la novela "BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD"
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ESPIONAJE DOMÉSTICO Y SECRETOS DE FAMILIA
Mientras las alturas de la torre tecnológica de Kaelen Vance se convertían en el escenario de una tregua silenciosa frente al peligro inminente, en el santuario de la clínica pediátrica y cardiológica de los Monasterio el ambiente respiraba una calma muy distinta, aunque no exenta de revoluciones.
Eran pasadas las diez de la noche. En el despacho privado de la doctora Diana Monasterio, la iluminación cenital se había reducido a una suave penumbra dorada que contrastaba con el brillo de las pantallas apagadas. La prestigiosa cardióloga estaba recostada contra el respaldo de su amplia silla ejecutiva, con los ojos cerrados y el cuerpo sutilmente fatigado tras una jornada maratónica de cirugías y reuniones administrativas.
A su lado, de pie junto al escritorio, la Teniente Samantha Blake se había inclinado para rodearle los hombros con un abrazo protector, deslizando los dedos con delicadeza por la línea de su cuello.
—No te atormentes pensando en los escenarios catastróficos, Diana —susurró Samantha con su voz grave, profunda y reconfortante, inclinándose aún más hasta rozar con sus labios la comisura de los labios de la cardióloga—. Sé perfectamente cómo mover mis fichas en el tablero de inteligencia. Voy a rastrear el origen exacto de esa sombra que persigue a Kaelen Vance, te lo juro. Ningún peligro va a tocar a nuestra Clara. Te lo prometo.
Diana abrió los ojos, encontrándose con la mirada decidida y llena de devoción de la mujer que amaba. Una sonrisa suave y aliviada curvó sus labios antes de que se incorporara ligeramente para atrapar a Samantha en un beso profundo, cargado de una pasión madura, inquebrantable y cómplice que desafiaba cualquier protocolo hospitalario. Sus manos se enredaron en la solapa de la americana de la exmilitar, dejándose llevar por la calidez del momento y olvidándose por completo del mundo exterior.
En ese preciso instante, la puerta del despacho se abrió sin previo aviso con un chirrido suave.
—Diana, te traje los informes del paciente de cardiología pediátrica y... ¡Santo cielo! —exclamó la tía Clara (la hermana menor), deteniéndose en seco con una pila de carpetas en las manos.
A su lado, Mariana, la entrañable amiga de la infancia, se asomó por el umbral con los ojos abiertos de par en par al descubrir la escena: Diana y Samantha separándose de golpe, visiblemente sonrojadas, tras haber sido sorprendidas en medio de un beso más que apasionado.
Con los reflejos de una francotiradora y el humor ácido que la caracterizaba, Mariana no perdió ni un segundo. Sacó su teléfono móvil del bolsillo lateral de su abrigo con una rapidez asombrosa, apuntó directamente hacia la pareja y disparó el obturador con flash incluido. El destello iluminó el despacho justo cuando Diana y Samantha saltaban de sus asientos, intentando acomodarse la ropa y disimular el evidente nerviosismo con una dignidad fingida.
—¡Capturada la evidencia oficial para el anecdotario del clan! —exclamó Mariana con una carcajada triunfante, agitando el teléfono en el aire antes de que Diana pudiera lanzarle algo—. ¡Esto va derecho al grupo de WhatsApp con el título de "Primeros auxilios cardiovasculares en horario nocturno"!
La tía Clara soltó una carcajada cristalina, dejando caer las carpetas sobre el primer sillón disponible, y mirando a su hermana mayor con una sonrisa socarrona, disparó sin piedad:
—Vaya, vaya... Con razón exigías privacidad absoluta en el despacho, Diana. ¿Te estaban haciendo un chequeo pulmonar de emergencia o era una prueba de resistencia cardíaca bajo la supervisión de la teniente?
Diana recuperando la compostura con una mezcla de indignación fingida y un rubor inevitable en las mejillas, cruzó los brazos y las miró con severidad:
—¿Ustedes no conocen el significado de la palabra "modales"? ¿O es que en su manual de educación solo viene impreso el capítulo de cómo invadir la vida privada ajena sin tocar la puerta? —reprochó la cardióloga, intentando mantener una fachada de autoridad que se derrumbaba ante las carcajadas de sus visitantes.
Samantha, por su parte, se pasó una mano por el cabello entrecano con una media sonrisa divertida, sacudiendo la cabeza mientras recogía sus notas de la mesa.
—Bueno, al menos alguien en este edificio mantiene la moral alta y la pasión encendida —comentó Samantha con su habitual tono seco y socarrón, guiñándole un ojo a Diana—. Pero si me disculpan, voy a ir a revisar unos papeles pendientes al archivo de seguridad. Nos vemos entre un rato para irnos a casa.
Entre risas discretas, la ex-teniente giró sobre sus talones y salió del despacho a paso firme, dejando a Diana a solas con su hermana y su incorregible amiga.
Clara se acercó al escritorio, adoptando un tono más suave, y le dio un apretón cariñoso en el hombro a la cardióloga.
—Me alegra muchísimo verte tan feliz, hermana —admitió con genuina ternura—. Se nota que Samantha te equilibra la vida de una manera maravillosa.
El rostro de Diana se ensombreció levemente, y un destello de profunda melancolía cruzó sus ojos oscuros. Bajó la mirada hacia su mesa y suspiró con pesadez.
—Fuera... fuera completamente feliz si mi propia madre me hablara con la mitad de la calidez que tiene Samantha —confesó Diana en un murmullo apenas perceptible, rompiendo el caparazón de su habitual fortaleza—. He estado pensando en ella... ¿Saben si mamá ha vuelto a preguntar por mí tras nuestra última conversación?
El silencio se instaló de golpe en el despacho. La tensión familiar con la matriarca de los Monasterio, una mujer de férreas y anticuadas tradiciones que jamás aceptó del todo la vida ni las elecciones de su hija, seguía siendo una espina clavada en el corazón de Diana.
Al ver la tristeza ensombrecer el rostro de su amiga, Mariana decidió intervenir a su manera, utilizando su infalible (y a veces peligroso) humor negro para romper la tensión.
—¿Preguntar por ti? ¡Claro que ha preguntado, Diana! —soltó Mariana con total seriedad, cruzándose de brazos y poniendo los ojos en blanco—. De hecho, me mandó un mensaje esta tarde preguntándome si la clínica que diriges ya se fue a la bancarrota por culpa de tus caprichos, o si todavía le queda suficiente presupuesto para comprarle un asilo de ancianos donde pueda meterte a reflexionar sobre tus decisiones amorosas. ¡Una tierna muestra de amor maternal, vamos!
Diana levantó la vista, fulminándola con la mirada mientras un cojín decorativo que reposaba en el sofá cercano volaba por los aires directo hacia el pecho de Mariana, lanzado con precisión quirúrgica.
—¡Largo de aquí las dos, antes de que decida declarar este despacho zona de guerra y las mande a seguridad con la Teniente Blake! —exclamó Diana entre risas, arrojándoles otro papel mientras Mariana esquivaba el proyectil y salía corriendo del despacho junto a Clara, que no paraba de carcajearse.
El despacho volvió a quedar en silencio. Diana exhaló un largo suspiro, sintiendo que, a pesar de los fantasmas del pasado y de las sombras que amenazaban el futuro de su hija Clara, el amor y la locura de su familia seguían siendo el mejor ancla para sostener el mundo bajo el pulso de la gravedad.