Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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La Borradura
Duncan se despertó a las siete. Liam seguía en la silla, rígido, sin dormir, la manta sobre las rodillas, el vaso vacío, dos cápsulas menos en la caja. Duncan miró el techo, la ventana, y luego a él. Y la mirada de la noche anterior —necesitada, vulnerable, suave— no estaba. En su lugar, la de siempre: clara, seca, evaluadora. La mirada del aula. La mirada del dueño.
—¿Qué hora es? —la voz seguía ronca, pero el timbre de autoridad había vuelto.
—Las siete y cuarto.
Duncan se levantó, seco, la fiebre rota durante la noche. Caminó al baño. En el umbral, sin mirarlo de verdad:
—Hazme un café. Solo. Sin azúcar.
La puerta se cerró. El agua corrió. La ducha se encendió. Liam se quedó esperando. Un gracias. Un valoro que te quedaras. Algo que dijera que la noche, la mano en el pecho, el no me dejes solo, habían existido.
No hubo nada.
Hizo el café, lo puso en la mesa. Duncan salió veinte minutos después, toalla en la cintura, pelo húmedo, el tatuaje entero, intacto, como si la fiebre nunca lo hubiera tocado. Se sirvió, bebió un sorbo.
—Está bien. Buen café.
—Duncan. Ayer noche... Cuando tenías fiebre. Cuando me agarraste la mano. Cuando dijiste gracias... —Liam buscó palabras que no existían, que dijeron sentí algo. ¿Tú también? ¿Fue real?
Duncan levantó la vista, confundido, genuinamente.
—¿Qué pasa con ayer noche?
—Nada. Olvídalo.
Duncan dejó la taza, se levantó a vestirse, con precisión meticulosa.
—Tengo clase a las diez, reunión a las doce, cena a las ocho. Puedes irte. No te necesito.
—¿No vas a decirme nada?
Duncan se giró, sin entender la pregunta.
—¿Decirte qué?
—Nada. Me voy.
—Bien. Jueves. Nueve. No te retrases.
Liam se puso la chaqueta. Abrió la puerta.
—Liam. Gracias por el café.
Solo el café. No la noche, no la sopa, no la manta, no las tres de la mañana, no la mano en la frente. Por una taza de café.
—De nada.
Salió. El cerrojo chasqueó detrás suyo.
Caminó a la parada, se sentó. Miró sus manos: las que hicieron el café, las que sostuvieron el vaso, las que Duncan apretó contra su pecho dormido. Y entendió. La noche anterior no existía para él. La fiebre bajó la máscara, sí, pero la mañana la había vuelto a poner. Duncan no mintió. No negó. Simplemente borró. Para él, la vulnerabilidad fue un fallo, una anomalía, algo que no se menciona, algo que no se reconoce. Y lo que no se nombra, no existe.
Liam era el único testigo. El único que vio la grieta. Y eso lo hacía solo. Porque nadie más lo iba a confirmar. Nadie más lo iba a creer.
El autobús llegó. Subió. Se sentó junto a la ventana. Pensó en la piedad que lo había atado. En la lágrima sobre la manta. En el calor de la mano de Duncan. Y supo que esa ternura borrada era más cruel que cualquier castigo. Un castigo se puede odiar, se puede resistir. Pero algo que nadie admite que pasó, no tiene nombre, no tiene prueba, no tiene defensa. Solo un recuerdo que pesa y que nadie más comparte.
Cerró los ojos. Apoyó la cabeza en el cristal. No lloró. Ya no quedaban lágrimas. Solo quedaba el jueves. Y el café. Y una noche que nunca había existido.